Avance popular del Socialismo en el Siglo XXI

Elizabeth Alves Pérez

Madrid, diciembre 2017

 

Analizar crítica y reflexivamente al trabajo humano en sociedad permite acercarnos a la comprensión de la praxis social en toda su complejidad y diversidad. Trabajo social que ha sido sometido a una organización mundial que adquiere dimensiones geopolíticas estratégicas con nuevas relaciones de dominación-subordinación sin precedentes en la historia del capitalismo. Esta nueva organización del trabajo –articulada mundialmente para garantizar la máxima ganancia dentro del modelo hegemónico actual– configura nuevas relaciones espacio/temporales del capitalismo y, por tanto, permite comprender el orden mundial sociopolítico y económico como totalidad orgánica.

Asumir una visión histórico-dialéctica de la realidad para poder transformarlas desde la propia fuerza del pueblo que la hará posible no solo demanda nuevos saberes y habilidades sino nuevos espacios de producción de pensamiento y acción. Para comprender cómo el saber emancipador se abre paso en medio de tanta adversidad es indispensable profundizar, en términos concretos, el cómo se van gestando los cambios desde un proceso de auto-organización y autoformación de una fuerza social emergente anticapitalista y anticolonial[1].

La racionalidad humana contra la barbarie

La lógica del capital ha hecho creer que la modernidad es una promesa incumplida para muchos países y que por tanto es indispensable pasar por ella para poder avanzar. Ese pensamiento explica, en parte, el proceso de industrialización forzada que se considera indispensable y urgente para los países con poca producción propia, para lo cual se toman como referencia “los modelos exitosos” en muchos casos descontextualizados histórica y políticamente, más aún para un proyecto socialista, el cual debe contar con una fuerza unitaria y solidaria de otros pueblos para avanzar con firmeza en medio de la dominación capitalista internacional.

Existen dos cuestiones que aparecen como clave en la visión encubridora y mistificadora de la globalización: 1) el concepto de interdependencia que oculta los procesos de explotación, dominación y apropiación presentes en la lógica del capital mundial y; 2) el permanecer en la forma de manifestación del fenómeno o proceso sin interesarse por los actores políticos y económicos que lo impulsan ni de sus consecuencias (Gandarilla, 2001). De tal modo que la globalización capitalista no conduce a la homogeneización económica y social de las sociedades que la integran –como sostiene infundadamente el discurso dominante– sino que, contrariamente, origina y profundiza las diferencias entre sectores y los hace cada vez más dispares entre ellos. Por lo que se establecen diferencias políticas de carácter contradictorio. De allí la insistencia de controlar, al costo que sea, el pensamiento de la sociedad en su conjunto e imponer una ideología pro capitalista a como de lugar.

Vista así, la interdependencia entre sectores y países se reduce a un intercambio comercial desde la perspectiva de un hecho natural, no político, que obvia el desequilibrio existente entre las partes y al interior de ellas, por lo que se manifiesta en una creciente explotación, una proliferación de trabajos precarios y una escandalosa concentración y acumulación de capital. Así se desdibujan los responsables y se coloca en el mismo plano a las multinacionales y a los pequeños productores y se exige con idéntico rigor a todos los estados, que cumplan compromisos que las grandes potencias (que los han impuesto) no quieren o no pueden cumplir. El intercambio se produce a partir de las demandas de los grandes centros, no de las necesidades de la población. Los excedentes son considerados como tal a partir de las demandas externas y por ello se exportan sin ninguna restricción.

Si analizamos la globalización desde una perspectiva no liberal podemos coincidir con los que militan también por la globalización de las resistencias contra el actual orden imperante, como la hace Samir Amín (2000: 93) al plantear “la relevancia de definir los elementos de un internacionalismo popular capaz de dar a las luchas sociales un alcance mundial y, de ese modo, colaborar en la elaboración de otra globalización de la que propone el liberalismo”.

De no reflexionar acerca de la experiencia histórica vivida, la cual alerta sobre los riesgos de la misma para tomar previsiones, se pueden propiciar importantes inversiones tecnológicas y exigir disciplinas a los trabajadores y trabajadoras que fortalezcan los procesos de explotación y que reproduzca el sistema capitalista en toda su magnitud. La industrialización capitalista vista como la forma más rápida de generar fuentes de trabajo y de riqueza y que por tanto, permite salir del “vergonzoso retraso económico”, invierte los valores del socialismo, ya que, el capital, coloca el beneficio económico por delante de las necesidades sociales del ser humano. Como antítesis, los factores que deben determinar los procesos de industrialización y, por ende, las relaciones de comercialización y distribución de los productos y las relaciones sociales entre los distintos actores, son las necesidades sociales reales, la demanda para satisfacer y mejorar la calidad de vida de los seres humanos y el necesario equilibrio que debemos tener con la naturaleza. De esta manera, el fin condicionará a los medios y estos incidirán en el cambio de relaciones sociales de producción. Hay que invertir los valores para acabar con el capitalismo, porque, si seguimos inmersos en este juego jamás saldremos de él.

Esta afirmación no se puede reducir a una declaración, porque la devora la cultura capitalista dominante que actúa como muro de contención frente a cualquier amenaza de emancipación. La lógica que actúa no favorece al cambio, por el contrario lo retiene aún contra la voluntad individual de muchos. Por eso es que debe prevalecer el poder de los sectores organizados de la sociedad dispuestos a transformarla y eso implica superar las limitaciones actuales y prepararse para la confrontación social, en cualquier nivel y ámbito de lucha. Confrontación que será más dura con aquellos que no están dispuestos a renunciar a privilegios sociales (garantizados por el sistema capitalista como parte de su esencia) que se mantienen a expensas de la desigualdad y la exclusión social de las mayorías oprimidas.

La esperanza de la movilidad social ascendente propiciada por la educación capitalista cada día se hace más difícil, ya que el capitalismo impone un mercado de trabajo cada vez más competitivo, que obliga inevitablemente a vender el trabajo al capital a fin de poder sobrevivir. Esto sin duda ocasiona ansiedad y angustia por la inseguridad de lo que sucederá mañana. En la sociedad capitalista la mujer y el hombre, importan como productores de riqueza y no como seres humanos, los convierte en objetos-mercancías sujetos a las leyes implacables del mercado. El capitalismo destruye todo saber colectivo, histórico, técnico, cultural o político que amenace la reproducción del capital en las mejores condiciones de acumulación para los que ostentan el poder económico.

Por medio del trabajo el ser humano transforma la naturaleza de manera racional y crea objetos. Productos que son obra humana, proyección u objetivación del propio ser humano; por tanto no se puede revertir contra él, ni extrañarlo. Al colocar a la naturaleza al servicio de la humanidad, por medio del trabajo, los productores y productoras se elevan sobre ella pero en su misma condición de seres humanos. Sólo así se humaniza a sí mismo. Por eso es que el trabajo como expresión del ser humano para su desarrollo vivencial debe conducir a su satisfacción y no a su enajenación, como sucede al reducirlo a una mercancía, por efecto de la división social del trabajo, creada e impuesta por el capitalismo.

Rescatar el saber-hacer y el control comunitario de la producción

Resulta fundamental ir a la esencia misma del trabajo productivo (material e inmaterial) para comprender las singularidades de cada caso y las generalidades de un sistema que establece estrategias a nivel global y particular, de acuerdo al desarrollo político-económico y social y su lógica funcional. Por tanto, incide y condiciona la vida cotidiana de toda la población y las relaciones sociales dominantes entre las distintas clases, al interior de ellas y entre sectores sociales variados. Así comprendemos las relaciones jerárquicas, de propiedad y las de control-represión del Estado sobre la ciudadanía, como sistema institucionalizado que regula el funcionamiento socioeconómico y político de la sociedad y las relaciones internacionales con otras formaciones socio-estatales, y con corporaciones económicas de poder transnacional productivo, de servicio y financiero. Sobre esta base constituida e institucionalizada socialmente va emergiendo, entre rupturas y continuidades, una nueva cultura política-social que orienta el cambio y se va creando y conformando en su misma acción. Estos nuevos espacios político-cognitivos de acción social emanan desde las realidades comunitarias cotidianas, en los ambientes socioproductivos y de gestión social en encuentros de reflexión-crítica y de acción organizada sobre la realidad vivida. Entre sujetos colectivos que se articulan en redes territoriales-político-culturales para formar un poder popular con fuerza que haga posible el cambio prefigurado.

El capitalismo ha creado en esta etapa, de mayor división del trabajo a nivel internacional, nuevos modelos de organización del trabajo para articular la fragmentación y dispersión geográfica de la producción, que solo se justifica por la búsqueda de mayores ventajas comparativas y competitivas para las grandes corporaciones económicas que dominan el mercado de mercancías y financiero a nivel mundial. Este cambio histórico y acelerado, tal como lo explica Piqueras (2014:17-18), nos permite clarificar la relación de los mercados con estas corporaciones, que son las que marcan la pauta de localización-deslocalización de capitales y empresas. Consideramos que estos desplazamientos complican más aún la frágil soberanía y autodeterminación de los pueblos; se imponen intricadas redes empresariales dispersas espacialmente, que centralizan, cada vez más, los capitales en manos de esas grandes corporaciones que monopolizan la producción, comercialización, distribución y financiación y, por tanto, direccionan la sociedad de consumo.

Esto ha desplazado a sectores tradicionales de la burguesía, que no se han alineado o sometido a ellas –voluntaria e involuntariamente– y dificulta la posibilidad del control de gestión de la producción, por parte de los distintos colectivos de trabajo que actúan en territorios y fases diferentes de la producción, cada vez más fraccionada y dispersa. Este cambio forma parte de la evolución del sistema capitalista y su mundialización y globalización acelerada especialmente en las últimas décadas.

La hegemonía mundial del capitalismo de racionalidad discriminatoria y excluyente genera contradicciones intra y entre clases sociales, entre las grandes corporaciones y empresas transnacionalizadas con los intereses nacionales y entre los gobiernos de los Estados/nación a nivel mundial, regional y al interior de los mismos. Según el filósofo y economista belga Marc Vandepitte (2016)[2], actualmente 147 súperempresas controlan el 40 % de la economía mundial y 737 “integradores sistema” controlan hasta el 80 % de ella. Los integradores del sistema son megaempresas que controlan el conjunto de la cadena de producción. Tienen una marca dominante, controlan la investigación y desarrollo, imponen los precios a las demás. En torno a ellas organizan a una serie de empresas de subcontratación completamente subordinadas a sus intereses, pero que a su vez se benefician en medio de una situación de alta competencia a la que deben enfrentar tanto si son de servicio o de producción.

A partir de los años 70 el neoliberalismo, ligado a la restauración o a la reconstrucción del poder de las élites económicas, en la sujeción y subordinación absoluta al Mercado (Harvey; 2007), transformó significativamente las relaciones internacionales y al interior de los Estados/nación, como respuesta a una profunda crisis del capital. Esto hizo reaccionar a los movimientos populares por la pérdida de condiciones de vida y trabajo, que en algunos casos fueron notorias de forma inmediata y otras a más largo plazo. Las medidas neoliberales habían estado precedidas por conquistas de la clase trabajadora, en momentos de expansión del capital, como resultado de intensos procesos de lucha de clases, y que en un momento la burguesía percibió como un “exceso de reivindicaciones” que afectaban los niveles de ganancias. De allí que estos hechos encadenados no se pueden ver como una simple relación causa-efecto sino como un enfrentamiento dialéctico entre sectores con intereses siempre contrapuestos y antagónicos, donde se aprecian las correlaciones variables de la fuerza de cada uno en distintos momentos y espacios de lucha.

De acuerdo a David Harvey (2007:29) las reformas adelantadas por Thatcher, la Primera Ministra del Reino Unido (1979-1990), para imponer la hegemonía económica del país en la región, tuvo graves consecuencias para sus habitantes en la merma de los derechos laborales y la seguridad social en general. Esto implicó enfrentarse al poder de los sindicatos, atacar todas las formas de solidaridad social que estorbaban a la flexibilidad competitiva, desmantelar o revertir los compromisos del Estado de bienestar, privatizar las empresas públicas (entre ellas, la vivienda social), reducir los impuestos, incentivar la iniciativa empresarial y crear un clima favorable a los negocios, para inducir una gran afluencia de inversión extranjera[3].

En Latinoamérica y el Caribe –así como en otros continentes– se crearon formas singulares de explotación-opresión y de dominación-subordinación, propias de la relación centro/periferia-colonial, diferenciadas de acuerdo al lugar que ocupaban los países en la división internacional del trabajo. Esta situación llevó a que, en la mayoría de éstos, se registraran graves problemas de empobrecimiento de amplios sectores de la población de forma más acelerada que en los países centro, con diferencias notorias, de acuerdo a la fragilidad o fortaleza de los sistemas políticos y las regulaciones laborales institucionalizadas en ellos. El desarrollo económico interno y las relaciones particulares que mantenían con los centros de poder mundial y los amarres estructurales a la economía de mercado, de mercancías y financiero, mundializada y globalizada, marcaría la diferencia, tanto de las políticas de los gobiernos como las reacciones populares.

En algunos países más que en otros los llamados “paquetes neoliberales” introdujeron cambios estructurales en las leyes laborares, mientras que en otros solo se dieron reformas con distinto nivel de intensidad y de acuerdo a las condiciones socio-productivas y de confrontaciones de cada caso. Incluso se presentaron, y se sigue presentado, como acciones y medidas inevitables para “reducir un mal mayor inminente”. Por ejemplo, medidas de reducción de beneficios laborales apostando a un incremento del empleo, que termina siempre en un gran engaño porque la economía no funciona por presiones externas de esta naturaleza –o con el manejo solo de variables macroeconómicas– que además no tienen asidero legal en una economía de libre empresa y de derechos individuales que se contraponen a los colectivos y profundizan la desigualdad social existente.

En estos países se impuso el pago de la deuda por encima de cualquier necesidad vital de la población e incrementó los niveles de vulnerabilidad de grandes sectores de ésta, ya que responder al compromiso de pago de intereses[4] implica el control absoluto del presupuesto nacional y del régimen político. Esto golpeaba duramente a las políticas sociales y de inversión productiva nacional, aunque esta última fuese la excusa para otorgar el préstamo. Estas políticas antipopulares exigían el control de los sindicatos y movimientos populares que resistían y seguían luchando a pesar de la alta represión, utilizando distintas maniobras de acuerdo al escenario político en cada nación; incluida la manipulación de las élites sindicales y dirigentes populares que algunos terminaban sirviendo a los intereses de las oligarquías. Las protestas emergieron con fuerza en el escenario político social nacional y regional, en varios momentos y con nuevas y originales formas de lucha anti-hegemónica, que llevan implícitas propuestas alternativas de naturaleza anticolonial y anticapitalista. La respuesta de los gobiernos a las protestas populares fue incrementar la represión, coacción y la violación de derechos humanos y sociales, que implicaba imponer dictaduras en gran parte de los países y burlar los sistemas de democracia representativa en aquellos más sometidos y controlables por las grandes transnacionales y gobierno de los países centros, en especial de EEUU.

Aquí se colocan al descubierto las relaciones de poder Estado/comunidad, las de dominación-subordinación, así como las formas de lucha de los movimientos populares de resistencia y antisistema que se enfrentan al conformismo y a la desesperanza inducida por los mecanismos de la reproducción hegemónica del capitalismo a nivel mundial.

En 1960, el 20% de los más ricos de la población mundial tenía unas rentas treinta veces superiores a las del 20% de los más pobres. Era una situación escandalosa, pero, lejos de mejorar, ha seguido agravándose: en la actualidad, las rentas de los ricos son, no treinta, sino ochenta y dos veces superiores a las de los pobres… De los seis mil millones de habitantes del planeta, apenas quinientos millones viven desahogadamente, mientras que cinco mil quinientos subsisten en condiciones precarias. El mundo ha perdido el rumbo (Ramonet, 2011:8-9)

De esta manera, se advierte que este cuadro de injusticia y desigualdad de derechos y condiciones de vida, que amenaza la vida y la salud a millones de personas en el mundo y la propia continuidad de vida en el planeta, se da bajo la complacencia de gobiernos (Santos, 2003), que controlan las grandes corporaciones en el mundo y, que además, cuentan con el amparo y legitimización de los órganos internacionales, que ellos mismos dirigen y dominan.

La explotación creciente de la fuerza de trabajo (incremento de plusvalía absoluta y relativa) y el aprovechamiento al máximo de las demás fuerzas productivas son parte esencial de la racionalidad y lógica del capitalismo, que se mantiene de forma hegemónica a nivel internacional haciendo uso de su fuerza económica y bélica. Las relaciones de dominación-subordinación, aunque tome formas distintas, deben ser comprendidas para resaltar la contradicción fundamental del capitalismo, capital/trabajo asalariado.

La mundialización de los procesos productivos restringe la validez de los análisis que conciernen a los intercambios internacionales y obliga a ir siempre mucho más allá de los fenómenos para captar la esencia del problema, las relaciones de explotación a escala mundial. En lugar de intercambio desigual, sería, pues, mejor hablar de las “condiciones desiguales de explotación” (Amín, 1976:57)

Podemos comprender que la alienación del trabajo humano pasa por conocer cómo el saber-hacer fue desplazado por el saber-reproducir con la lógica intención de garantizar la explotación y la mercantilización del ser humano en sociedad, a favor del capital. Esto coloca en evidencia, como dijera Marcuse (1972:12) que “la esclavitud humana del trabajo y su liberación son condiciones que van más allá del marco de la economía política y afectan los fundamentos mismos de la existencia humana”. Consideramos que esto define la preminencia de la lucha de los pueblos en la sociedad actual, donde hegemoniza el capitalismo globalizado a nivel mundial. Allí, en los propios ambientes de trabajo de la sociedad, observamos la existencia de la opresión y violencia simbólica y física normada por la sociedad: el incremento de la explotación y exclusión en y del trabajo como parte de su racionalidad funcional. De esta manera llegamos de manera crítica a descubrir la esencia de los procesos de alienación, así como a las posibilidades de emancipación del pueblo trabajador en cada tiempo y espacio en el que se presente la lucha en la vida diaria.

El artesano que efectúa operaciones diferentes, y que determina sus propias condiciones de trabajo, no sólo comprende el fruto de su faena, sino que también tanto el proceso de su elaboración como el resultado final, le pertenece y complace. En cambio, el trabajador especializado aflige su cuerpo realizando una labor monótona en la que logra, al ser sólo una, una mayor rapidez y destreza. Sin embargo, en este proceso ni su trabajo, ni las fuerzas de su cuerpo que puso en él, ni el producto final, le conciernen o lo gratifican (Sossa Rojas, 2010:42).

Desde el punto de vista del conocimiento y habilidades de los sujetos productores directos como consecuencia del trabajo fragmentado estos van perdiendo progresivamente la visión integral del proceso productivo y se hace extraña a los propios sujetos que participan durante el trayecto productivo. El saber un tarea específica o actividad de una fase completa del proceso ya no se visualiza individualmente, en un solo colectivo, sino inter-colectivamente en una red productiva sumamente compleja, espacial e históricamente, que se sintetiza en el producto final (trabajo material e inmaterial, con fuerza productiva activa y pasada) en el que han participado distintos trabajadores y trabajadoras que lo han hecho posible, aunque cada uno por separado desconozca su contribución en el producto final. La producción social en este modelo productivo implica, por tanto, un conocimiento también social que no se reduce a la simple suma –imposible de cuantificar– sino un valor agregado complejo y dinámico de saberes. De esa misma manera el valor del producto final, convertido o no en mercancía, no se le puede atribuir su valor de uso ni de cambio al colectivo de trabajadores de la industria transformadora y, para el resto, desconocer o desvalorizar su contribución indispensable para el producto final o para que se pueda consumir. Esto resignifica el carácter “productivo” del trabajo de servicio y del inmaterial.

El trabajo inmaterial puede ser entendido en primera instancia como aquel trabajo productor del contenido informativo y cultural de la mercancía, concepto que se refiere a dos aspectos diferentes del trabajo concreto. El primero, está relacionado con el contenido de información de que es portadora la mercancía y alude a las modificaciones del trabajo provocadas en las grandes empresas industriales y las grandes organizaciones pertenecientes al sector de los servicios. El segundo, se relaciona con estos grandes centros de producción las tareas referidas al trabajo inmediato han cambiado y se encuentran subordinadas de manera cada vez mayor a la capacidad de tratamiento de la información (Domínguez Sánchez-Pinilla, 2008:7). Ambos tipos de relaciones del trabajo inmaterial son fundamentales para comprender la organización del trabajo que domina en la actualidad, su contenido y tareas que implica de acuerdo al tipo de producción.

Los trabajadores y trabajadoras en cada jornada de trabajo deben elevar la eficiencia, evitar errores y sincronizar el trabajo con los demás de acuerdo a lo establecido y normado en el plan productivo, que sigue cierta rutina. Se deben seguir estrictamente las instrucciones ya que todo está planificado para que la suma de acciones, simultáneas o en secuencia, den como resultado una cantidad y calidad determinada de productos, optimizando los recursos con los que cuenta que en muchas ocasiones son escasos y colocan en riesgo el proceso y a los sujetos que participan en él. De esta forma queda poca posibilidad de improvisación y menos aún para la invención ante situaciones visiblemente inapropiadas o de alto riesgo vital o simplemente imprevistas.

Este tipo de conocimiento es reproductivo y está sometido al criterio “invisible” que impone la jerarquía del poder-intelectual; no requiere que el trabajador o trabajadora sepa cómo se hace el producto, cómo se mejora una falla o cómo se incrementa la calidad para el consumidor; solo requiere conocer la tarea o acción que le corresponda ejecutar, muchas de ellas de forma instrumental y rutinaria. La institución capitalista solo permite pensar en cómo rendir más, aprovechando recursos y tiempo, como parte de la mercantilización de la fuerza de trabajo. Esta es una visión que cosifica al del ser humano –lo aliena o lo reduce a una mercancía– y, por tanto, se puede revertir contra el propio sistema productivo, que desconoce y desprecia la creatividad surgida en la acción-crítica para responder a las situaciones imprevistas y niega la inteligencia humana ante situaciones conocidas y nuevas, sobre todo cuando ven amenazada su integridad y la de los potenciales consumidores, donde se ubica, como potencial consumidor, al lado de su familia y comunidad. De modo que la presión en la organización del trabajo por los cambios tecnológicos y su condición antidemocrática y represiva, genera nuevas demandas laborales y sociales que se evidencian en los ambientes de trabajo particulares.

En cuanto al tratamiento de la información en estos centros del trabajo inmaterial, el trabajo a desarrollar compromete la habilidad para elegir entre diversas alternativas por lo que requiere de responsabilidad para la toma de decisiones. El concepto de interfase complementa de manera acertada las nuevas tareas: interfase entre diferentes funciones, entre distintos grupos de trabajo, entre niveles diferentes de jerarquías. El contenido cultural de la mercancía, alude a una serie de actividades que, si bien no se encuentran codificadas como tareas, tienden a definir el contenido cultural, artístico, de moda, gustos y consumo estándar; apoyados por lo que se conoce como opinión pública (Domínguez Sánchez-Pinilla, 2008:7).

El sistema capitalista solo le interesa la inteligencia humana que le sirva para elevar la plusvalía y destruye toda amenaza que dificulte su hegemonía. De esta manera, convierte la producción intelectual en una mercancía que también puede hallarse en el mercado de trabajo, en compra-venta­ con precio fijado de acuerdo a la oferta y demanda. Así el comprador la somete a sus intereses y la desnaturaliza –aliena–, aunque con estrategias distintas, no solo a la trabajadora o trabajador operario sino a todo el que le compra la fuerza de trabajo, independientemente de la diferencia salarial y niveles de formación. La educación formal y los medios de comunicación, como parte de la superestructura, son expresión de la cultura dominante para preservar la hegemonía existente. En ambas estructuras en el capitalismo, de formación y deformación social, prevalece lo económico sobre lo técnico, lo técnico se presenta como neutral y apolítico y el proceso de trabajo se reduce a una mercantilización, cuyo único interés es la generación de plusvalor e incremento de ganancias, no de creación de valores de uso, al que se le asigna un valor de cambio racional, para la satisfacción de necesidades sociales vitales.

De manera que la explotación aparece como hecho económico-normado, no como político e ideológico, para eludir el debate y la confrontación social que pone en evidencia su naturaleza discriminatoria, excluyente y profundamente inhumana. La formación de las nuevas subjetividades-objetividades en la organización para el trabajo y la sociedad en su conjunto se puede considerar como anticapitalista, mientras permita descubrir y develar la dominación-subordinación existente y no se quede sólo en la busqueda de respuestas a las dolorosas consecuencias de la violencia capitalista como que si fueran incontrolables e inevitables; posibles de mitigar mas no eliminar. Los grupos de poder hegemónico capitalistas justifican cualquier método para garantizar su poder económico-político y eso está por encima de la racionalidad humana, de los derechos humanos reconocidos por los propios pueblos en lucha y de la preservación de la especie y de los territorios donde cohabitamos.

La organización en y del trabajo por los sujetos-políticos

Todo lo analizado hasta ahora sobre la organización del trabajo sugiere la imposición de un modelo desde arriba utilizando la fuerza y la violencia física y simbólica contra el pueblo trabajador para garantizar la reproducción del sistema capitalista, y sabemos que la única manera de transformar la realidad es de adentro hacia afuera, desde la raíz, como mecanismo para revertir la situación. En otras palabras, no solo tenemos que comprender la organización del trabajo como algo externo, que se impone y que luego se internaliza en cultura dominante institucionalizada, sino de la organización en el trabajo como algo externo-interno cuya dialéctica cambia desde la propia fuerza de resistencia y lucha de la clase trabadora, en su proceso permanente de auto-organización y auto-formación como clase.

De esta manera, se inician procesos de emancipación de la clase y la posibilidad de construir nuevas formas de organización y de solidaridad de clase y con los demás sectores populares organizados contra el capitalismo colonialista, desde la realidad actual de división y organización del trabajo y del poder de la clase dominante que la niega como una manera de mantener su hegemonía a nivel mundial y local en cada realidad. No como una abstracción teórica sino como realidad concreta posible de modificar desde la propia fuerza del poder popular creado y recreado en la lucha. Desde esta perspectiva histórica dialéctica estudiamos la relación como una unidad de contrarios, tanto en los cambios de correlación política de fuerzas como en las estrategias de confrontación de carácter ofensiva-defensiva y las posibilidades de ir construyendo caminos sobre la base de la reflexión crítica y la evaluación continua del pensamiento-acción sobre la acción misma de la realidad.

Los cambios en la organización del trabajo y la especialización y fragmentación de las actividades productivas, que son articuladas y controladas de manera externa al trabajador o trabajadora –y de colectivos en una misma unidad productiva–, inciden directamente en ese nuevo sujeto social en la producción material e inmaterial y en sus relaciones con el resto de la sociedad. El avance tecnológico introduce con cada vez más fuerza el trabajo inmaterial en la medida en que también la súper-especialización termina quitando autonomía al trabajo y al producto de su trabajo, totalmente mercantilizado y subordinado a los intereses del capital. Este nuevo tipo de trabajador o trabajadora le corresponde otra organización del trabajo y de relaciones sociales de producción, que incidirán en los distintos gobiernos o sistemas políticos y de sus posibilidades de incidir en la organización y gestión de la sociedad.

El avance tecnológico es fundamental en todo proceso productivo pero lo más importante es reconocer que en el capitalismo la riqueza y la ganancia, tienen su origen, siempre o en última instancia, en el trabajo humano. Pero es posible que esto no se aprecie de modo directo ya que se producen, como afirman Carcanholo y Sabadini (2013:98-99), mecanismos de transferencia de plusvalía (por medio de las ganancias extraordinarias y de las rentas de monopolio) y no como productor de la misma (salvo por el mecanismo de la plusvalía relativa, mecanismo este más que contrarrestado, en lo que se refiere a la tasa de ganancia, por la elevación de la composición orgánica del capital).

El desarrollo de las fuerzas productivas y su relación intrínseca con la organización del trabajo y con los sistemas políticos ha sido enormemente desigual y asimétrica en el planeta, a favor de las grandes corporaciones. Eso explica que la gran mayoría de las materias primas provengan de los países con más problemas sociales y políticos en la actualidad. Esto está en la esencia de los procesos de colonización. Cuando los sectores privilegiados de los países centro, con mentalidad colonial, señalan despectivamente que se están deteriorando sus economías y que no quieren ser como los países del tercer mundo (América Latina, África y parte de Asia) es importante recordar que estos últimos están empobrecidos porque le han saqueado las riquezas que ya no poseen los países que fueron las grandes metrópolis durante la colonia a nivel mundial, y que siguieron saqueando al descubrir nuevas formas de dominación neocolonial que pasa por la destrucción de sus economías para despojarlos de toda posibilidad de beneficio endógeno que le de fuerza propia. Estados Unidos que tiene suficientes recursos en su territorio para satisfacer la demanda interna, a pesar de su estatus actual derrochador, se deja dominar por las ansias de poder que lo hace sentirse dueño y guardián del mundo, así como buscar todas las formas de obtener la máxima ganancia posible, de acuerdo a su modelo político-productivo como potencia económica mundial[5]. Esto es lo que explica sus estrategias coloniales a nivel mundial y en especial en su propio Continente, que considera su área de influencia y de dominio imperial “de su propiedad”.

Esta postura colonialista-imperialista se observa en las acciones concretas y en la soberbia de sus distintos gobiernos sobre los de América Latina y el Caribe, en especial aquellos que escuchan a sus pueblos y manifiestan su voluntad de independencia y soberanía; tanto hoy como desde finales del siglo XVIII cuando obtuvieron su independencia. Obviamente se aprecia mucho mejor, dentro de un reducido conocimiento de la historia, después de la Segunda Guerra mundial y en la manera particular de aplicar las políticas neoliberales en el siglo XX post guerra Fría y esta nueva ola colonial en el siglo XXI[6]. El interés de Estados Unidos de Norteamérica –y parte de sus aliados europeos– sobre América Latina es especial porque para este colonizador la “civilización capitalista occidentalizada” es la apropiada –que incluye religión, lengua, cultura y modelo de desarrollo económico-social– por eso la impone y se beneficia abiertamente de ella, en cualquier parte de mundo. En este dominio-subordinación desplaza o excluye todas las formas preexistentes no-capitalista, pre-capitalistas o no desarrolladas en cada formación socio-estatal. Además aumenta la represión y violencia para mantener el control, en especial a los que pongan trabas a su avance, como lo ha hecho desde hace más de 500 años los colonialistas originales, otros hace 200 como EEUU, y los últimos que se han montado en la ola neoliberal, desde una relación de superioridad extrema, que profundizó la relación centro/periferia-colonialista. A todos estos centros de poder no les importa la destrucción histórico-cultural que se haga –formas de vida y relaciones sociales– porque las considera “inferiores” y mucho más a sus identidades histórico-culturales y territoriales en sus ámbitos de vida y relaciones comunitarias. Estas concepciones impuestas y las confrontaciones de resistencia popular van a incidir en la configuración de los sistemas políticos de gobierno, y en las relaciones sociales de dominación-subordinación, independencia-emancipación y, en definitiva, en las políticas económicas, sociales y culturales que estas formaciones socio-estatales impulsen.

En una sociedad donde domina la relación mercantil de la fuerza de trabajo, y la lógica funcional está basada en la discriminación y la desigualdad social, se estimula el individualismo y la competencia a todo nivel de la sociedad, y se mantiene la organización jerárquica del trabajo para garantizar el máximo nivel de ventajas competitivas en el mercado mundial. En estas nuevas formas de organización del trabajo y de relaciones sociales de producción se resignifica el tradicional concepto de propiedad privada –dueño legal– sobre los medios de producción como garantía de apropiación de la plusvalía, de la acumulación de capital y de acaparamiento de ganancias directas e indirectas[7].

Entre los fetiches a superar del cambio social está la creencia de que con la empresa estatizada se puede reducir, casi de forma automática, la violencia implícita en las formas de explotación-sumisión en tanto se garantice la distribución del beneficio con mayor equidad social, y con la simple voluntad y acción de un gobierno como administrador de dicha “propiedad social”[8]. El cambio nominal de propietarios –estatal o colectiva– es un paso indispensable e importante pero no suficiente, la clave está en la adquisición de mayor soberanía productiva y de control del proceso productivo de forma integral para garantizar mayores niveles de justicia social y estabilidad en el tiempo. Como se confecciona el producto y qué se hace con él pueden obedecer a realidades y concepciones distintas, aunque no independientes de la condición de propiedad y la intención de cambiar o no el modelo económico vigente. De allí la importancia de comprender esta situación de fondo que tiende a confundir sobre todo a los más dogmáticos o que desconocen la realidad a fondo de muchas empresas que se han mantenido en poder del Estado, sin poder favorecer realmente a la población[9] porque mantienen lazos con la economía de mercado a nivel mundial muy difíciles de romper y de ver a simple vista.

Las relaciones de propiedad no se reducen a un sistema jurídico-político, que ofrece garantías abiertamente favorables al derecho privado, sino a una realidad política-ideológica concreta y práctica de cómo se conciben las relaciones de poder económico y político. La propiedad sobre los medios de producción no garantiza automáticamente la equidad de los beneficios para los “dueños” cuando se pretende reducir a solo el producto final del proceso de producción; ya que el producto final y las formas de extracción de plusvalor y ganancias se dan a lo largo del proceso, se cuelan por todos lados y tiene un impacto directo en el producto final. De esta manera los excedentes son alterados por el que controla el proceso de producción y comercialización (interna y externa), que quedan expuestos a la leyes de la economía de mercado que facilita al gran capital, que juega con las inversiones –propias y ajenas– para incrementar sus ganancias al máximo posible. La economía de mercado garantiza, de acuerdo a su lógica de la libre empresa y libre competencia, que el mayor beneficio sea para el gran capital. Lo importante es conocer quiénes invierten y quiénes ganan, quiénes controlan los procesos de producción y comercialización y para qué, en qué condiciones se produce y se beneficia realmente la población de una empresa estatizada. Especialmente en aquellas administradas por un gobierno revolucionario que inicia un proceso de cambio de raíz sin tener el control económico-político de la sociedad misma[10].

Además, al interior de las unidades productivas las relaciones capitalistas de producción en general no se cambian por el estatus legal de propiedad colectiva o estatal sino por la democratización en la organización del trabajo y la humanización creciente del mismo. En cada producto concebido en la organización capitalista, más allá de su valor de uso, existe una explotación de fuerza viva y pasada que debe ser superada en el presente de acuerdo a las posibilidades concretas y aspiraciones de cambio social en el tiempo. La eliminación de la explotación no se reduce a una unidad productiva, de forma aislada, es un problema social en tanto la producción también lo es. Producción donde dominan las cadenas productivas espacialmente dispersas Toda cadena productiva industrial integra distintas unidades productivas que van desde la extracción de recursos de la naturaleza, seguida por los procesos intermedios y finales de producción y servicio, todos mediados por actividades de circulación y de distribución propios de cada uno, hasta llegar al consumo final. Si la producción es un proceso integral, social y de alcance mundial, la superación de la explotación también lo es. Aunque se comience por lo inmediato y posible, la necesidad imperiosa de extenderlo es un compromiso inocultable que exige la construcción de una nueva civilización postcapitalista.

Para qué y quiénes controlan la producción

En un proceso de cambio de la planificación del modelo de desarrollo humano en sociedad es indispensable comprender cómo en este sistema mercantilizado de la fuerza de trabajo el trabajador-social pierde cada vez más el control sobre la gestión de la producción y con ello el de la sociedad, como hecho histórico. Esto exige comprender las condiciones y circunstancias en la que se desarrollan estas formas de organización y división social del trabajo bien sea para producir o modificar de raíz. En ese sentido es importante destacar la coexistencia de otros modos de producción y de relación con los territorios y recursos de la naturaleza. Tanto el destino como la organización de la producción tienen que ver con el fin y con quiénes controlan la totalidad del proceso, que incluye su distribución, comercialización y consumo. Esto marcará la relación con los productores directos y los consumidores –el valor de la fuerza de trabajo y capacidad adquisitiva–, las necesidades a satisfacer que demandan determinados productos y la relación entre valores de uso y de cambio de los mismos. Para los capitalistas, como ya se ha dicho, su interés es la venta con la mayor ganancia posible y utiliza la necesidad para seducir al consumidor, sin importar los daños que cause al mismo o a terceros.

Esta transformación del trabajo aparece de manera aún más evidente cuando se estudia el ciclo social de la producción (“fábrica difusa”, organización del trabajo descentralizado de una parte y diferentes formas de terciarización por otra). Aquí puede considerarse que aquel segmento del trabajo inmaterial ha cobrado un papel estratégico en la organización global de la producción (Domínguez Sánchez-Pinilla, 2013: s/p). Es importante recordar que la sociedad industrial organizó la vida en las grandes urbes para concentrar fuerza de trabajo y capacidad de consumo, sobre la base de la producción y la máquina, pues su objeto es la fabricación de bienes fraccionados cuya articulación no depende de los productores directos. En la actualidad ha cambiado aunque prevalezca su misma esencia. De una producción netamente industrial –productora de mercancías– que incluía los servicios asociados a la misma, se ha venido cambiando por una sociedad donde los servicios más sofisticados –la publicidad, el mercadeo, la investigación, los estudios de preinversión y la innovación tecnológica– crecen de manera preponderante e independiente de la actividad industrial y solo vinculado por la vía de los capitales. Estas empresas también han migrado hacia otras ciudades en busca de optimizar ganancia. El carácter técnico y especializado de estas actividades, altamente competitivas, hacen creer que ellas condicionan y determinan la producción.

Al referirse al cambio en los procesos productivos a nivel mundial Harvey (2016)[11] afirma que:

Antes que nada, la forma fabril no ha desaparecido. Todavía encuentras fábricas en Bangladesh o en China. Lo que es interesante es cómo el modo de producción en las ciudades centrales cambió. Por ejemplo, el sector logístico se ha expandido: UPS, DHL y todos sus trabajadores y trabajadoras están produciendo valores enormes hoy en día. En las últimas décadas, un gran cambio tuvo lugar en el sector servicios también: los más grandes empleadores de mano de obra en la década de 1970 en los Estados Unidos eran General Motors, Ford y US Steel. Los más grandes empleadores de mano de obra hoy son Mc Donalds, Kentucky Fried Chicken y Walmart. Antes, la fábrica era el centro de la clase obrera, pero hoy encontramos a la clase obrera más que nada en el sector servicios. ¿Por qué diríamos que producir autos es más importante que producir hamburguesas?

El desarrollo tecnológico por sí mismo se constituye en un poder a través del proceso productivo dominante en la sociedad, sin embargo para desplazar formas anteriores menos eficientes para el objetivo capitalista, sin importar las consecuencias que tenga sobre las unidades productivas, por su desplazamiento en el mercado y las productoras y los productores que en ella trabajan[12], se requiere una estructura institucional que lo acepte o lo permita. De allí la relación que existe entre los sistemas productivo y político en un Estado-nación donde se vinculan las acciones políticas que orientan la economía, con las sociales en general, y que éstas se dirijan a favor de un interés de clase o sector económico de poder o, por el contrario, respondan a las demandas de la ciudadanía en su vida cotidiana. Esto es lo que permite el desplazamiento o eliminación de formas anteriores acusadas de “retrasadas o ineficientes”, desde la perspectiva capitalista, no de los intereses del pueblo en la satisfacción de necesidades vitales. Los cambios en la organización mundial del trabajo y de relaciones entre los Estados-nación nos remiten a la reflexión del proceso de industrialización y la relación campo-ciudad y con ello lo que entendemos hoy por trabajadora o trabajador productivo, distinto al industrial, donde también se aplica la ley del valor, la extracción de plusvalía y ganancias productivas y no productivas de modo distinto, en su forma aunque no en su esencia.

Las actividades de investigación, de concepción, de gestión de los recursos humanos y todas las actividades terciarias se correlacionan y se acoplan en el interior de las redes informáticas y telemáticas, que solas pueden explicar el ciclo de producción y de organización del trabajo. La integración del trabajo científico en el trabajo industrial y terciario se convierte en una de las fuentes esenciales de la productividad y pasa a través del ciclo de producción examinado por encima de quien lo organizó (Domínguez Sánchez-Pinilla, 2013: s/p). Esta reflexión nos remite a otra sobre el sujeto político que se plantea un cambio de raíz de la sociedad y sus nuevas formas de organización de acuerdo a la naturaleza de su trabajo y de relación con la residencia –dispersas y no necesariamente en barrios asociados a esas empresas o centros de trabajo– sea este de producción industrial, de servicio (a apoyo a la producción, distribución y logística) y de otras áreas no industriales que rompen con el esquema de la fábrica o unidad productiva o de trabajo como centro de concentración; pero que igualmente son formas organizativas insubordinadas al capitalismo. Gramsci reconocía, según Harvey (2016: s/p), la importancia de la organización en el lugar de trabajo (consejos de fábrica) pero también la que se hacía en los barrios. En los consejos de los barrios, decía, tienen un mejor entendimiento de lo que son las condiciones de toda la clase trabajadora, comparado con el entendimiento sectorial de la organización en el lugar de trabajo.

Es decir que, de acuerdo a este análisis, las asambleas y organizaciones barriales y comunitarias se adaptan más a la organización que supera las nuevas formas y organizaciones de trabajo, de un trabajo social desterritorializado que impide ver las formas concretas de explotación y alienación, que permiten localizar las formas de lucha y resistencia urbana, que tiene la potencialidad de abordar la lucha desde la vivencia cotidiana, la que tiene mayor sentido, y donde están incluidos los grandes proyectos de cambio social. Las diferencias salariales entre trabajadores o trabajadoras se aprecian mejor a la hora de convertirlas en vivienda, salud, educación o cualquier otro servicio también diferenciado y cualquier “excedente” es inmediatamente extraído en términos de gastos más elevados o de elevación del consumo provocado[13]. La superación pasa por comprender quiénes son las víctimas de un sistema que ideologiza, discrimina y clasifica para dividir la lucha y quebrar las organizaciones de todo el pueblo oprimido y que ha perdido su libertad de vida y posibilidad de futuro, aun sin conciencia del porqué y cómo pueden ir asumiendo de forma individual y colectiva la conciencia de su situación.

En distintas latitudes se han desarrollado formas de organización laboral en plataformas a lo largo de la ciudad que fueron mirados como formas inferiores de organización laboral. Nunca se los trató como un componente fundacional de cómo el movimiento sindical debería operar (Harvey, 2016: s/p). Hoy cobra una particular importancia en la organización de lucha tanto los partidos de izquierda anticapitalista como los movimientos populares que han tomado el protagonismo de la lucha de calle y de resistencia para la transformación social y, en esto, la organización comunitaria urbana, campesina, indígena y de otros sectores oprimidos que nunca han desaparecido y han resistido. Movimientos que hoy evidencian una gran fuerza auto-organizativa y formativa para luchar por un cambio de raíz en la sociedad.

En síntesis, los seres humanos giran entre mercancías porque el capitalismo los trata como tal. La contradicción fundamental aquí es que la mercantilización del ser humano, en tanto ser racional, sólo se puede mantener bajo coacción, engaño o sumisión. Se atropella a la inteligencia humana y se silencia la historia de la lucha de clases para hacer ver lo irracional como racional o inevitable. Sin embargo, es esta misma racionalidad, con la que todo ser humano cuenta, la que le permitirá luchar contra la fuerza que lo oprime y lo reduce a una cosa, a un objeto. Esa es la clave de la emancipación para la construcción del socialismo, que implica un largo proceso histórico de lucha de clases. Exige delinear caminos desde abajo, rompiendo la lógica de las relaciones sociales jerárquicas de producción, de la división internacional del trabajo y de la división entre trabajo manual e intelectual que impone el capitalismo.

 

Bibliografía referenciada

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Gandarilla, José G. (2001). ¿De qué hablamos cuando hablamos de globalización? Una incursión metodológica desde América Latina. http://www.rcci.net/globalizacion/2000/fg133.htm

Harvey, David  (2007). Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Ediciones Akal.

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Piqueras, Andrés (2014). La opción reformistas: entre el despotismo y la revolución. Una explicación del capitalismo histórico a través de las lucha de clase. Antropos. Barcelona España: Siglo XXI editores.

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Santos, Boaventura de Sousa (2003a). La caída del ángelus Novus: Ensayos para una Nueva Teoría Social y una nueva práctica política. Instituto Latinoamericano de Servicios Legales Alternativos ILSA. Universidad Nacional de Colombia- Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales Bogotá, Colombia: Ediciones Antropos Ltda.

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Vandepitte, Marc (2016). “The Economist advierte: ¡Los beneficios son demasiado elevados!”. En: Revista digital INVESTIG´ACTION, el 02-05-2016. Traducido del francés por Beatriz Morales Bastos http://www.investigaction.net/es/the-economistadvierte-los-beneficios-son-demasiado-elevados/

NOTAS:

[1] Esta parte se agregó a la que será la segunda edición del libro de Elizabeth Alves Pérez, Dialéctica del saber emancipador. Ruptura de la reproducción del capital y valoración del ser (2010), para complementar la naturaleza histórica del trabajo y su posibilidad de incidir en él para un cambio social posible en el siglo XXI.

[2] Marc Vandepitte (2016). Artículo basado en una investigación realizada por este autor.

[3] Cuando la Dama de Hierro accedió al poder en 1979 el nivel de pobreza era del 13,4%. Cuando dejó el gobierno en 1990, el índice alcanzaba el 22%. Thatcher llevó a cabo un proceso desnacionalizador sin precedentes. Su política agresiva de privatizaciones llevó a bajar el peso del Estado en el PIB, en apenas cuatro años (1979-1983), de un 10,5% a un 6,5%. En este tiempo, privatizó el 20% del sector público británico, con empresas como la British Gas, British Telecom y la distribución de aguas.

[4] Los distintos países endeudados solo alcanzaban pagar con el presupuesto nacional los intereses generados, lo que significó la reducción drástica de financiamiento a las políticas públicas. Esto la convirtió en impagable ya que a la larga no había posibilidad de amortizar capital.

[5] Si la prioridad fuese el pueblo los beneficios los vería éste. La realidad es que en los países centros la brecha social se incrementa.

[6] En la medida en que se mundializa y globaliza este sistema las grandes potencias van colonizando nuevos espacios y resignificado sus estrategias de dominación-subordinación. En este proceso no solo se intercambian valores desde esa relación de poder –fuerzas externas e internas– sino que se imponen nuevas formas de organización social y sistemas políticos que entran en contradicción con los existentes y se produce una tensión social que se termina creando un híbrido en cada formación social. El problema conceptual de fondo es la relación entre los Estados-nación y lo que se considera progreso y modernidad.

[7] Así aparecen variadas formas donde se desplaza la importancia de la propiedad directa sobre los medios de producción ­–donde resulta indistinto si es propiedad privada, colectiva o del Estado– hacia nuevas formas de organización jerárquica del trabajo –dominación-subordinación– para controlar de manera directa el proceso productivo y de distribución, en toda su magnitud temporal y espacial que implica hoy las empresas capitalista –grandes corporaciones– a nivel mundial. Estas relaciones de poder mantienen la esencia de la contradicción capital/trabajo asalariado y, por tanto, de explotación-opresión, ampliada a todo el ámbito de acción productiva, que agudiza más aún las formas de alienación al trabajo. La plusvalía no se produce en una sola unidad productiva ni la ganancia de obtiene con la venta del producto sino, incluso sin venderlo, desvalorizando más aún su valor de uso potencial.

[8] La estatización en el capitalismo se utiliza cuando se tiene el interés de que el Estado asuma las pérdidas de la extracción expuesta a un alto riesgo e inversión de infraestructura de servicios, o cuando se quiere “sanear” las pérdidas generadas por la empresa privada para luego volverla a privatizar en mejores condiciones para el gran capital. Como ha pasado con muchas empresas estratégicas de servicio o del sector bancario.

[9] En especial empresas que trabajan con la extracción de recursos naturales, bien sea para proporcionar servicios estratégicos vitales –energía o agua– o para la exportación de materia prima poco procesada y comercializada en el país de origen.

[10] La mayoría de los países exportadores de petróleo que pertenecen a la OPEP sus empresas petroleras fueron nacionalizadas y eso no indica necesariamente una mayor distribución de la riqueza entre la población, sino más bien un participación del Estado como empresario capitalista, que se mueve con las mismas reglas del resto de las empresas. Estas estatizaciones se produjeron a mediados de los años 70, para asumir costos y riesgos de la extracción, de relativa soberanía ya que se trataba paralelamente de controlar la comercialización y la financiación donde se ubica el gran negocio petrolero en las últimas décadas y ha hecho de estos países economías más dependientes y mono-productoras.

[11] Entrevista a David Harvey (2016) “La izquierda tiene que repensar su aparato teórico y táctico”. Esta entrevista a uno de los pensadores marxistas más prominentes de nuestro tiempo, permitió discutir las transformaciones en el modo de acumulación capitalista, la centralidad del terreno urbano en las luchas de clase contemporáneas, y las implicancias de todo esto para la organización anti-capitalista.

Publicado el: 06/04/2016/ por KAOSENLARED. En: http://kaosenlared. net/la-izquierda-tiene-que-repensar-su-aparato-teorico-y-tactico-david-harvey/

[12] Muchas veces los capitalistas se declaran en quiebra y cambian de negocio buscando mejores ganancias. Las transnacionales ensayan ubicaciones geográficas atendiendo a las ventajas de acceso a las materias primas, los insumos y la energía, así como a las facilidades de exportación y se olvidan de los que habitan en esos espacios físicos.

[13] La lógica competitiva y consumista del capital, hace que mientras más ganes más gastes. Los sectores medios y populares prácticamente no tienen capacidad de ahorro.

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