Presentación de los editores

Incorporamos en la página de Debate Crítico del blog de Pensamiento Crítico XXI, un artículo, que nos envía el amigo periodista y militante político y social, Modesto Emilio Guerrero, del economista argentino Fernando Azcurra, de quienes muchos han tenido la oportunidad de leer algunos de sus trabajos.

En esta oportunidad Azcurra nos sitúa en un campo sugerente y altamente polémico que inspira al debate necesario en la construcción del socialismo en el siglo XXI. Este articulo ya de por si presenta un título provocador La abolición del trabajo asalariado tema muy discutido en nuestro paso por las diferentes instancias de la lucha social. Pero el tema de este artículo no es un andamiaje ideológico para concluir con la consigna ¡por la abolición del trabajo asalariado! Y así quedarnos en el que.

Es por el contrario un pormenorizado análisis histórico, desde una visión marxista, de cómo se conformó ese trabajador asalariado y como el trabajo asalariado como dice Acurra es todo un proyecto de vida sin sobresaltos y de segura movilidad. He aquí su “atractivo” y, al mismo tiempo, el ocultamiento de la relación de sumisión que la sostiene.

Además el autor nos adentra en la necesidad de la conciencia crítica del trabajador que le permita, en primer momento, ser consciente de su situación de sumisión y así iniciar su proceso emancipatorio. Nos explica la libertad formal y real del trabajador, el dinero y si en ese proceso de transición al socialismo existirá la ley del valor. Nos aporta elementos interesantes acerca de la administración y propiedad de las empresas para tratar de resolver la cuestión de la gestión de la producción, no solo en el que sino en el cómo y lo que es más importante en el quien. Para concluir con el porqué de la necesidad de la abolición del trabajo asalariado.

Se puede estar o no de acuerdo con los elementos aquí expresados por Azcurra pero es evidente que nos impulsa a una reflexión estimulante, al debate critico concreto real que nos permita ir construyendo una praxis para superar el trabajo asalariado, que no es otra cosa que acabar con el sistema capitalista realmente conocido.

Madrid, 6  de enero 2018

 

III – La abolición del trabajo asalariado 

Capítulo tercero del libro “Abolición del Trabajo Asalariado”. Buenos Aires, 2017.

Fernando Azcurra[1]

salario-real-salario-nominal“Es clarísimo que la Revolución no se realiza con simples transformaciones democráticas; su objetivo real es la socialización de los medios de producción, es decir, que debería liberar a los obreros de su condición de asalariados explotados”.
Die Rote Fahne (La Bandera Roja), n° 6, del 21 de noviembre de 1918, citado en: Badia, Gilbert; Los espartaquistas. Ed. Mateu, Barcelona, 1971, p. 228

III.1.- El por qué de su abolición. Razones y consecuencias sociales y económicas.

Bajo el esclavismo y la servidumbre, los trabajadores anhelan la libertad; sojuzgados y explotados hasta la muerte, quieren desesperadamente ser libres. La libertad personal es sel gran sueño y objetivo. En la relación esclavista, el trabajador es considerado como una “cosa” más, propiedad del esclavista, es igual a un animal de tiro, no es un sujeto sino un objeto útil para producir, no tiene otra función y finalidad, aquí reside su utilidad e importancia. En la relación de trabajo servil, el trabajador es  un elemento “adosado” a la tierra que es el medio de producción fundamental y sigue siendo equiparado a los animales de labor, así como sigue siendo objeto y no sujeto. Es el imperio de la coacción extraeconómica en pleno funcionamiento y desarrollo.

Cuando se examina el caso del trabajador asalariado, forma histórica moderna de la explotación del trabajo, la formalidad engañosa de la relación hace que trabajador y no trabajador se enfrenten como individuos, como personas aparentemente libres e iguales, la relación de compraventa siempre supone tal tipo de vínculo mercantil: uno vende algo, el otro lo compra. De modo que desde este ángulo, el trabajador al ser sujeto de derecho, se le presenta, como persona, la posibilidad de creer seriamente que en tal relación  decide, elige, y dispone de un albedrío que lo constituye como trabajador libre; es el ámbito de su libertad formal porque su capacidad, su potencia, su Ft la siente como de su propiedad.

Es esta relación fundante de la estructura salarial de producción la que extiende y profundiza el capital. La extiende porque el capital necesita trabajadores libres no esclavos ni serviles, “contrata” sus servicios laborales en supuestas condiciones de igualdad jurídica-económica y paga por ello un salario que, al menos teóricamente, corresponde al valor promedio fijado “por el mercado” para expandir su negocios y mercados. La profundiza en tanto que, con las mejoras salariales y sociales que le han sido arrancadas por las luchas de los trabajadores, la masa trabajadora escala a posiciones de uso, consumo y disfrute, antes jamás soñadas. El empleo asalariado, trabajar en la empresa capitalista, ascender en ella, etc. es todo un proyecto de vida sin sobresaltos y de segura movilidad. He aquí su “atractivo” y, al mismo tiempo, el ocultamiento de la relación de sumisión que la sostiene.

En consecuencia los trabajadores asalariados son libres jurídica y políticamente, son sujetos no objetos; no anhelan la libertad personal ¡ya la poseen! Y en particular desde la post-segunda gran guerra mundial con los niveles confort, consumo, capacitación, cultura más su libre movilidad individual de tránsito y de decisión, no añoran ni anhelan lo que ya poseen. Las ataduras económicas y el sometimiento a la dictadura del capital, a la coacción económica, no son sentidas ni percibidas como tales, muy por el contrario, a la clase asalariada sus ingresos recibidos por el capital, a partir de lo ya conseguido en cuanto a derechos sociales, sindicales, laborales, etc. son el medio por el cual transforman su conducta: los anhelos son los de “progresar” y mejorar en su empleo y acrecentar su salario para seguir escalando en la pirámide social, el salario en estas condiciones no es percibido como un sojuzgamiento sino, por el contrario, como un acceso “natural” apetecido para “ascender” en la sociedad burguesa que le ofrece multiplicidad de disfrutes y de goces inmediatos cotidianos.

De este modo el trabajo asalariado, en la actualidad, no se presenta como una herramienta despótica del capital para con ellos, pues su rigor no alcanza las maneras salvajes y brutales de antaño. El trabajo asalariado no es concebido, no es advertido por la clase trabajadora como sometimiento y medio del perpetuo enriquecimiento burgués a costa de su propio esfuerzo y penuria diarios. El anhelo de “libertad económica” como único medio de emancipación social, no ha cuajado en su conciencia como objetivo de lucha para transformar la sociedad burguesa, no se ha sintetizado como consigna mayor irreversible: ¡abolición del trabajo asalariado! ¡Que todos los individuos trabajen y nadie viva a expensas de otro! Lo “natural”, lo “normal” para la clase es trabajar por un salario y vivir de la mejor manera que él lo permita.

De manera que si la clase asalariada no adquiere conciencia crítica de su propia situación, si no la siente como una coacción que es una permanente exacción, si no comprende en que es su trabajo, y no otra cosa, el que crea acrecentadamente la escandalosa riqueza ajena y a lo sumo, comparativamente, un mezquino bienestar para él y su familia; si no reconoce la desigualdad y la indignidad que contiene, si no se subleva contra ella, burguesía y capital habrán de continuar como base de la producción y de la sociedad con todas sus crisis y vaivenes por mucho más tiempo del que sería necesario si la clase tomara conciencia activa del carácter expoliador del capital, de su exacción incesante y cada vez más creciente e insaciable a favor de la burguesía.

III. 1.- i) Conciencia crítica del trabajador sobre su condición

No obstante, las condiciones capitalistas de producción actuales ya presentan síntomas reales objetivos e inequívocos de su propia abolición; y es esto lo que gradualmente, en tanto más se profundicen tales procesos, irá abriendo a la consideración de los trabajadores cada vez más, no sólo la necesidad sino la inteligibilidad de una comprensión crítica (conciencia crítica) de la sociedad que es sojuzgada por el capital y de la apropiación incesante que practica sobre su labor productiva y la de su vida diaria; que el trabajo es la fuente de toda la riqueza apropiada por quienes consumen, disfrutan, dilapidan y destruyen como holgazanes propietarios, hundiendo al mismo tiempo a la humanidad en guerras, invasiones, usurpaciones, muertes, experiencias químicas letales, depredaciones, drones, además ahora en agresiones financieras y cibernéticas, etc.

Al ir aproximándose tal momento histórico, la propia sociedad burguesa difícilmente podrá ocultar que la colosal magnitud de los bienes de uso y consumo de todo tipo, son el resultado exclusivo de la actividad social del trabajo y no de causa alguna puramente material, tecnológica, habilidad individual, etc. que se suele difundir como una evidencia de que el capital es lo productivo y que “generosamente” crea empleo para incorporar a los trabajadores a la “modernidad” y a superiores niveles de vida.

En tales circunstancias no podrá dejar de ser advertido por la masa trabajadora toda, que otro de los resultados permanentes de su labor diaria, consiste en que  precisamente su trabajo colectivo (social) es el que genera siempre la cada vez más inmensa acumulación de riqueza de la clase propietaria rentista, asentada sobre la sociedad a la que le impone sus exigencias y fines particulares estrechos, expoliadores y de especulación crematística mundial.

Se volverá inevitablemente ostensible  que la fracción de lo que queda para sí de su actividad laboral social, es sólo un fragmento exiguo ante aquél otro que se apropia la clase capitalista, sin más derecho que el que le otorga sus títulos de propiedad jurídico-formal  de los holdings financieros, ya que desde hace décadas ni siquiera gestiona sus propias corporaciones.

Y que tal fragmento, aun cuando haya aliviado las pesadas y penosas cargas del trabajo cotidiano de siglos anteriores y ha elevado de modo incuestionable los niveles de consumo, confort, bienestar, etc. en general, no ha eliminado la sujeción de trabajar para otra clase y de que ésta acreciente su riqueza en descomunales magnitudes, convirtiendo en porcentajes y mejoras ridículos lo que queda para la clase productora.

En consecuencia, del mismo modo que mantener el trabajo esclavo se transformó en una afrenta a la humanidad en su época, en lo futuro mantener el trabajo asalariado se convertirá también en una afrenta de tal carácter, al ser visible el escándalo  del lujo, la ostentación y el consumo suntuarios a expensas de la mayoría social trabajadora por parte de una minoría sólo derrochadora y lujuriosa sin haber derramado una gota de trabajo para semejante disfrute que ya no dejará de aparecer sino como incesantemente malhabido.

Tal carácter crítico de la conciencia de la clase trabajadora  anunciará el inicio de la superación histórica inexorable de la actual sociedad del capital, podrá proseguir ésta pero más como un producto artificial que real y, poco a poco, irá dejando de subsistir como base de la producción social, habrá llegado su hora final y los procesos de cambios revolucionarios de la sociedad del capital se convertirán en imparables e irreversibles, habrá de sonar su hora final para la historia de la humanidad.

Esa etapa histórica futura pero ya anticipada por el capital mismo, se mostrará como  la del máximo desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, bajo el comando del capital, en la que se habrán alcanzado los límites superiores y agotado sus potencialidades dentro del marco impuesto por el capital mismo no pudiendo contener más al trabajo como simple costo salarial e instrumento vivo, siempre renovable, de producción, en tales condiciones la abolición se volverá una decisión política  impostergable y el mantenimiento del trabajo asalariado una afrenta de lesa humanidad.

III. 1.- ii) Libertad formal y libertad real del trabajador

Al partir del intercambio de dinero (D) por trabajo (T), ésta relación al menos crea dos situaciones específicas que es preciso reconocer: 1º) el recibir dinero por trabajo no tiene necesariamente como consecuencia el sometimiento de quien trabaja por parte de quien no trabaja. Cuando el dinero (D) lo recibe un trabajador (T) para realizar un trabajo inmediato, lo que interesa a quien paga por tal hecho es obtener un resultado de tal uso; lo pagado bajo la figura de dinero (honorarios de oficio) nunca más habrá de retornar a sus manos: es un gasto. El trabajo es de carácter independiente, autónomo, y se despliega como acto libre de quien lo realiza, trabaja para sí: la libertad formal (disposición no coactiva al trabajo) coincide con una efectiva libertad económica que es la libertad real, esto es disposición de los medios de trabajo de su autosustento (no trabajo para otro).

2º) Cuando el intercambio de dinero (D) por trabajo libre (T) adopta la forma de pago salarial para usar la capacidad de trabajo y recuperar el dinero adelantado con un  incremento, se trata de un adelanto de dinero bajo la forma de Tw. El dinero retorna a las manos de quien lo pagó con un plus; se trata, entonces, de un trabajo asalariado, por tanto la libertad formal ya no coincide con  la real, ésta última ha dejado de existir, se ha transformado en su contrario (subordinación, sojuzgamiento). De manera que esta separación implica el cambio entre Tw/K y lo que interesa a quien paga es el valor de cambio de lo que recibe (el valor de uso de Ft) porque así procede a “valorizar” su dinero (D), siendo las mercancías producidas sólo el medio para obtener aquella.

En estas condiciones burguesas, la libertad formal del trabajador es la de comportarse como individuo ante algún capitalista particular, en este sentido tiene un amplio campo de decisión, de albedrío, de disposición de su capacidad de trabajar por ser su propiedad; se conduce como sujeto pero dentro de tal situación, es un tipo de libertad condicionada sin coacción personal, lo cual hace que aquella pase inadvertida y hasta justificada como libertad sin más. Pero la libertad real es sinónimo de autonomía personal y social de quienes trabajan, en este caso su actividad no ha estado nunca bajo condiciones de subordinación, o bien, ya ha cesado de ser y de estar subordinada al servicio de otro en su producción y resultados, resultados (mercancías, riqueza, propiedad) que se le alejan siempre. La libertad real es el trabajo y el trabajador libre de toda atadura económico-social en provecho ajeno y no propio, es esto lo que nunca lograrán resolver la burguesía y el capital precisamente porque su riqueza y poder se asientan en la opresión económica no en la libertad social y económica del individuo trabajador. Sin trabajador asalariado no puede existir el capital de la burguesía. De modo que la libertad real sólo podrá conquistada como un objetivo superior de la humanidad que se rebela ante sus enemigos sanguinarios y pertinaces.

El trabajador, en las condiciones de la libertad formal,  experimenta la “creencia” de ser libre; cree que decide y comprende según su única y no influida voluntad de hacerlo cuando, cómo y dónde él decida. Este sentimiento se refuerza cuando acuciado por los avatares de las crisis del capital y lanzado al desempleo, toma la iniciativa “sin traba” alguna, para ya no querer volver a la condición de trabajador asalariado; se decide, entonces, a alguna actividad “sin patrón”: oficio autónomo (cerrajero, plomero, gasista, vidriero; diariero; etc.); pequeño comercio (verduras, carnes, golosinas, bebidas, vestimenta, etc.); conductor de vehículo propio (taxis, camiones transportadores de sustancias alimenticias; etc.); facilitador de trámites personales ante empresas públicas y privadas; etc. Estas y otras cientos y miles de actividades parecidas reafirma su creencia en que bajo el sistema del capital, él es “libre” de hacer lo que quiera (si no es en una actividad será en otra) si así lo decidiera ¡y así es!, tal situación ¡es real! No se trata de ninguna falsedad. Pero lo que es verdad para el individuo trabajador o para un grupo, numeroso de individuos, si se quiere, no lo es para la clase: la totalidad de los trabajadores asalariados no pueden “salir” del sistema y dedicarse toda ella a oficios, negocios, actividades autónomas y que el sistema burgués “siga como pueda”. Aun cuando cupiera pensar, idealmente, que pudiera existir tal posibilidad de transformar el trabajo de asalariado a autónomo, en tal caso el propio sistema se desplomaría.

Por oposición a  lo que plantean los ejemplos anteriores, es preciso reiterarlo, el salario, el trabajar para un patrón por un salario, no sólo no es advertido por los trabajadores como un procedimiento de sojuzgamiento, no se lo percibe como un obstáculo a vencer para acceder a su emancipación y auténtica libertad personal, sino que, por el contrario, es considerado el medio que lo faculta a materializar “sus” fines sin interferencia de índole alguna y como camino hacia su realización personal y social. Créditos hipotecarios, créditos para vehículos; pagos en cuotas para viajes, estudios; turismo; bienes de uso semidurables, consumo holgado, propiedad de la vivienda familiar, sistemas de seguro y de salud asegurados, etc. fijan la idea de bienestar y superación personal con la incentivada e incesante aspiración de poder ir por más, desconociendo la verdadera situación: que el asalariado ha sido convertido en un productor-consumidor compulsivo y , al mismo tiempo, en un deudor permanente, transformado, pues, en centro de producción, de consumo y ganancias de y para el capital.

La sociedad dominada y sumergida en la extorsión diaria y continuada, sojuzgada y ciega (ofuscada su capacidad crítica); coaccionada sin violencia física a actuar y pensar de acuerdo con prescripciones, valoraciones y mandatos externos cual si fueran, sin embargo, emanados de su subjetividad más íntima, surgidos de su propia y personal decisión, aparentemente sin influencias ni imposiciones, quedando las causas verdaderas completamente ignoradas y alejadas de su asimilación. Todo es el colmo de la enajenación vivída como libertad e individualización (gozo, placer, consumo, disfrute; ocio; etc.) sin posibilidad de alcanzar un concepto real de lo que sucede (le sucede), por qué sucede (por qué le sucede) y cómo sucede (cómo le sucede). Sólo la ciencia puede otorgar transparencia y comprensión racional de las relaciones, del entramado y de los lazos que anudan intereses, objetivos, planes, exacciones, estafas, ruindades, falsedades, y toda la panoplia de argumentos falaces y sofísticos que nutren sus discursos tendenciosos e interesados.

Entonces, ¿Cuál es el significado de la liberación económica? ¿Es abolir el trabajo asalariado? La respuesta sin hesitación es afirmativa. En principio, su abolición sería la desaparición del capital privado en cualquiera de sus formas (industrial, comercial, financiero), o sea de la propiedad privada capitalista y junto con ellas los antros de la especulación: bolsas, mercados financieros y de valores, operaciones ficticias de todo tipo, etc. Pero no ocurriría lo mismo con otras formas de propiedad, permanecerían la propiedad personal del trabajador independiente; se abrirían las puertas para la dinamización de las formas de trabajo cooperativo; también para las modalidades de trabajo estatal,  digamos las grandes concentraciones empresariales públicas pero con autoadministración; formas de propiedad familiares; nuevas asociaciones de trabajadores sin mediar el pago salarial.

III.2.- ¿Y el Dinero?

¿Cómo sería posible esta liberación económica en relación con el dinero y los ingresos? ¿Qué recibirían los trabajadores, bajo qué forma? Se aboliría el trabajo asalariado, pero esto ¿no sería abolir también el empleo, que es lo que le permite al trabajador acceder a los medios de vida y subsistencia necesarios para su mantenimiento y el de su familia? Surge de inmediato la angustiosa pregunta: ¿de qué viviría la clase trabajadora entonces? Ese es un argumento burgués trivial, que implica la suposición que todo trabajo es por naturaleza de carácter mercantil asalariado, mofándose de la historia humana que registra decenas de miles de años sin que tenga registro de tal hecho, pero sí extendido en la sociedad europea como base de su estructura económica no hace mucho más de cinco siglos y desde allí difundido hacia otras culturas y sociedades.

Estas nuevas modalidades de relaciones sociales laborales, lo que harían en realidad es quitar la base social y productiva de la función del dinero como capital; el dinero, bajo esas condiciones, dejaría de actuar como si tuviera una propiedad intrínseca, “natural”, de producir un excedente bajo la forma de ganancia; circularía en sus otras funciones, pero esa función de capital ya no tendría base económico-social.  La cuestión pues se resolvería, al menos en una primera etapa del movimiento de emancipación social, en que podrían circular las mercancías y el dinero no como parte de capital sino como parte del trabajo asociado en las diversas formas generando “flujos” dinerarios a los trabajadores y a las unidades económicas.

No habría ya, por tanto, ni ganancias, ni salarios, ni interés, ni rentas, pero sí precios, costos, gastos, excedente e ingresos. La nueva situación social y productiva quitaría también de raíz las bases de la actividad especulativa; no habría lugar para bonos, títulos, acciones, letras, etc. como expresión patente de la explotación del trabajo ajeno en provecho privado de un puñado de inescrupulosos propietarios expoliadores, holgazanes, rentistas, ni habría tampoco ámbitos especiales bursátiles de defraudación, estafas, robos, negocios tramposos, ardides y artimañas de todo tipo al no haber ya capitalistas que, entre ellos mismos, viven de tales “fascinerosas” prácticas, a dentelladas y arruinando a sus “colegas”,  todavía hoy presentadas como el summun de la rapidez de la inteligencia y de la astucia de la ingeniería financiera ante “los” mercados.

Si eliminar el trabajo esclavo y el siervo tuvo que ser consecuencia de largas y sangrientas luchas políticas durante siglos, teniendo como meta precisamente la liberación del trabajador de sus “propietarios”, no menos es ya en la actualidad histórica la lucha del trabajador asalariado para con los propietarios del capital: es una consigna política que se impone ya que tiene una extendida y desarrollada base socio- económica bajo el mismo capitalismo. La abolición del trabajo asalariado es una consigna clave y un camino seguro que conduce hacia la abolición del dominio de clase del capital sobre el trabajo; de la clase capitalista sobre la sociedad.

III.3.- Administración y propiedad

Una duda o una pregunta inquietante aparece de inmediato ante los argumentos anteriores ¿No es una utopía infantil, lírica y desactualizada? Ante el grado de acumulación y concentración del capital en los grupos empresariales que emplean miles y miles de trabajadores y de su expansión mundial ¿cómo resolver la cuestión ardua y compleja de su gestión, de la cadena de mando, de la condensación en una única dirección y decisión que impida el desorden, la anarquía, el desmembramiento en unidades pequeñas, ineficientes, costosas y poco productivas? Diremos que ineficiencia, costos, poco productivas y/o improductivas, son categorías del y desde el capital. Cuando se trata de condiciones no capitalistas, tales categorías pierden tales contenidos.

Ya Marx decía claramente que “Todo trabajo directamente social o colectivo, efectuado en gran escala, requiere en mayor o menor medida una dirección que medie la armonía de las actividades individuales y ejecute aquellas funciones generales derivadas del cuerpo productivo total, por oposición al movimiento de sus órganos separados. Un solista de violín se dirige a sí mismo; una orquesta necesita de un director” (K. Marx, El Capital, Libro I, vol. 2, pág. 402; Siglo XXI Editores), pero de aquí concluir que tal función directiva es demostrativa de la necesidad del capitalista para todo el proceso es un verdadero sofisma. El conjunto puede funcionar (ha funcionado en otras relaciones sociales) sin que requiriera la figura del explotador cual si fuera emanada de la naturaleza, cuando de lo que se trata es de la cooperación del trabajo como actividad colectiva  que sí impone unidad de concepción y ejecución pero que para nada es necesidad de una dirección del capitalista como dueño, como propietario, es decir como exento de trabajar porque otros trabajan para él.

Pero además es éste otro argumento burgués especioso. Un planteo de este tipo, sería no advertir que la respuesta ya está dada y desde hace mucho tiempo por el actual sistema de gestión social del capital; el propio sistema muestra hasta el hartazgo el carácter colectivo de la producción la administración, la circulación y la distribución sin necesidad real, para su funcionamiento, de la figura y presencia del propietario, el cual ya hoy es una carga económica y un residuo innecesario para la sociedad, pues desde hace décadas se ha convertido en una burguesía financiera puramente rentística y especuladora. Las empresas, los grupos, los holdings mundiales, en una nueva situación social y productiva ya NO podrán ser portadoras de la sapiencia “directiva” y de negocios pagadas por el capital ni sus administradores se  convertirán en su “aliado”, en su representante y “parte” de aquél ante el resto de la sociedad como ahora sucede; dejarán de construir el ejército burocrático de gestión (EBG) al servicio del capital, para reconvertirse en una emanación específica de los “nuevos” cuerpos colectivos, por ellos administrados en calidad de propietarios asociados y sus decisiones no corresponderán a la cotidianeidad del proceso de producción-circulación del capital y del capitalista.

No se trata, pues, de “inventar”, de elaborar “planes” en el aire o en los deseos personales de quien se trate. Y esta situación no es recientemente producida por el capitalismo, es desde sus orígenes porque su esencia misma es de carácter social, el capital ha potenciado el trabajo individual como trabajo social incluyendo la administración del mismo; en la etapa monopolista esto asciende un peldaño más en tal carácter. Con su notable perspicacia teórica, esto había sido ya advertido por Lenín quien decía que el mecanismo de la administración social está ya preparado por los monopolios como ejemplo de un modelo de economía socialista, por tanto, fuera de lo que el propio capital enseña en este aspecto es caer en ensueños y utopías por parte de trabajadores, dirigentes y partidos populares; afirmaba sobre la necesidad de partir de lo que ya había sido creado por el capitalismo. (Vid. V.I. Lenín, “El Estado y la Revolución”, cap. III)

Sí, siempre los propietarios son la primera y la última instancia de decisiones en lo estratégico y en el poder político que suministra la desmesura económica acumulada, ese es el poder de una élite capitalista sobre la sociedad toda. Quítese la propiedad a esta clase explotadora ¿y qué quedará? Quedará la rutina diaria de las decisiones y de la administración de lo que en adelante se transformará en medios “sociales” productivos, y no ya capital. En términos de relaciones de organización de actividades y responsabilidades, nada habría cambiado y todo seguiría funcionando sin tropiezos; desde este punto de vista no debería existir ninguna traba y/u obstáculo en la gestión. Pero, se puede argumentar: ¿y la cuestión de la “unidad de mando y decisión”? ¿y las estructuras jerárquicas? ¿qué de la autoridad? ¿No sería esto subestimar la importancia mayúscula de la aparición de esta franja importante e imponente de funcionarios con un rol decisivo en el movimiento de la economía y de la sociedad?

Es esta una cuestión perfectamente solucionable por parte de los mismos funcionarios-trabajadores que, como se ha dicho, hoy mismo están el frente de las unidades empresariales. Podrán éstas dotarse de cuerpos, colegiados o no, que desempeñen tales tareas en nombre y comisión del cuerpo asociado de trabajadores, o bien podrán surgir (y con toda seguridad ello es lo más probable) nuevas formas que no pueden anticiparse hoy en detalle porque será una cuestión a resolver una vez dadas tales circunstancias y necesidades. Más aún, eliminada la base capitalista de las relaciones, esta “franja” ya no podría autonomizarse cual si fuera una nueva clase con intereses propios.  Como propietarios sociales al servicio del conjunto carecerán de la oportunidad de “servirse” de él cual si fuera una figura social propia  y con fines propios, separados de los productores asociados.

Sin embargo es menester agregar otra particularidad sobre este punto. Dentro de esta franja de administradores, gestionadores o gerenciadores al servicio del capital, hoy se ha deslindado otra “capa” minúscula con tareas muy específicas en directa relación con el capital financiero y su poder sobre la sociedad, es lo que acertadamente Herman Minsky definiera como “Money Manager Capitalism”, o sea capitalismo de gerenciadores de dinero. Estos gerenciadores son quienes más estrechamente representan y defienden al capital en general y al financiero en particular; no constituyen una clase social “nueva” como lo sostienen erróneamente algunos economistas (Vid J. Burnham;  Duménil-Lévy, “La gran bifurcación”, Editorial Capital intelectual, Bs. As. 2015), pero son quienes como “expertos” sobre datos, informaciones, estados contables, accionistas, propietarios, activos financieros, acuerdos, negocios, balances, inversiones, traspaso de propiedades, movilidad del capital, especulación bursátil, operaciones con futuros, etc. se han convertido en un centro neurálgico de todas las operaciones legales e ilegales y del movimiento financiero general del capital a nivel mundial, condensando sobre sí un indudable enorme poder, tanto ante la sociedad como ante sus dueños, no pudiendo éstos últimos prescindir de ellos en sus estrategias de rivalidad intracapitalista.

Pero no obstante el poder que su gestión, conocimientos y la posesión de cierta cantidad de acciones,  le otorga a estos managers, no constituyen una franja, capa (menos clase como decimos) autonomizada que pudiera enfrentarse a los “genuinos” propietarios del capital; dicho de otro modo éstos últimos no han perdido poder, antes por el contrario, han perfeccionado su dominio por intermedio de aquellos. Con claridad fue esto advertido por Galvano della Volpe quien rechazara la “… la pseudoteoría de una “revolución managerial” consumada por las capas superiores de la pirámide burocrática (pues siendo los managers industriales nada más que accionistas-expertos-mandatarios de la propiedad privada de los Mp, esta propiedad, al separarse del “control” técnico, se refina y perfecciona y, por lo tanto, adquiere poder en lugar de perderlo)” (Énfasis della Volpe. “Crítica de la ideología contemporánea”, Comunicación 6, Alberto Corazón Editor, Madrid 1970, p. 69)

Por estas razones estructurales, esta capa, con el cambio drástico de relaciones socio-económicas dejaría de existir de inmediato junto con el capital y su dominio. Y no sólo eso,  además todas las empresas de especulación, bolsas, mercados de valores, operaciones con títulos, bonos, letras, futuros, etc. se derrumbarán sin salvación alguna, dejarían de existir y esa franja de ociosos e inútiles ¡deberán “ganarse el pan con el sudor de la frente”! En consecuencia, insistir o empecinarse en que sin los gerenciadores de activos reales y sin los gerenciadores de activos financieros no sería posible el orden eficiente, que sólo significará atrasar la economía y la sociedad es ponerse del lado de la “eternidad del capital y de los capitalistas”. ¿Por qué sostener que sin “su” propiedad (del capital) y mando (gerenciadores reales y dinerarios) todo se vendrá abajo? ¿Por qué suponer que fuera de ellos todo sería atraso, desorden y hasta melodramáticamente, caos y anarquismo? ¿No es factible acaso desarrollar, potenciar, lo que ya está ocurriendo ante nuestra vista? ¿Por qué, en todo caso, no dar lugar a la posibilidad de nuevas modalidades de relaciones de producción y de administración que no sean bajo el dominio del capital y de sus propietarios? En lugar del despotismo del capital sobre la sociedad por intermedio de su “ejército burocrático de gestión” (E.B.G.), podrá mostrarse la administración de la producción por intermedio del trabajo asociado y cooperativo de gestión. Administración de las cosas y no de las personas. Y sobre todo cuando éstas, repetimos, están ya inscriptas en el orden económico mismo de la sociedad del capital. En lugar del aprovechamiento de la gestión social por y para el capital, la socialización de la gestión de los bienes por y para la sociedad.

III.4.- La ley del valor en el cambio sistémico     

En las condiciones de la abolición del Tw ¿qué sucedería con la ley del valor? Tal como hemos expuesto la situación de la superación del capital y en una etapa aún de transición hacia una nueva, definitiva e irreversible sociedad, claro es que regiría como ley que regula el tiempo social de trabajo en la producción, pero en cada escalón de desarrollo de la sociedad en el cual lo fundamental y decisivo es el trabajo y no el capital, todas las categorías económicas y las relaciones sociales irán adquiriendo propiedades nuevas: el tiempo de trabajo irá dejando de ser la base de la producción y del cálculo para el intercambio; al ir desapareciendo las condiciones en las cuales los productos y la fuerza de trabajo (Ft) eran mercancía, irá desapareciendo la tan mentada ley para dar lugar a otro tipo de leyes diferentes de las capitalistas actuales.

De modo que “En esta transformación lo que aparece como el pilar fundamental de la producción y de la riqueza no es ni el trabajo inmediato ejecutado por el hombre ni el tiempo que éste trabaja, sino la apropiación de su propia fuerza productiva general, su comprensión de la naturaleza y su dominio de la misma gracias a su existencia como cuerpo social; en una palabra el desarrollo del individuo social. El robo de tiempo de trabajo ajeno, sobre el cual se funda la riqueza actual, aparece como una base miserable comparado con este fundamento, recién desarrollado, creado por la gran industria misma. Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida y por tanto el valor de cambio deja de ser la medida del valor de uso. El plustrabajo de la masa ha dejado de ser condición para el desarrollo de la riqueza social, asi como el no-trabajo de unos pocos ha cesado de serlo para el desarrollo de los poderes generales del intelecto humano. Con ello se desploma la producción fundada en el valor de cambio, y al proceso de producción material inmediato se le quita la forma de la necesidad apremiante y el antagonismo” (K. Marx, Grundrisse, Siglo XXI, II, pp. 228-229. Énfasis de Marx)

En consecuencia, los trabajadores asociados, dueños de sus medios de producción (Mp) intercambiarían entre sí el resultado de sus procesos de producción, o sea sus productos como mercancías, pero éstas habrían dejado de ser “partículas” del capital, el valor de las mismas estarían compuestas: por el valor de los costos consumidos al usar Mp (no más capital constante) + el nuevo valor, o sea, el ingreso personal de cada trabajador (no más capital variable) + el excedente social (ya no más ganancia), Mp + ingreso + excedente. Claro es que el excedente corresponde al plustrabajo, pero los propios trabajadores serían los “propietarios” del mismo, y claro es que cabe aceptar que el intercambio mercantil se haría a valores iguales pero en que las mercancías contendrían magnitudes diferentes de valor en Mp + ingreso + Excedente, en las cuales se habría objetivado en la mercancía A más valor en Mp que en la B, y menos Excedente, esto es, habría diferencias en el excedente cuantitativo de ambas mercancías, pero como no se trata de mercancías capitalistas que exigen un reparto del excedente como ganancia equitativa entre todos los capitalistas, sino de mercancías con diferentes composición interna de valor, toda magnitud excedentaria se volcaría nuevamente al proceso de incrementar y mejorar la producción para el progreso social y económico de la sociedad y no de unos pocos.

La ley del valor no se puede abolir, se extinguirá con la extinción de las relaciones sociales y económicas que lo sostienen, es la razón por la cual aun con la creación de nuevas relaciones que surgen lentamente, predominará el tiempo social de trabajo para la determinación del valor del producto “Después de la abolición del modo capitalista de producción, pero no de la producción social, sigue predominando la determinación del valor en el sentido que la regulación del tiempo de trabajo y de la distribución del trabajo social entre los diferentes grupos de producción, y por último la contabilidad relativa a ello, se tornan más esenciales que nunca” (K. Marx, El Capital, Siglo XXI, III, 8, p. 1081)

En estas nuevas condiciones entonces, las relaciones entre trabajo, naturaleza y capital, se habrán modificado irreversiblemente, habrá de terminar la irracionalidad de que haya “pago” por un trabajo bajo la forma de salario, así como hoy es concebido irracional e inhumano el que haya habido trabajo esclavo en sociedades “civilizadas” antiguas. Y lo que no deja de ser  de una extraordinaria importancia, se eliminará la locura capitalista de la explotación irracional de la naturaleza como fuente material de ganancia, rentas e intereses. La abolición del trabajo asalariado conlleva la abolición de la depredación capitalista de la naturaleza.

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¿Por qué es crucial la abolición del Tw para el tránsito hacia la construcción del socialismo?

Porque es la forma drástica y definitiva de cambio de las relaciones de producción del capital.

¿Cuáles son, efectivamente, sus características?

1º) Los trabajadores dejan de estar subsumidos al dominio del kapital, lo cual significa que éste ya no dirige ni ordena (directamente o por medio del Ejército Burocrático de Gestión EBG) todo el proceso. Cesa el despotismo capitalista.

2º) Los trabajadores dejan de ser vendedores de su Ft. Ésta no es ya “mercancía”. Por tanto se derrumba la invisible pero existente coacción económica sobre el trabajador.

3º) Los Medios de producción (Mp) no se presentan más como kapital sino como lo que son: ¡Mp! al servicio de los trabajadores como herramientas o medios para producir.

4º) La relación monetaria que persiste en un principio entre trabajo y remuneración cambia. Los trabajadores no perciben ya un salario sino un ingreso, resultado del trabajo colectivo y la distribución colectiva de las unidades productoras que los propios productores establecen y administran.

5º) El proceso de producción, circulación y distribución, muestran ahora su carácter social sin opacidad, esto es, no están ya sujetos a la propiedad privada ni a su objetivo supremo de generar un plus como ganancia del kapital.

6º) El conjunto del proceso social de producción deja de estar sujeto a la apropiación privada kapitalista.

7º) Las relaciones monetarias y los Mp no aparecen como dominadores “naturales” de las relaciones sociales sino que son expresiones de ellas.

8º) El trabajo ya no está ni formalmente ni realmente subsumido al kapital.

De modo que, con la abolición del Tw se vuelve imposible mantener la propiedad privada kapitalista; ésta se desploma como su consecuencia “natural” y ya no puede resurgir.

Ni en el caso de la URSS ni en el de las actuales economías “socialistas” se puede encontrar nada de esto. Todas han sido y son, las que aún restan, variantes del dominio del capital sobre el trabajo: capital privado unas, capital público o estatal otras, ambas manteniendo el Tw.

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[1] Fernando Hugo Azcurra es economista argentino, realizó estudios de postgrado en Historia Económica en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Se desempeñó como profesor en las facultades de Ciencias Económicas y de Filosofía y Letras de la misma casa de estudios. En la actualidad se desempeña como profesor de Historia Económica en el CBC de la UBA. Ha sido académico de macroeconomía de la Universidad del Salvador, dicta un taller de postgrado sobre Marx y Sraffa en la Universidad De Luján.

Es autor de ‘Democracia y proceso socialista en Argentina’ (1985); ‘La nueva alianza burguesa en Argentina’ (1987); ‘Empresas del Estado y economía en Argentina’ (1989); ‘Marx y la teoría subjetiva del valor’ (1993); ‘Fundamentos de macroeconomía’ (2003) y ‘Capital y excedente’ en colaboración con Alejandro Fiorito (2005) y ‘Teoría macroeconómica’ (2006). Además ha publicado un gran número de artículos relativos a la temática que hoy nos ocupa.

 

 

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