Fernando H. Azcurra

Enero 3 de 2018  

Fragmento de la obra de István Mészarós (2001) Más allá del Capital[1]. Parte Dos – Capítulo 13.6

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La abolición del trabajo asalariado como consigna revolucionaria de la clase obrera es, para István Mészarós (I.M.) “una ambigüedad teórica”.

 

“Indudablemente, la persistencia de Marx en el ataque a las causas de los males sociales, en lugar de pelear batallas obligadamente perdidas contra los meros efectos de la autoexpansión del capital en desarrollo, es la única estrategia correcta que adoptar. Sin embargo, en el momento en que tratamos de comprender el significado practico/operacional de la “abolición del sistema del trabajo asalariado” tropezamos con una grave ambigüedad. Porque la escala de temporalidad inmediata –el obligado marco de referencia de toda acción política tangible- la define como la abolición de la propiedad privada y, por ende, como la “expropiación de los expropiadores”, que puede ser lograda mediante decreto en la secuela de la revolución socialista. No sorprende, pues, que sea así como la “consigna revolucionaria” de Marx acerca de la abolición del sistema del trabajo asalariado haya sido interpretada generalmente”. (I.M. Opus Cit. pp. 561-562)

En principio, Marx jamás atacó causa alguna de “males sociales”. La situación social y económica de la clase obrera fue siempre planteada y examinada en términos de lucha de clases, fundamentando que el objetivo supremo de esa lucha era la emancipación de los trabajadores de sus explotadores y que la misma residía en su actividad política revolucionaria, su emancipación no podía sino ser todo un proceso de revolución social contra el capital y la burguesía. Las condiciones de vida de los trabajadores no eran “males sociales” sino el resultado inevitable de la explotación despótica del capital sobre el trabajo, por lo cual ante ello, siempre sostuvo la energía y fortaleza de la clase obrera y de su unión para enfrentar y derrocar a su enemigo. La expresión “males sociales” tiene un fondo de carácter “ético” que no es posible encontrar en el análisis materialista de Marx.

En segundo lugar tampoco hubo de considerar Marx que la lucha económica (oposición sindical) contra el capital pudieran significar “batallas obligadamente perdidas contra los efectos de la autoexpansión del capital en desarrollo…”

Por cierto siempre diferenció claramente los “limites” de tal acción de resistencia y lucha contra el capital “dentro” mismo de la estructura capitalista de la sociedad, señalando que los logros que podían obtenerse (y que se obtuvieron) no iba contra el núcleo del sistema, esto es, contra la propiedad privada y el trabajo asalariado, objetivos que sólo podían materializarse por la acción política de clase contra clase.

Pero en tanto no se alcanzara tales objetivos, de ninguna manera debía permitírsele al capital que sometiera a su antojo a los trabajadores reduciéndolos a “mera máquina humana” de producción de mercancías y riqueza. Debía oponerse una fuerza potente para arrancarle al capital lo que éste no daría nunca por “las buenas”, y en ese sentido tenía también esa acción un carácter de positiva unión de las dispersas fuerzas del proletariado del siglo XIX y que no dejaría de impactar en el desarrollo de su conciencia como trabajador y de la necesidad de la actividad política para enfrentar al capital y sus intereses. Por estas y otras razones dirá Marx que la clase trabajadora en su lucha incesante contra el capital debe oponerse siempre “… a la depreciación de su trabajo y a la degeneración de su raza”, cosa que no las obtendría “…. Si se resignase a acatar la voluntad, los dictados del capitalista, como una ley económica permanente, compartiría toda la miseria del esclavo, sin compartir, en cambio, la seguridad de éste”. Es a partir de esta situación y de sus límites que el proletariado podrá acceder a la comprensión de que “debe emplear sus fuerzas organizadas (sindicatos FHA) como palanca para la emancipación final de la clase obrera; es decir, para la abolición definitiva del sistema del trabajo asalariado.” (Cfr. K. Marx; “Salario, Precio y Ganancia”; Marx-Engels O.E. Editorial Progreso – Moscú. 1966, tomo I, pp. 427-428; 434) 

Ahora bien, I.M. “reelabora” las concepciones de Marx sobre el tema según su propio pensamiento y su propia concepción pero endilgándoselas a Marx.

Luego I.M. tropieza con una “ambigüedad” de Marx. ¿Cuál? Aquella que, según él, Marx confunde la “escala de la temporalidad” de una y otra consigna y, peor aún, les asigna identidad: de acuerdo con el contenido “práctico/operacional” el lugar de la “abolición del trabajo asalariado” lo ocupó “la expropiación de los expropiadores” “…que puede ser lograda mediante decreto en la secuela de la revolución socialista…”.  No sorprende que así haya sido interpretada generalmente”.

No sorprende que I.M. haya “tropezado” con una ambigüedad que es… ¡suya no de Marx! Al teorizar Marx sobre el tránsito de una sociedad a otra, siempre sostuvo que éste se desplegaría en términos de una aguda lucha de clases entre la clase proletaria y la burguesía que se prolongaría durante un tiempo hasta que la clase triunfante (el proletariado) alcanzase la consolidación de su victoria política y militar sobre su enemigo perenne. En esta situación como una de las herramientas más poderosas para debilitar primero y derrotar después a la burguesía postulaba el que los trabajadores debían apoderarse de los Mp [Medios de producción], esto es, confiscar la propiedad burguesa: ¡expropiar a los expropiadores”, y al apoderarse del poder político ¡destruir el Estado burgués! Y construir “su” propio Estado como ente rector de la nueva situación y de la nueva clase en la nueva sociedad: expropiar y abolir constituían en el pensamiento de Marx dos actos en una misma dirección: expropiar a la burguesía por decreto o sin él y, de seguido, abolir el trabajo asalariado por decreto o por ley, asestando un golpe demoledor al capitalismo y su reproducción económico-social. Lo que éste último acto tiene es que destruye el núcleo vital del capital, en tanto que el otro es un paso hacia tal núcleo.

¿Puede adjudicársele a Marx, acaso, lo que luego malentendieron o no entendieron sus discípulos y sucesores?

 Y ahora viene lo bueno de I.M. Leamos lo que escribe: El problema es, sin embargo, que hay demasiado en el “sistema del trabajo asalariado” que no puede ser abolido por ningún decreto revolucionario y, en consecuencia, tiene que ser superado en la escala temporal a largo plazo en la forma histórica nueva”. ¿Qué es lo que no puede “ser abolido por ningún decreto revolucionario”?

I.M. nos instruye: “Porque inmediatamente después de la expropiación de los expropiadores” no sólo los medios, los materiales y la tecnología de la producción heredada permanecen iguales, junto con sus vínculos con el sistema de intercambio, distribución y consumo establecido, sino que la propia organización del proceso del trabajo permanece en sí misma profundamente incrustada en esa división social jerárquica del trabajo , que resulta ser la más pesada de las cargas del pasado heredado”  (p. 562)

De modo que para I.M. (como lo dirá luego) La abolición del trabajo asalariado no puede tocar nada del fundamento de la sociedad burguesa: permanecen “iguales” los medios (¿cuáles?), los materiales (?), y la tecnología de la producción (la nueva sociedad se construye a partir de lo obtenido por la anterior en términos, de ciencia, tecnología, productos, etc. ¿qué esperaba I.M.?), pero además dejaría intacto  los procesos de circulación (intercambio), distribución y consumo, junto con la “división social jerárquica del trabajo”. Conclusión: la abolición del trabajo asalariado dejaría intacto todo el sistema burgués (?) y su dominio sobre la sociedad, de manera que “… el llamamiento marxiano a la “abolición del sistema del trabajo asalariado” no solamente no significa abolición del sistema del trabajo asalariado: no significa abolición para nada” (p. 562). Sólo podría tener algún resultado en “… la obligada escala de temporalidad a largo plazo –la única capaz de lograr transformaciones socialistas irreversibles-“.

Pero del mismo modo que I.M. plantea que hay “demasiado en el sistema de trabajo asalariado que no puede ser abolido por ningún decreto revolucionario”, podría pensarse lo siguiente: ¿no había demasiado en el sistema del trabajo esclavo que no podía ser abolido por cualquier decisión y/o decreto? Porque inmediatamente después de la expropiación de los expropiadores esclavistas, no sólo los medios, los materiales y la técnica de la producción heredada permanecerían (¡y permanecieron!) iguales, junto con sus vínculos con el sistema de, distribución y consumo establecido.  Y sin embargo, a despecho de posturas “académicas” y “sabias” las sociedades basadas en el trabajo esclavo desaparecieron al ir aboliéndose el trabajo esclavo con decreto o sin él.

Y remata I.M. su “interpretación” con las siguientes frases: “El blanco real de la estrategia propugnada por Marx es la división jerárquica del trabajo social, que simplemente no puede ser abolida. Exactamente igual a lo que ocurre con el Estado, sólo puede ser superado mediante la reestructuración radical de todas aquellas estructuras y procesos sociales mediante los cuales necesariamente se autoarticula, De nuevo, como podemos ver, no hay nada erróneo en la concepción general de Marx y su temporalidad histórica a largo plazo. El problema surge de su traslado directo a lo que él llama una “consigna revolucionaria” que se debe inscribir en la bandera del movimiento establecido. Porque simplemente resulta imposible traducir directamente las perspectivas últimas a estrategias políticas practicables” (p. 562)

¡Notable lo que afirma I.M.!

1º) Planteada como consigna revolucionaria de ejecución inmediata una vez tomado el poder por las fuerzas proletarias, la abolición del trabajo asalariado se revelará como una ¡nada! porque todo sigue igual (?) ¿Por qué? Pues porque,

2º) la estrategia propugnada por Marx es la división social jerárquica del trabajo social que, simplemente no puede ser abolida.

3º) Marx se equivoca cuando presenta la consigna como de aplicación inmediata, cuando en realidad es que “…simplemente resulta imposible traducir directamente las perspectivas últimas a estrategias políticas practicables”

4º) La abolición sólo será practicable “… en la obligada escala de temporalidad a largo plazo que es la única capaz de lograr transformaciones socialistas irreversibles”

5º) No hay nada erróneo en Marx y su concepción “general” de nivel histórico, afirma I.M. pero al pretender “bajarla” a la realidad política se muestra imposible de ser superada, pues ha cambiado la “temporalidad” de largo plazo “única capaz de transformaciones socialistas irreversibles” por una temporalidad política practicable (de corto plazo).

Pues bien examinemos lo escrito por I.M.  respecto de la no-abolición del trabajo asalariado como decisión política revolucionaria en el tránsito hacia la construcción de la nueva sociedad.

I.M. parece ignorar que la forma especial en que se combinan los trabajadores y los medios de producción distingue las diferentes épocas económicas de la estructura social, de ahí la importancia decisiva que ellas tiene la clase trabajadora como sostén de todo el edificio social en las sociedades de clase.  El trabajo esclavo define las sociedades “esclavistas” de modo tal que sin aquél no habría tipo alguno de esas civilizaciones; ocurre otro tanto con la estructura económica de la sociedad medieval europea basada en el trabajo servil. Con el cambio en el modo de producción se revolucionan las relaciones de producción, por tanto cambian todas las demás relaciones de la sociedad. Pues bien, es lo que sucede con el modo de producción específicamente capitalista: todo su sustento estructural descansa en el carácter asalariado de los trabajadores, al punto que no puede entenderse el dominio del capital y el capitalismo todo, sin el trabajo asalariado.  Esta relación capital / trabajo asalariado es la clave fundamental para la comprensión del funcionamiento de la sociedad burguesa y de su dominio sobre ella.

Entonces, todo cambio que implique modificaciones en la organización social del trabajo lleva a cambios en la sociedad de que se trate, y éstos insumen épocas enteras a lo largo de siglos de transformaciones, rebeliones, guerras, revoluciones, etc. hasta que las nuevas formas se afirman y se convierten dominantes. Es lo que está ocurriendo con el capitalismo y que está afectando a su propia estructura de producción/reproducción: el carácter social del trabajo asalariado que pugna insistentemente por abrirse camino, oprimido y coaccionado por el corset de la propiedad y apropiación privadas. Es esta la base socio-económica de los conflictos de clase, es ¡la lucha de clases! a la que I.M. no hace ni siquiera referencia.

De manera que la consigna revolucionaria de Marx sobre la abolición del trabajo asalariado como tránsito impostergable hacia el cambio del modo de producción y de las relaciones de producción constituye el fundamento principal e ineludible de toda estrategia y táctica de lucha de los trabajadores para emanciparse de la tutela despótica del capital. Así es como asistimos a la experiencia histórica de los movimientos revolucionarios que culminaron en la toma del poder político y se lanzaron a la construcción confiscando la propiedad privada capitalista pero no sólo manteniendo sino expandiendo el trabajo asalariado. Sus consecuencias son inevitables: sólo construyen una variante capitalista estatal que luego pugna por “reconstruir” la clase capitalista en condiciones de rivalidad competitiva. Ahí están la ex-URSS, la China actual, el Viet-Nam heroico contra el imperialismo para caer en construir ¡capitalismo! Y Cuba que se desliza “suavemente” hacia el mismo fin. ¿Qué no hicieron tales movimientos? ¡Abolir el trabajo asalariado! Nada menos.

Para I.M. sin embargo estos aspectos de la cuestión no parecen hacer mella en sus osadas afirmaciones (y son sólo eso: afirmaciones): hay mucho en el sistema del trabajo asalariado que no puede ser abolido, dice así como sí puede ser abolido por decreto la propiedad privada del capital. Hace una pobrísima enumeración de lo mucho que no puede ser abolido: i) medios ¿cuáles son? ¿a qué se refiere I.M.? ¡Nada!  ii) los materiales ¿qué materiales? ¿insumos para la producción? ¿instalaciones? ¿las propias fábricas de las distintas ramas económicas? ¡Nada! iii) la tecnología de la producción ¿a qué se refiere? ¿nuevas maquinarias, equipos recientes de técnicas modernas? ¿organización de los depósitos y almacenes? ¿avances en lay-out? ¿nuevos procedimientos en la planeación de los productos desde los insumos hasta el producto final? ¿permanente creación de instrumentos de precisión? ¿obsolescencia programada de equipos y robots? ¡Nada!   Todo permanecerá igual luego de una supuesta abolición del trabajo asalariado, hasta el punto de que nada habrá cambiado en la circulación, distribución y consumo “establecido” quedando todos ellos profundamente incrustados en la misma la división social jerárquica del trabajo.

Luego de que pudiera darse un cambio drástico en la relación Tw/K al ser abolido el sostén que da vida al capital, para I.M. ¡todo seguirá igual!  La división social del trabajo, en especial trabajo manual e intelectual; el Estado no se puede abolir porque se extinguirá, y tampoco el trabajo asalariado puede ser abolido: “sólo puede ser superado mediante la reestructuración radical de todas aquellas estructuras y procesos sociales mediante los cuales necesariamente se autoarticula”. Si nada se puede abolir ni superar ¿de qué reestructuración radical habla Mészáros?

Mészarós da la impresión de que no ha entendido el materialismo analítico de Marx, no tiene idea acabada de la importancia fundamental, vital, central, del trabajo asalariado, hoy y siempre en la estructura burguesa. Lo reduce a una consigna imposible de ser puesta en práctica porque tal situación sólo puede ser alcanzada por algo así como una “evolución económica” que “culmine” en las calendas griegas, esto es en un futuro muy, muy lejano exigida por la “escala de temporalidad” (largo plazo) ya que es ésta y no los trabajadores en rebelión, la única capaz de lograr transformaciones socialistas irreversibles: ¡el tiempo hará lo que no podrá un “decreto” de abolición del trabajo asalariado!

Aun aceptando sus vaguedades en cuanto a medios, materiales y tecnología, podríamos señalarle que al cambiar las relaciones de producción cambiarán todas esas categorías, e incluso se modificará la división social del trabajo aunque al principio no se pueda eliminar la división entre el trabajo manual y el trabajo de administración. Pero con las formas de trabajo asociado y la eliminación de la propiedad capitalista de la burguesía ya nada será “igual”. El trabajo asalariado no se extingue, no es lo mismo que con el Estado; así como fue abolido el trabajo esclavo y el trabajo servil al punto de ser hoy en toda la legislación del mundo un delito, el trabajo asalariado exige una decisión política, sea decreto o ley impuesta por la fuerza de la nueva clase en el poder, mal que le pese a I.M.  Ésta es esa reestructuración radical a la que alude y que él desplaza a un tiempo tan remoto como inalcanzable.

Con una prosa abstrusa, y con conceptos pretenciosos (El capital: regulador metabólico social del proceso de reproducción material. p. XXV. Modo de reproducción metabólica social del capital como sinónimo de modo de producción capitalista, escala de temporalidad, etc.), las consecuencias de semejante impostura categorial y analítica no son otra cosa que la de mantener el trabajo asalariado como trabajo explotado por la clase capitalista, de manera que, en definitiva, convierte su posición en una apología pro-esclavista asalariada aunque no lo quisiera y en un argumento encubierto de las políticas y tácticas reformistas. No parece mostrar que haya comprendido la importancia analítica fundamental de la lucha de clases en su exposición de los conflictos sociales y menos la cuestión de la abolición del trabajo asalariado.  Por esta razón el subtítulo de su libro debería ser no el que se puede leer en su tapa sino su opuesto: “Hacia una teoría de la no transición”.

En cierto sentido se entiende esta postura de I.M.  Fue un profesor de filosofía, con una deficiente lectura de la economía política de Marx y de la economía burguesa. No es casualidad que en su obra se apoye y cite mayoritariamente los Grundrisse y poquísimo (casi nada) en El Capital, Las Teorías sobre el Plusvalor y la Contribución a la crítica de la Economía Política.

Fernando Azcurra. 3/01/2018

[1] Mészarós, István. Más allá del Capital. Hacia una teoría de la transición. Caracas, Venezuela: Vadell Hermanos Editores. 2001.

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