Primera Parte (ya publicada)

Este artículo ha sido publicado de dos partes, la primera se inicia con una visión sobre el pensamiento emancipador y el saber que deviene de él y de la relación temporal que vincula pasado-presente y futuro con la necesidad, la posibilidad y la potencialidad del cambio raizal de la sociedad. De modo sintético nos introducimos en el logro del objetivo teórico-practico de abordar la disertación sobre el EL SABER COMUNAL COMO POTENCIA DEL PODER CONSTITUYENTE. Dialéctica de la utopía concreta y el poder constituyente. Elizabeth Alves.manos

En esta parte exponemos un análisis crítico y reflexivo sobre la conformación histórica de Saber popular-comunal en la experiencia de vida, que conduce a la formación del sujeto constituyente, del sujeto-político e histórico que crea y construye el cambio raizal de la sociedad. De esta manera, entramos en el desarrollo de una tesis, en proceso de creación y validación, que concibe La utopía concreta/poder constituyente como relación histórico-dialéctica. La utopía como horizonte creado y recreado en la acción transformadora, y el poder constituyente como realidad construible por la fuerza del saber comunal, que se empodera de su propia sabiduría colectiva durante su lucha y rebeldía contra el poder constituido, en una tensión y dinámica histórica particular, articulada en tiempo y espacio a la lucha contra el capitalismo a nivel mundial.

Presentación Segunda Parte

En esta segunda parte, partimos de la comprensión del proceso de formación del poder constituyente anticapitalista y decolonial, desde la premisa de que sin poder constituyente no hay revolución anticapitalista posible. De modo que valor la potencia del poder constituyente en la construcción de la utopía socialista de hoy pasa por asumir la originalidad particular de cada realidad histórico-espacial específica y reconocimiento de la vigencia histórica como alternativa anticapitalista y descolonial. El desarrollo de un proceso activo de impugnación e insubordinación al poder constituido, como presión que ofrece alternativas reales de futuro construible nos conducen a la segunda tesis de que la diversidad cultural potencia el saber-pensar constituyente, ya que este saber emana de los encuentros de conciencia de los que luchan por la sociedad de lo común.

EL SABER COMUNAL COMO POTENCIA DEL PODER CONSTITUYENTE. Experiencia histórica en la revolución socialista

Elizabeth Alves Pérez

Madrid 28/01/2018

Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir.

José Saramago[1]

II PARTE: LA POTENCIA DEL PODER CONSTITUYENTE EN LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

En esta parte abordamos el carácter histórico del capitalismo y de sus luchas para abolirlo. La originalidad de cada revolución, sus logros, errores y desviaciones en sus propósitos originales queda en el campo abstracto si este no es evaluado críticamente sobre el propio terreno de la lucha particular y desde los sujetos comprometidos con ella. También se corre el riesgo, muy dañino, de descalificar el valor y vigencia histórica de la utopía socialista, por las prácticas e interpretaciones que de ella se hagan, obviamente sesgada por la diversidad de sentidos históricos en permanente debate. El dogmatismo, la poca creencia en la fuerza del pueblo organizado en lucha para desarrollar y desplegar su potencia, terminan comprometiendo la democracia y otros principios vitales de la revolución, en la que se deja permear por la cultura burguesa que se combate.  De allí la importancia de estudiar la potencia del poder constituyente en la revolución socialista, que nos conduce a valorar la reflexión de experiencias de lucha desde la teoría-crítica emancipadora que nos permitió realizar el debate sobre la diversidad cultural como potencia del saber-pensar constituyente, ya que éste emana de los encuentros de conciencia de los que luchan por la sociedad de lo común.

La formación del Poder Constituyente anticapitalista y decolonial

El capitalismo es histórico y, por tanto, sus posibilidades de superación también son históricas y es nuestro compromiso el hallar o descubrir las claves del movimiento de la historia para convertilarlas en pensamiento-acción transformadora, sabiendo que éstas no son leyes sino tendencias que pueden ser alteradas por situaciones no previstas. Las condiciones en la conformación del poder constituyente están asociadas a la realidad histórica particular, y esto nos remite al estudio de la praxis, de las condiciones subjetivas y objetivas del proceso de conformación de cada poder constituyente particular, con diversos niveles en la claridad en el horizonte –utopía concreta– que orienta su acción y redefine su pensamiento, con la convicción de que toda construcción teórica-práctica –caminos y metas– es inacabada y debe ser recreada, continuamente, por los sujetos políticos en lucha con visión de futuro.

Concebimos el saber comunal – o saber popular– como el conocimiento contextualizado que da respuesta colectiva a las demadas devenidas de la realidad concreta en sociedad para procurar el buen vivir en sana convivencia, haciendo uso de razonamientos y habilidadades congitivas, que exigen liberarnos, a través de un pensamiento crítico y reflexivo, de las ataduras que nos somete el sistema capitalista opresor. Este saber emancipado e insubordinado al poder constiyuido, presiona de manera constante para lograr cambios en todos los ámbitos de la vida –socioproductivo, politico-cultural o socio-histórico–. Integra y articula, en una totalidad orgánica, todos los saberes del hacer y del pensar que inciden en nuestra vida en sociedad. El saber obrero, en la producción material o inmaterial; el saber convivir y compartir, en las relaciones de convivencia; y en el saber organizar, planificar e innovar, en la configuración de nuevos saberes para (re)creación de caminos y horizontes. Todas las formas de saber creativo de carácter colectivo se sintetizan en el saber comunal en una totalidad de totalidades. De allí que tiene en sí mismo un poder para prefigurar un futuro digno por vivir y construir la sociedad de los común.

El poder constituyente se torna en el absoluto originario de expresión de una comunidad productiva, afanosamente constituida pero capaz, una vez llegada a este punto, de desarrollarse libremente (Negri, 2015:337). Entendiendo por productiva una fuerza humana de trabajo –material e inmaterial–, vista desde un ángulo no mercantilista capaz de apreciar su valor de uso en la producción de medios y condiciones de vida en sociedad. La democracia que nos libera de la colonización del pensamiento es aquella que va minando, en la praxis cotidiana de la lucha, las relaciones jerárquicas y mercantilistas del saber, heredadas de la cultura burguesa. La “superioridad intelectual” es una de ellas, por eso los que presumen de tener siempre la razón y quieren imponer sus ideas irán perdiendo fuerza si no logran convencer con argumentos comprensibles a un colectivo que reflexiona críticamente su realidad; también si no logran demostrar, en la práctica, su capacidad de escuchar, aceptar las críticas y apreciar los aportes de los demás, en igualdad de condiciones, para construir pensamiento transformador en colectivo.

Los sujetos que conforman el poder constituyente transforman la realidad transformándose a sí mismos, y cuando asumen una perspectiva de teoría crítica emancipatoria pueden visualizar su choque con el entorno, con la realidad constituida, para definir y crear caminos y metas en un horizonte de cambio estructural y sistémico. Los seres humanos transforman sus condiciones de vida y perspectivas de futuro, por lo que cada lucha es original, aunque tengan los mismos propósitos y sean los mismos sujetos en otras condiciones espacio/temporal. Todo proyecto social exige permanentemente la reinterpretación y la resignificación de saberes constituidos y la creación de constituyentes. Como dijera Rosa Luxemburgo (2003:74) la concepción mecánica, burocrática y estereotipada sólo quiere ver en la lucha el producto de la organización a un cierto nivel de fuerza. Por el contrario, el vivo desarrollo dialéctico ve en la organización un producto de la lucha.

Si la organización es producto de la lucha y se recrea en ella, ésta dependerá del grado de la fuerza popular que impulsa el cambio social y de la voluntad de querer-hacer, aprovechando al máximo la energía colectiva. La presión es por no dejarse vencer por no saber cómo luchar y por evitar el riesgo de perder el sacrificio que implica toda lucha de confrontación social; contra un adversario que solo se combate con posibilidades de triunfo, si se rompe con la dispersión de la fuerza y de logra la unidad de acción. Esto dispara la inventiva popular de la creatividad organizativa[2]. Como en los demás aspectos de la lucha por el cambio social en esto no se pueden extrapolar conceptos y experiencias descontextualizadas en tiempo y espacio,  ni desconocer la dialéctica de estos procesos. De ser así se facilitan las posiciones deterministas, que muchas veces se oponen a los principios y valores que pregonan. Las acciones erráticas o incomprensibles de algunos dirigentes, en sí mismo, o de las bases de una organización, independientemente de su proceso constitutivo, no comprometen la vigencia del pensamiento que defienden o comparten, sino que expresan un desvió de su propia interpretación sesgada sobre las experiencias de otros, que al igual que las propias estarán marcadas ideológicamente por quienes la hacen y para qué la hacen.

El poder constituyente remite a la organización de los procesos de transformación social, en el que aparece el debate inevitable del papel partido de la revolución y de cómo se forma éste. El partido concebido como vanguardia del proceso puede conducirlo a ser mediador organizativo del poder constituyente, con la presumible intensión de evitar movimientos espontáneos que pierden la “dirección” del proceso, pero de ninguna manera debería ocupar su lugar de forma definitiva e impositiva.  Y mucho menos dejar de escuchar la sabiduría popular devenida del movimiento, de la experiencia espontánea o no, en la que puede estar la clave de la solución a una situación concreta o para la comprensión de las verdaderas trabas. La democracia en básica para actuar con autonomía creciente, de todo poder instituido, en la definición de sus propios caminos y metas.

Es justamente la incomprensión del proceso histórico que vivió Rusia bajo la dirección de Lenin que fue vista de modo distinto en la manera de conducir el poder constituyente en su momento. Desde los que apostaban a un fracaso porque no creían ni en la capacidad del Partido para impulsar y mediar un proceso democrático inclusivo, ni en la capacidad del pueblo para organizarse en un poder constituyente, por no contar “con una sociedad civil digna” de asumir ese reto y, por tanto, sería la razón del surgimiento de la “dictadura burocrática del partido” para llenar un vacío de las condiciones. Por eso Weber, de acuerdo a Negrí (2015:375), “no alberga ninguna ilusión acerca del futuro ruso. Su comprensión de la concepción leninista del poder constituyente no le lleva a criticar la potencia del concepto, sino la pobreza de las condiciones a las que se aplica”. De hecho afirma:

(… ) lo que Weber expresa en negativo insistiendo en las condiciones negativas que necesariamente conducen al fracaso del concepto leninista del poder constituyente, Rosa Luxemburgo lo expresa positivamente, esto es, críticamente, partiendo de una consideración inherente a la práctica leninista del mismo[3]. Aunque al partido de Lenin le corresponde el enorme mérito –único entre los partidos marxistas– de haber conducido las masas al poder, sosteniendo con el máximo empeño, coherencia y radicalidad su espíritu revolucionario y la aspiración a la democracia, luego ha cedido a la pasividad y al compromiso, considerando el aislamiento internacional de la revolución y la solución inmediata de algunos problemas (la cuestión de la paz, el reconocimiento de los nacionalismos, la cuestión agraria) no como obstáculos a superar, sino como límites absolutos del proceso constituyente. Pero estos compromisos no son la ocasión para la victoria de una táctica justa, sino que dan paso a una mutación en la naturaleza del sujeto constituyente (Negri, 2015:375-376).

El dilema parecería estar planteado entre la toma del poder, que implica una larga lucha hasta que se reúne la fuerza para desencadenar un cambio histórico acelerado, y luego enfrentar una realidad de aprender en la propia praxis, sin dejarse vencer por la continuidad democrática que demanda un proceso constituyente que encuentra condiciones históricas desconocidas e impredecibles para los que están construyendo el cambio. De allí que para analizar el pasado sea totalmente diferente que para comprender el presente y prefigurar un futuro inmediato. Este poder, que es producto y productor de un proceso revolucionario anticapitalista y decolonial, impugna al poder constituido y crea posibilidades de cambio raizal. Es un proceso social generalizado de procesos continuos y simultáneos donde cada final es el inicio de otro nuevo. No demarca una temporalidad evolutiva, ni constituye un episodio histórico en un tiempo continuo y lineal que lo delimita; por el contrario, es discontinuo, desigual y asimétrico entre las distintas fuerzas que componen el poder constituyente y de sus relaciones espaciales e históricas concretas. De allí la importancia de separar la cuestión técnica del Estado, del proceso vivido por el sujeto político del momento, en los procesos de reforma parcial o en los revolucionarios que se plantean cambios en todo el orden social establecido.

Desde la perspectiva de Luxemburgo, que asumimos, el poder constituyente es un elemento de organización que exige tomar en cuenta las circunstancias, condiciones y momento histórico, donde surgen formas organizativas de dirección propias de dicha situación, o se producen mutaciones de las existentes, no necesariamente en la dirección esperada. Por tanto, más allá de la capacidad de vanguardia o mediación de los partidos, de los sindicatos –en el caso de la clase trabajadora en sus centros de trabajo– u otras formas propias de los movimientos urbanos, campesinos o indigenas en lucha, debe estudiarse de modo contextualizado el desarrollo de las fuerzas productivas y la organización de trabajo que articula a toda la sociedad, que dan paso a nuevas formas de organización de estos movimientos en lucha a través del tiempo.

Sostiene Rosa Luxemburgo, que en Rusia se daban todas las condiciones para un desarrollo auténtico del poder constituyente en la acepción revolucionaria y marxista[4], lo que coloca a nuestro criterio en la mirada de la praxis social particular. Para reivindicar la fuerza de este pensamiento y de su vigencia en la actualidad, asumimos el planteamiento de Luxemburgo (1978:576:585)[5], de que el poder constituyente está formado por cuatro elementos, que nos hemos permitimos hacerle un análisis-crítico para contextualizarlo a la realidad en estudio.

  1. Luxemburgo inicia señalando que por encima de todo la iniciativa de las masas, [está] su organización democrática (el sovietismo). Consideramos la importancia del carácter democrático para la conceptualización de la esencia del poder constituyente y su desenvolvimiento durante todo el proceso revolucionario de impugnación y cambios alternativos al orden constituido.
  2. El segundo elemento, se refiere a la progresión temporal de esta iniciativa, su capacidad de articular el tiempo con arreglo a los hitos de la potencia transformadora y del carácter ilimitado del proyecto. Aquí, la autora destaca la relevancia de la relación de las acciones emprendidas con el tiempo proyectado, porque le confiere racionalidad al hecho político, y de la oportunidad histórica que define el cuándo y el qué de la renovación –propia de la condición constituyente­–. El proceso constituyente deja abierta la posibilidad de la innovación de la precisión del cómo y con qué, que se derivan del conocimiento particular del sujeto del cambio: el dónde y su tiempo histórico.
  3. El tercer elemento para la formación del poder constituyente apunta al enraizamiento económico del poder constituyente, la capacidad de imponer la innovación no solo en el terreno político, sino también y sobre todo en el terreno industrial: democracia económica, colectivización extrema. Entendemos esta democracia como fundamental desde el punto de vista procesual-concreto para iniciar la ruptura con el mercantilismo y reduccionismo economicista, que está en la esencia de la alienación del trabajo y su organización capitalista; que tiende a reducir todo al terreno de lo económico y dejar de lado lo histórico y lo político-cultural.
  4. Al igual que el cuarto elemento que identifica como la dimensión espacial, esto es, una dialéctica entre centralización y autodeterminación nacional, configurada de tal suerte que en ella la potencia de la unión internacional de los trabajadores puede confrontarse victoriosamente con el espacio político de la disgregación y de la separación espoleado por el enemigo. Esta afirmación conduce a la reflexión del marco histórico de esa revolución, cuya experiencia concreta es de gran interés en la actualidad, pese a la distancia temporal, sobre todo en la concepción que se difundió y asumió sobre el Partido, su relación con el Estado y con los movimientos populares, así como sus relaciones internacionales, tanto de solidaridad como de unidad programática para la acción mundial de los movimientos populares antisistema.

La naturaleza particular del hecho histórico definirá la participación democrática del poder constituyente en la construcción del proyecto de cambio social, en la que van apareciendo nuevas estrategias no consideradas de acuerdo a la propia dinámica social y de las fuerzas enfrentadas. La propuesta de Luxemburgo se ubica en el mismo momento histórico de comprender al imperialismo, como fase superior del capitalismo, que demandaba nuevas estrategias para confrontarlo y construir una alternativa que lo sustituyera hacia una nueva civilización humana, así como la posibilidad de construir socialismo en una sola nación y la naturaleza del proceso de transición. Esta polémica, que hoy resulta obvia, en cuanto a la mundialización hegemónica del capital distinta a la de siglos anteriores, pero en la que se reconoce como tendencia de la racionalidad funcional del capitalismo de expansión ilimitada y de centralización de ganancias. Se estaba construyendo nueva teoría para comprender al capitalismo como un sistema histórico. Hace 100 años la lucha por la hegemonía mundial no era igual a la que llevó a las guerras mundiales, la Guerra Fría y al neoliberalismo, como nueva ortodoxia liberal-burguesa para superar las crisis de acumulación de capital y la deslegitimación de sus formas de organización mundial del trabajo y acumulación, de acuerdo al desarrollo de las fuerzas productivas. El cuadro internacional de hoy es muy distinto al de ayer, en la dinámica de reproducción/transformación, pero tiene un hilo conductor teórico-práctico que es la confrontación entre capitalismo, en su esencia sistémica, y la posibilidad de superación o abolición.

Otro debate que sin duda está asociado al carácter imperialista del capitalismo, de naturaleza explotadora de la fuerza de trabajo como generadora de pluvalor, es conocer cómo se ejerce este poder de dominación/subordinación que alude a la relación centro-periferia-colonial,  y la necesidad de seguir reproduciendo capital originario a través del despojo, la destrucción de territorios y culturas existentes en zonas geográficas estratégicas –ante la evidente disminución de fuentes de recursos naturales y de materias primas– utilizando el poder económico y bélico en todas su formas. Donde aparecen guerras de nueva generación e injerencias externas que propician conflictos internos, detrás de los que se esconde este poder económico, que no escatima en utilizar cualquier arma destructiva para favorecer sus intereses, sin mirar sus consecuencias a las poblaciones y al ecosistema. Justamente Negri (2015:387-388) para demarcarse de las posiciones fenomenológicas y metafísicas, afirma, que el poder constituyente se configura sin perder sus características materiales, como proyecto creativo, como plena dilatación de la potencia. Al considerar las contradicciones y los conflictos de las pasiones como telón de fondo del proceso, el poder constituyente se realiza como tendencia, siempre se reabre y siempre se redefine como carácter absoluto en esa reapertura.

A este análisis agregamos la necesidad latente y permanente de hacer la autocrítica de este proceso complejo y en contracorriente, desde la propia praxis constituyente y por los propios sujetos comprometidos con ella. La resignificación permanente en la definición de caminos y metas permite combatir la tendencia a la dogmatización del pensamiento, siempre presente, llevada muchas veces por la desesperación de ver resultados sin haber aplicado las estrategias y medidas adecuadas al contexto particular, o por la mediatización de la cultura burguesa, difícil de superan por la fuerza del poder instituido y a la que hay que combatir con la reflexión-crítica y autocrítica que deviene en saber emancipador.

Este análisis nos permite apreciar la condición ontológica, que revela la visión del mundo que subyace en cada poder constituyente, así como su carácter histórico, capaz de convertir la necesidad social en posibilidad histórica de satisfacerla, en una acción colectiva que niegue el individualismo liberal burgués, impuesto por una concepción de desarrollo que fomenta la lógica de la competencia y el egoísmo entre los seres humanos, en contra del principio de solidaridad y de asociación cooperativa entre los mismos. Desde la racionalidad de la modernidad que antepone el interés privado al colectivo no es posible que se encuentren soluciones a los problemas sociales. En la tradición liberal el sujeto político dominador es individualista, egoísta y competitivo, capaz de aliarse, en competencia con los otros de su clase, motivado por el interés de acumulación de riqueza, aunque solo logre la que le permite el sistema que lo discrimina. A esta tradición impuesta  rescatamos a un sujeto político colectivo, obligado por principio a ser democrático para compartir y convivir en solidaridad, a mantener la unidad del colectivo que implica respeto a la diversidad para controlar a la tendencia a imponer ideas de los que se sienten poseedores de la verdad única.

El carácter creativo-emancipador inherente al poder constituyente, que determina su potencia, no se apreciará hasta que se auto-visualice en su posibilidad de incidir en la realidad de forma evidente, que implica una acumulación histórica de fuerza colectiva que impugna a la vez que crea alternativas de apuesta al cambio raizal. Por lo que planteamos, la importancia vital en todo proceso constituyente de activar la memoria histórica ante un acontecimiento que la revive, y le da sentido político como continuidad de la lucha de independencia e insubordinación contra el poder constituido, para rescatar los valores culturales y socio-políticos más apreciados. De no ser así, podría dejar sin sentido al poder constituyente que mira más hacia el futuro, y que ve al pasado para darle contenido conceptual e histórico a sus planteamientos de un nuevo devenir en construcción.  No, para lamentarse de lo que aún no ha logrado. En el prefacio a la reciente edición en español, del libro de “Poder Constituyente” original de 1992, Negri (2015:16) afirma, que:

(…) en América Latina, el poder constituyente no se ha dado solo como movimiento singular de levantamiento, insurrección y toma del poder por parte de multitudes o, si se quiere, de las fuerzas populares, encaminado a transformarse en Constitución, sino que se ha presentado más bien como una continuidad de operaciones de renovación. Luego se ha prolongado en el tiempo a través de iniciativas constitucionales sucesivas. El poder constituyente no parece haber renunciado aquí, a representaciones simbólicas o a la exaltación de insurgencias temporales singulares (que permanecen vivas como narraciones), sino que parece haber preferido configurarse más bien como una potencia constituyente que se realiza en los tiempos (largos o breves) de un proceso más o menos radical y no obstante continuo.

Este proceso histórico latinoamericano presenta grandes asimetrías y desigualdades en su avance. Aunque se oriente por una misma utopía de un cambio civilizatorio que ha sido varias veces  re-creado en las praxis transformadoras de los movimiento y organizaciones populares en conflictos, luchas y guerras sociales que se han desarrollado a lo largo de toda su existencia, después de su conquista y colonización, con mayor o menor éxito en el avance. Se trata de un proyecto social iniciado desde hace muchos siglos, que tomó auge a finales del siglo XX y en lo que va del XXI; parte de lo histórico-cultural para comprender lo circunstancial y de largo alcance en la lucha anticolonial y anticapitalista. Se orienta en la idea de la creación del autogobierno comunitario, de los productores y productoras asociados en redes, como forma de organización democrática de la vida en sociedad, vinculada de modo natural a sus territorios solidariamente compartidos, en la búsqueda del buen vivir de toda la población y como expresión de la dignidad humana, propia de sus imaginarios instituyentes, que se han ido configurando en el mestizaje  cultural, marcado por esta historia de lucha y resistencia activa por rescatar su identidad cultural, cruelmente amenazada. Luchas continuadas contra el atropello y el despojo histórico de lo mejor de sus tradiciones culturales, sus cosmovisiones de la realidad y en contra de la destrucción de sus hábitats. Barbarie a la que han estado sometidos por el capitalismo-colonial. Luchas contra los que quieren silenciar sus luchas y aplican la violencia física y simbólica, propia de la racionalidad constitutiva del capitalismo –explotación, opresión, discriminación y exclusión de las mayorías populares– para garantizar la dominación/subordinación a este sistema depredador a nivel local, nacional e internacional. Como en cualquier parte del mundo estos poderes constituyentes comunales rescatan el poder creador de lo humano; ya que desde esta perspectiva, tal como lo afirma Sossa Rojas (2010:51-52)

(…) subyace una idea trascendental, en el trabajo, el hombre, a través del despliegue de su ser, es decir, de su inteligencia, de su cuerpo y de su espíritu, produce valor, así mismo, cuando en el trabajo el hombre no despliega su ser, sus potencialidades físicas, se desvaloriza. En consecuencia, existe una intrincada conexión que hay entre el mundo (el trabajo, las relaciones sociales, la economía) y el hombre (su cuerpo, sus necesidades, su espíritu).

De modo que es en las relaciones en la praxis social es como se resuelven las contradicciones entre las subjetividades emancipadas/subordinadas, existentes al interior de todo proceso constituyente. Cada sujeto individual, en su colectivo apreciará la potencia de la fuerza del cambio, como parte de la conciencia de lucha, en la lucha misma. Conciencia construida que se abre espacio en la realidad social y política, que no puede ser negada por su legitimidad validada en la praxis y que nutre la potencia del proyecto de cambio de la utopía concreta desde la teoría-crítica emancipadora[6]. Por eso en el estudio de procesos en transformación se priorizan sus limitaciones y potencialidades, vistas como tendencias históricas para superarlas o reforzarla en una relación espacio/temporal previsible, e incluso se profundiza para llegar a detectar posibles amenazas y oportunidades, por lo general coyunturales y contingentes; que aun siendo estratégicas, por la velocidad de los cambios externos, en ningún caso son controlables directamente por los sujetos del cambio para proyectar la posibilidad-potencialidad del éxito[7]. He aquí la importancia de delinear acciones de coordinación nacional e internacional para incidir programáticamente y de manera colectiva, tanto en las amenazas, como para aprovechar las oportunidades que ofrece el entorno.

Asumimos que sin poder constituyente no hay revolución anticapitalista posible. La realidad vista integralmente permite la apreciación de límites y potencialidades en el plano de la conformación de proyectos de vida colectiva, dentro del cuadro de opciones que obligan a tener criterio y mecanismos para decidir de forma distinta: democrática. Reafirmamos que esta trama de articulación que vincula el presente, con las experiencias del pasado para plantearse horizontes de futuro, es una experiencia práctica e histórica. De ahí que “cuando hablamos del tiempo histórico de un sujeto estamos pensando en la manera como la práctica objetiva una construcción espacio-temporal de los sujetos, la cual está mediada por su subjetividad” (León, 1997:60-61)

De acuerdo al análisis realizado con anterioridad, el poder constituyente revolucionario es organizador, colectivo y democrático, y es un proceso histórico de redefinición y recreación de sujeto constituyente, del contenido de la materia a constituir en una totalidad coherente, de los caminos y metas planteadas en un cómo ligado a un con qué teórico-práctico y a la necesidad permanente de evaluar sobre y desde la praxis el avance e impacto social del mismo y su potencia histórica para incidir en el presente con proyección de futuro. De allí su carácter de invitación permanente a mejorar, de modo colectivo y democrático, a superar las dificultades y limitaciones, a vencer las amenazas y resolver los efectos negativos de los errores cometidos. Esto coloca en tensión la relación utopía-práctica revolucionaria, durante los procesos de transformación social. En este proceso histórico-político, propio de la dinámica social del ser humano para superarse, se involucra no solo el despliegue de la verdadera fuerza del poder constituyente sino de su relación con el Estado que impugna y cuestiona en la medida en que no responda a sus expectativas, necesidades y posibilidades que percibe como viables políticamente. Una invitación inequívoca para no confundirse con el idealismo o la metafísica, de comprenderse como proyecto emancipador viable, que toma del pasado cercano, la necesidad; del presente, la posibilidad y; del futuro, la fuerza potencial de un proyección/país de futuro por vivir, en la cual se aprecia su vigencia renovada para orientar el pensamiento-acción hacia el cambio civilizatorio.

El Poder Constituyente no se reduce a la diseñar y crear una nueva Constitución, como expresión de un sistema jurídico-político y ético desvinculado de la totalidad del sistema de organización social en su conjunto, de allí que se extiende más allá hacia distintos campos y formas de lucha contra el poder constituido. Actúa en una dinámica de procesos simultáneos de distinto alcance, para ir denunciando la deslegitimación práctica de las estructuras, que obstaculizan el avance de la sociedad en democracia, en sana convivencia y sin discriminación social; para ir cambiando la base política, legal y ética en los distintos ámbitos de acción social entre los que debe existir coherencia de todo el sistema. Luego se iniciaría una fase de institucionalización de lo nuevo hasta que vuelva a entrar en otra dinámica de impugnación. La potencia del sujeto del cambio está en su ámbito de lucha y su perspectiva de futuro. Por eso centra su esfuerzo en crear y recrear utopía concreta como producto del poder constituyente en su propio proceso de formación. La dialéctica sujeto-contexto constituye una modalidad que alude a la potenciación o potencialidad de los sujetos a la luz del presente potencial de transformación a futuro.

Ese sujeto protagónico que responde a una necesidad se alimenta de la comprensión crítica de su propia experiencia de lucha. Esto ayuda a definir la naturaleza emancipatoria de los sujetos-políticos, y su fuerza transformadora. Aquí se expresa la conciencia histórica del cambio, que implica el auto-desafío colectivo de crear y recrear constantemente el pensamiento-acción para de-construir y construir de nuevo sobre la experiencia de acción sistematizada y socializada democráticamente y, de tomar y retomar el paso, sin perder la esperanza del cambio frente a la adversidad. Por eso que en este espacio se ubican las formas de construcción social que descansan en la necesidad de ser y del sentido histórico del sujeto. Es un modo de hacer efectiva la voluntad en la que se expresa el afán de ser sujeto protagónico como respuesta a la necesidad de despliegue existencial, que permite comprender que la utopía concreta se apoya en la memoria viva de los procesos históricos culturales.

La diversidad cultural potencia el saber-pensar constituyente

Del poder de saber-pensar y saber-hacer emana una energía popular, que apoyada o dirigida por lo político, invade los demás terrenos de la vida cotidiana. Es el poder de la creatividad surgido de la necesidad del cambio histórico y de su potencialidad de logro. Esto impide convertir cada limitación en un obstáculo, cada amenaza en una debilidad, en vez de ser conciencia de la historia que permita discernir en lo que depende de la propia fuerza y lo que depende de los demás para construir estrategias de acción y de asociación con otros y otras. No es concebible el poder popular sin que exista el poder constituyente de lo político-cultural, de lo socio-productivo y de lo histórico- social como totalidad orgánica que deviene de la innovación propia de la inconformidad de los seres humanos y su deseo continuo de mejorar su realidad. Además es el poder que se contrapone al abandono, inducido por las élites y clases dominantes, de la creación de la utopía concreta de cambiar la realidad donde se destruyan, de modo constitutivo de la nueva sociedad, los mecanismos de exclusión, pobreza, explotación y sumisión, impuestos por el capitalismo desde hace más de cinco siglos de hegemonía.

Existen, pese a las intenciones de colonizar y homogenizar el pensamiento, otras formas de conocer y de pensar al ser humano, otras formas de crear y recrear una posibilidad concreta de cambio social. De pensar y actuar en el tiempo y en el espacio; en la que se pueda unir, en el presente, la memoria de lucha continuada por un cambio social posible –que mantiene el espíritu de inconformidad y de lucha contra lo que lo oprime– con la fuerza implícita de una apuesta a un futuro deseado y realizable. Existe una ciencia y una epistemología para la emancipación. Pero también una filosofía de la praxis, como la “que solo puede presentarse inicialmente en actitud polémica y crítica, como superación del modo de pensar precedente y del pensamiento concreto existente (o del mundo cultural existente)” (Gramsci, 1986:18) y, por tanto, vía para construir un mundo distinto basado en ideas y acciones diferentes a las impuestas y que se perciben contra las aspiraciones de mejorar la vida y garantizar el respecto a la dignidad, como legítima aspiración de todo pueblo.

Quienes pueden producir conocimiento científico para la transformación, o construir nuevos relatos comprensibles que abran espacio a ello, son los propios sujetos protagonistas que aspiran y crean el cambio. Sus productos en la experiencia colectiva científica forman parte de un encuentro democrático en el que se garantiza el diálogo constructivo durante todo el proceso de concepción, realización y socialización de la investigación para la acción. El carácter democrático estará en la participación, sin discriminación alguna, en la comprensión colectiva de la realidad y las formas de incidir en ella. El conocimiento que se produce como resultado del trabajo intelectual y creativo tendrá sentido si contribuye con la reproducción de la vida social en armonía con la naturaleza y con respeto a la dignidad humana. Crear una nueva cultura, como dijera Gramsci (1986:247).

(…) no significa sólo hacer individualmente descubrimientos “originales”, significa también y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, “socializarlas” por así decirlo y por lo tanto hacer que se conviertan en base de acciones vitales, elemento de coordinación y de orden intelectual y moral. El que una masa de hombres sea conducida a pensar coherentemente y en forma unitaria el presente real es un hecho “filosófico” mucho más importante y “original” que el hallazgo por parte de un “genio” filosófico de una nueva verdad que permanece como patrimonio de pequeños grupos intelectuales.

El conocimiento en colectivo y desde la praxis transformadora, somete a la realidad, a nuestras ideas y acciones a una visión crítica, que exige volver a ella tantas veces como lo demande la dinámica social, para revisar y resignificar lo construido y su vigencia hacia el futuro. Pero también es necesario recordar que no podemos anclarnos en la cultura que se va institucionalizando y mestizando con la constituida, que nos envuelve y se cuela por cualquier rendija sin darnos cuenta, sin criterio de la continuidad o ruptura que hay que propiciar.

El poder constituyente tiene la capacidad de volver a lo real, de organizar una estructura dinámica, de construir una forma formante que por medio de compromisos, equilibrios de fuerzas, ordenamientos y contrapesos diferentes, recupera siempre y a pesar de todo la racionalidad de los principios, es decir, la adecuación material de lo político frente a lo social y a su movimiento indefinido (Negri, 2015:386-398). Por lo que no se puede negar que sin el poder constituyente las revoluciones corren un gran riesgo de afectar la democracia y retrasar la conformación del autogobierno propio de la sociedad de lo común y caer en la potente inercia de una cultura que en esencia niega la democracia y se sostiene por la dominación y subordinación de las clases subalternas, a las que considera inferiores y despreciables cuando no favorecen sus fines de acumulación de capital. Como afirma Negri (1992:160-161), “las grandes revoluciones son siempre expresión del poder constituyente”.

El poder constituyente como apuesta de transformación raizal de la sociedad supone superar el poder constituido, sus contradicciones fundamentales que lo definen como tal, ya que su realidad y verdad construida se orienta a no alterar su esencia racional constitutiva. Lo constituido está enraizado en la cultura y apoyado en la actual estructura del sistema social que la impone como única e incambiable. Este poder emergente que se abre paso en la adversidad, y bajo amenaza permanente, debe dejar siempre espacio a la posibilidad de la innovación, de la creatividad coyuntural y contingente, sin perder la visión estratégica-estructural, así como de la precisión mutante del cómo y con qué se logra el objetivo histórico, por muy pequeño que este sea en la totalidad de la sociedad. La tendencia inercial es a preservar lo instituido, lo constituido, ante la incertidumbre, el miedo y la desesperanza en la que nos somete el capitalismo para mantener su hegemonía. De allí, la importancia de precisar de manera general, pero muy concreta, cuáles son esas capacidades y habilidades específicas que debería poseer un sujeto político emancipado, capaz de apropiarse de una ciencia para incidir en un cambio sustantivo en la sociedad.

Si el deseo o aspiración de cambio raizal se apoya en la fuerza intelectual y cooperativa de quienes construyen el cambio, ésta no puede admitir la superposición de reglas científicas ajenas al interés común y que sean expresión codificada del poder constituido que se resiste a cambiar porque toca los intereses del poder hegemónico –político y económico– a nivel mundial y local. Negamos las fuentes de dudosa procedencia, somos críticos ante los datos que ofrecen los contarios, releemos sus discursos y los nuestros, para no caer en la trampa de la ingenuidad de sus mentiras o verdades interesadas opuestas al cambio posible, ni la de los temerosos que han abandonado sus sueños porque ya están derrotados en los nuevos escenarios de lucha. Pero estamos abierto a la crítica desde los diversos sectores de la izquierda anticapitalista, que como Rosa de Luxemburgo han sabido debatir y hacer una crítica en el propio terreno de la lucha, sin desconocer el valor de los que se atreven a retar la historia y construir otra verdad, que bien no los exime de sus errores tampoco invalida la potencia del proyecto de construir la sociedad de lo común, que tendrá vigencia mientras exista el capitalismo como sistema hegemónico a nivel mundial.

Vivimos en una cultura depredadora. La cultura depredadora es un campo de invisibilidad –de depredadores y de víctimas– precisamente porque es muy obvia. Su obviedad inmuniza a las víctimas contra una completa revelación de sus amenazadoras capacidades. En una cultura depredadora, la identidad se forja principalmente, y a veces violentamente, en torno a los excesos del marketing y del consumo, y en las relaciones sociales propias del capitalismo postindustrial (McLaren, 1997:18).

Quizá entonces el problema más importante sea el poder tener fuentes confiables en la información así como de los resultados de las investigaciones, ya que la gran mayoría están al servicio del poder económico o forman parte de él. Los medios de comunicación privados y los centros de investigación de alta tecnología están financiados por las grandes corporaciones o forman parte de ellas. En la actualidad “hay seis grupos mediáticos que controlan casi el 99% de la información que circula en el mundo” (Diez, 2015:2). Esto indica que el poder constituido sobre la lógica de la competencia y la libertad individual por encima de la colectiva –que favorece abiertamente a la élites privilegiadas de la sociedad– produce mentiras, medias verdades, distorsiona resultados y mensajes, crea falsas imágenes y oculta informaciones claves para comprender lo que sucede, con distintas herramientas que permiten controlar las conciencias y alienar el sentido común. El que estos relatos sean asumidos de modo crítico o aceptados sin mayor dificultad dependerá del vacío que se requiera llenar para encontrar o articular respuestas, más o menos racionales y creíbles, para comprender la situación o justificar posibles vínculos con la vida cotidiana. Los vacíos se llenan con lo que se tiene a mano, aunque no exista confianza plena en ello. Y los contenidos, estructurados como relatos, cobran sentido en las relaciones sociales y culturales en la que están insertos. Es por eso que el poder hegemónico realiza esfuerzos porque el mensaje cale y tenga significado para la ciudadanía que se quiere controlar.

En este proceso de construir colectiva y democráticamente una política emancipatoria que sea capaz de iniciar la desalienación del trabajo y la elevación de la conciencia de las clases subalternas en su proceso de liberación, consideramos que cada espacio para el trabajo socio-productivo, como parte de las fuerzas productivas, expresa las relaciones y la organización del trabajo dominante. Cada organización comunal, y demás formas cooperativas y asociativas del pueblo, deberá entender y asumir que el trabajo es una condición humana que nos permite crear nuestras propias condiciones de existencia, por tanto, la primera interrogante que surge es ¿para qué, en qué y cómo trabajamos? Las respuestas desencadenarían propuestas de organización socio-productivas comunitarias, bajo la orientación de un trabajo cooperativo y asociativo. El carácter social de la producción mundial ha incidido en la fragmentación del espacio para la producción y la imposición del interés económico, por encima de la natural relación humana entre lugar de trabajo y de convivencia social, para procurarnos el buen vivir; de allí que, la segunda interrogante sea ¿Cómo y dónde vivimos? La respuesta a ambas interrogantes pasa por garantizar, de manera simultánea, el derecho a la convivencia solidaria de los pueblos y al ejercicio de una democracia verdadera donde el sujeto político sea reconocido como tal; por eso nos tendríamos que preguntar ¿Cómo nos unimos y compartimos?

A partir de estas y otras preguntas, los colectivos podrían establecer líneas de reflexión-acción transformadora que permitan la creación y ejecución de planes y proyectos, desde el Poder Popular, para transformar la realidad radicalmente y hacerla viable desde el punto de vista político, social, cultural y ambiental. Esta nueva cultura comunitaria y solidaria exige el empoderamiento colectivo del saber emancipador, el impulso de una democracia real y el establecimiento de nuevas relaciones del Estado/Poder Popular. Así que para ubicarnos y contextualizarnos en situaciones históricas, culturales y territoriales concretas, definir con precisión el tipo de conocimiento que necesitamos y el método para empoderarnos colectivamente del mismo, nos orientamos con las preguntas: ¿Dónde y para qué actuamos en la realidad? ¿Quién y cómo se conoce la realidad donde vamos a actuar? Y ¿Quiénes, cómo y dónde transforman la realidad? Las respuestas no serán iguales, aunque con elementos socio-históricos comunes que nos identifican como pueblo. No serán rígidas ni acabadas, aunque firmes y precisas, porque forman parte de una nueva cultura y praxis transformadora en creación.

De acuerdo al análisis hecho hasta ahora y a partir de la resignificación de los resultados de experiencias prácticas con colectivos en lucha y sistematizadas durante y después de ellas[8], hemos configurado unas primeras aproximaciones de objetivos políticos-cognitivos para avanzar en procesos de autoformación y auto-organización en los colectivos, organizaciones y movimientos populares –como parte del poder constituyente– y, por tanto, ser capaces de crear propuestas de transformación desde y para su propia realidad. Sugerencias que despiertan el interés por valorar la creatividad y autonomía popular para potenciar su sabiduría, superar limitaciones y vencer obstáculos que conviertan la aspiración de cambio raizal posible en potencia transformadora hacia la sociedad de lo común. Sin poder popular constituyente no habrá revolución socialista.

  1. Reflexionar críticamente, de manera integral e histórica, sobre las diferencias teóricas y prácticas entre los distintos modelos de representación política y de democracia asociada a ellas, hoy cuestionadas, a fin de tomar partido y delinear acciones para profundizar la democracia o transformar la actual, en una verdadera democracia, de acuerdo a cada escenario particular histórico-cultural y social.
  2. Comprender los espacios políticos en la nueva territorialidad donde se desenvuelven las organizaciones políticas y sociales insurgentes y que constituyen el contexto político para comprender las relaciones sociales de producción, las relaciones con el poder constituido y su incidencia en la gobernabilidad y la soberanía de los pueblos.
  3. Analizar críticamente la esencia del sistema capitalista en la formación histórico-social de cada realidad, a partir del desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Y desde la certeza de la existencia de un desarrollo desigual, de gran asimetría y de gran diversidad histórico-cultura, en la que se combinan y se producen relaciones de reciprocidad, de tensión social permanente.
  4. Valorar crítica y constructivamente las iniciativas populares de movilización, organización y control de procesos productivos y sociales –con mayor o menor grado de autonomía– así como los valores democráticos implícitos, su relación con el Estado y los procesos de acumulación de fuerzas políticas y socio-económicas para gestionar la sociedad.
  5. Definir y caracterizar las contradicciones fundamentales que propician las confrontaciones sociales y vulneran la organización del poder político de los movimientos en lucha por la ruptura del sistema capitalista-colonialista y en la apertura de espacios de construcción colectiva de alternativas que lo superen.

No es concebible el poder político sin que exista el poder constituyente, deviene de la innovación propia de la inconformidad de los seres humanos y su deseo continuo de mejorar su realidad. Además es el poder que se contrapone al abandono inducido por las élites y clases dominantes, de la utopía concreta de cambiar la realidad donde se destruyan los mecanismos de exclusión, pobreza, explotación y sumisión, impuestos por el capitalismo desde hace más de cinco siglos de hegemonía. Los sujetos activos en lucha (constructores de saberes en y para la acción) desde la perspectiva de la teoría-crítica-emancipadora participan con distintos roles en una misma praxis social transformadora y se comprenden a sí mismos como parte clave en el movimiento de la historia; auto-direccionada por los propios sujetos con su acción. De esta manera, relacionamos dialécticamente la unidad teoría-práctica en la producción del pensamiento-acción, así como la relación sujeto-objeto desde dimensiones de la práctica, en una misma realidad social, que une el trabajo cooperante, la investigación participante y la formación permanente de los sujetos políticos que cambian su historia.

El conocimiento particular del sujeto-político del cambio y su comprensión espacio/temporal –el dónde y su tiempo histórico– siempre serán fruto y semilla, producto y productor de una nueva cultura, diversa y compleja, que deviene de la necesidad imperiosa de cambio, de la conciencia de la posibilidad histórica y de la confianza en la propia fuerza, capaces de crecer en colectivo, siempre que se tenga un horizonte claro y la comprensión de la realidad concreta en que hemos vivido, vivimos y por vivir.

Bibliografía referenciada

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[1] Cuadernos de Lanzarote (1993-1995).

[2] Hemos visto ya un grandioso ejemplo de este fenómeno en Rusia, donde un proletariado prácticamente desorganizado crea, en año y medio de violenta lucha revolucionaria, una amplia red de organizaciones (Luxemburgo, 2003:74). Experiencias como la que relata Luxemburgo se repinten en la historia en todos los procesos de intenso combate de lucha de clases.

[3] Se refiere sustancialmente a los siguientes escritos de Rosa Luxemburg: “La rivoluzione in Russia” [1905], “Sciopero di massa, partiti e sindacati” [1906], “La tragedia russa” [1918], “La rivoluzione russa. Un esame critico” [1918]. Negrí refiere a la traducción italiana de Luciano Amodio, Rosa Luxemburg, Scritti scelti, Milán, 1963, respectivamente pp. 268 y ss., pp. 282 y ss., pp. 547 y ss. [ed. cast.: Obras escogidas, 2 vols., Madrid, Ayuso, 1978].

[4] Citado por Negri (2015: 376).

[5] Ibid. p. 376.

[6] Desde una visión determinista que asume la probabilidad de éxito futuro, con un margen de error admisible; el número deja de ser referencial y se convierte en el dato científico, que determina, de forma técnicamente validada, para prefigurar el futuro individual y social, e incluso justificar las actuaciones y métodos empleados. ¿Qué nos dice en las ciencias sociales –donde se juega la vida de la gente– una probabilidad de éxito en las políticas y medidas, de un 50 o 60%? En este caso los gobiernos, utilizando este análisis seudocientífico se hacen responsables de las minoría estadísticamente desechable, que se convierten en la realidad en poblaciones políticamente desechadas o marginadas.

[7] Como analizamos en el caso de la revolución rusa de hace 100 años, en las páginas anteriores.

[8] Estas consideraciones fueron debatidas en colectivos de trabajadores (as) de las empresas básicas de Guayana y de trabajadores (as) académicos de la Universidad Bolivariana de Venezuela, en Caracas y en el estado Bolívar, Venezuela.

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