Ernesto Nieto[1]

03/02/2018

Tomado de https://www.alainet.org/es/articulo/190821

ecuadorCiertamente no se pueden realizar valoraciones políticas desde juicios morales; pero esto sólo cuando el marco desde el cual se realizan esas valoraciones corresponda al enfoque conservador de la moral.

La moral revolucionaria, tal como la designaba el Che, es indispensable en el ejercicio de la política, caso contrario se estarían mercantilizando las relaciones en ella existentes, tal como se mercantilizan las demás relaciones sociales, con la única diferencia de que en lugar de ser el dinero el instrumento/objeto de la transacción, en este caso sería el poder.

Históricamente, desde la izquierda, se ha cuestionado el rol utilitario que le otorga el capitalismo a las personas. Desde esa perspectiva, entre individuos que forman parte de la sociedad ya no existen afectos, confianzas o sentimientos, lo único que importa es la capacidad adquisitiva de éstos y, en función de ella, son valorados; es decir, se desmantelan los vínculos de sociabilidad y empatía para convertirse en únicamente relaciones utilitarias.

Una política sin compañerismo, lealtad, confianza y principios éticos es una nueva forma de enajenación social. Sea que recurra a forzadas argumentaciones que intentan justificar su posición política “progresista” o para supuestamente “corregir los errores cometidos”, quien está dispuesto a traicionar a sus compañeros sin valorar los grandes aciertos también existentes, evidencia que lo que más le importa es el reconocimiento demagógico, el “status” y la acumulación política sin horizonte transformador.

No cabe duda de que el alcance de este corolario precisa definir qué se entiende por compañero o compañera de lucha, más aún cuando muchas veces no se los puede encontrar ni en las mismas tiendas políticas. El objetivo tampoco es justificar cualquier cosa a nombre de la lealtad, justamente porque la lealtad sólo la merecen los verdaderos correligionarios. Desde la izquierda, quienes usan la política para fines meramente personales (o corporativos) no pueden llamarse de esta forma. Compañero /a es la persona con la cual, a pesar de las diferencias, compartimos ideales de lucha emancipatoria, con el anhelo de construir un mejor futuro para la sociedad de la que formamos parte. Quien se juega en el ejercicio de la militancia para convertir utopías en realidades; utopías de justicia, igualdad y verdadera libertad, ese es el/la verdadero/a compañero/a.

En lo personal, al igual que a muchas otras personas que hicieron posibles innumerables cambios en el Ecuador durante los 10 años de gobierno de la Revolución Ciudadana, considero a Rafael Correa como compañero, y creo que todos quienes tengan una lectura histórica de la realidad ecuatoriana lo considerarán también como tal. Por ello es imposible no pronunciarse en estos momentos tan sensibles que vive el país interpelando a quienes intentan justificar, desde lecturas totalmente pragmáticas, una supuesta “cruzada progresista” alrededor de su eliminación del tablero político. Cuando uno se maneja desde la utilidad ninguna acción tiene ética todo se transforma en instrumental. Todo se vuelve un medio válido para el fin que se persigue.

No cabe duda de que realizar una lectura simple del gobierno de la Revolución Ciudadana alrededor de la figura de su líder sería un equívoco, peor aún desde quienes no creemos en personalismos en los procesos de transformación. Claramente la Revolución Ciudadana cometió errores; era necesario realizar cambios, corregir las equivocaciones y profundizar los aciertos. Las limitaciones, contradicciones y desviaciones incurridas, ciertamente frustraron muchas de las transformaciones que eran necesarias, sin que ello supere de ninguna manera los innumerables éxitos y conquistas alcanzadas.

Por ello, desde muchos sectores del progresismo se anhelaba que se dé el denominado “cambio con continuidad”. Esa era la apuesta y la misma no careció de disputa interna para intentar conseguirla. El gobierno de Moreno acuñó esa tesis y muchas de sus figuras políticas hacían el llamado a la profundización de la Revolución Ciudadana. La sorpresa para muchos fue que la llamada “profundización” había adoptado como agenda principal la destrucción del llamado “correísmo”. La línea discursiva desde el primer día del actual gobierno parecía posicionar la idea de que la Revolución Ciudadana sería lo peor que le había pasado al Ecuador. Y lo más sorprendente aún es que, para alcanzar ese “objetivo vital”, era necesaria la “unidad nacional”, llámese así eufemísticamente al consenso alcanzado con las élites que durante toda nuestra historia republicana han sido las causantes de las principales injusticias y desigualdades del país.

Es loable escuchar o leer posiciones políticas de actores progresistas que mencionan estar dando una disputa al interior del gobierno de Lenin Moreno, dentro de un escenario difícil y contradictorio. Es decir, actores que justifican su participación en la gestión del presidente Moreno desde la idea de disputar desde adentro los sentidos de la “continuidad con cambios”. Lo increíble es leer, por parte de estas personas, criterios en los cuales mencionan que la derecha es tan solo una espectadora de lo que está pasando y que su presencia en las decisiones del actual gobierno serían meras especulaciones infundadas. Creo que basta conocer un poco de política real para entender cómo funcionan las élites en nuestro país y en el mundo. Si Lenin Moreno recibe “palmadas” de la derecha nacional e internacional, de los medios de comunicación corporativos, y de todos los sectores que le han hecho daño al país, es sumamente ingenuo (o sino al menos mal intencionado) decir que lo realizan “sin beneficio de inventario”. Llegar a esta conclusión no es una cuestión de carencia de rigurosidad, sino de un fundamental entendimiento de la política.

Muchos compañeros y compañeras han evidenciado en varios escritos acciones concretas que exhiben el giro conservador del gobierno de Moreno, así que no ahondaré demasiado en ello. La entrega del dinero electrónico a la banca, de los medios públicos a las corporaciones mediáticas privadas, la nueva agenda de política laboral pro patronal, los indicios de la nueva política comercial a favor de los tratados de libre comercio, entre otros, son una muestra fehaciente del mencionado giro. He intentado enfocarme en el plano no material de la disputa política, dado que desde mi punto de vista no existe separación posible.

Sería un reduccionismo realizar una lectura de la coyuntura actual en Ecuador usando como única categoría de análisis la traición de Moreno. Pero también sería un reduccionismo analizar el momento sin tomar en cuenta los principios que dirigen el accionar de quienes están al frente del poder político en nuestro país. Quien está dispuesto a cambiar de discurso en función de la dirección del viento merece la desconfianza de un pueblo y, más aún, de los que en su momento fueron sus compañeros y compañeras. Ante un escenario de este tipo queda claro que no existen fines transformadores detrás de sus acciones, sino que existe una agenda oculta que se concreta tras bastidores entre transacciones políticas con quienes celebran el nuevo discurso.

Una izquierda sin principios, sin lectura histórica, carente de visión utópica, es lo más parecido a la derecha, así se usen los colores, emblemas o símbolos de la izquierda. La historia será la responsable de juzgar a quienes han definido como enemigos a aquellos que, a pesar de todos los errores que pudieron cometer, posibilitaron una transformación estructural que buscó generar igualdad en el bienestar en nuestro país y por ello se orientó fundamentalmente a favor de los históricamente desplazados y excluidos. Los juzgará sin duda la historia, por haber dividido al progresismo y haber escogido en su lugar como aliados a quienes promueven una sociedad del privilegio; juzgará a quienes, sustentándose en una indispensable autocrítica, desplazaron la posibilidad del cambio para dar paso a la “falacia del cambio”, siendo la consulta popular del 4 de febrero el principal emblema de aquello.

La izquierda debe tener moral, una moral de izquierda. Ser leal no implica ser incondicional o sumiso. La crítica es un elemento esencial e indispensable del pensamiento y práctica política de la izquierda. Sin embargo, eso no implica ser ruin, incoherente, inconsecuente e ingrato. En definitiva un amoral. El argumento de la lealtad a un fin sobre las personas, sobre todo cuando el supuesto fin es forzadamente construido y bastante surrealista, permitirá que los “eternos sobrevivientes de la política” sean los que terminen “haciendo política”. Así se acabará premiando a aquellos que entienden este ejercicio como el arte de la supervivencia en el poder a cualquier precio. Esos que permanecen ad infinitum (y sin que nada les haga mella) en posiciones de decisión sobre la vida de los otros pese a las mudanzas de gobierno y a los cambios en sus orientaciones político-ideológicas, inmunes a todo podrán sostenerse en cualquier coyuntura. Lamentablemente en ese escenario, y en esto el relato histórico es determinante, en donde importa más el poder como fin que como medio para la transformación colectiva, la participación y la energía social en asuntos públicos y colectivos perderá su sentido emancipador.

Si para alcanzar mis fines (incluso siendo estos medianamente loables) debo aplastar a mis compañeros y compañeras se habrá destruido el sentido de la política. El espacio de disputa política habrá perdido su esencia y lo habremos transformado en un mercado más, en el cual los agentes “políticos” optimizarán sus decisiones, maximizando su utilidad y sus beneficios de manera “racional”.

[1] Ernesto Nieto es estudiante de Doctorado en Economía – Universidad de Minho/Universidad de Coimbra – Portugal

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