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Para nosotros, los que vivimos al Sur del Río Bravo, cualquiera de las patrias americanas es nuestra, y sobre cualquiera de ellas podemos dejar nuestra sangre en la seguridad de que estamos luchando por nuestra Patria

Ernesto “Che” Guevara, 1959[1]

Estudiar la realidad latinoamericana de hoy es una oportunidad para indagar y conocer las particularidades y generalidades de la lucha de unos pueblos en el mundo, donde se define su sentido histórico en las raíces constitutivas del desarrollo y progreso del capitalismo a nivel mundial que llevó, por su lógica depredadora, a generar lo que hoy es. La diferencia no es teórica, porque visto así sería igual a otras realidades, lo original está en la conciencia de lucha de los pueblos de la naturaleza anticolonial y anticapitalista de esta lucha. América Latina es un mundo de grandes contrastes entre su rico potencial geofísico y ambiental, que aun mantiene a pesar de la explotación generalizada y el despojo gigantesco, y las condiciones precarias de vida de la mayoría de la población, que le ha generado tantas riquezas a los sectores que la dirigen las grandes transnacionales que dominan la economía mundial.

Simultáneamente se observa un espíritu de lucha incansable por preservar los mejores valores de la cultura originaria y del mestizaje particular en la formación de las clases subalternas, de diferente origen pero en una misma realidad social discriminadora, explotadora y de exclusión continua, generada por la lógica liberal burguesa en su afán de mercantilizar y acaparar todas sus riquezas geofísicas y culturales. Estos valores que orientan la lucha y que unifica el propósito, más allá de los límites fronterizos de hoy, garantizarían una vida digna y en sana convivencia; con autonomía en el uso racional y complementario de los recursos y capacidades. Esta perspectiva históricas se enfrenta al intento sistemático de hacer callar al pueblo humilde y trabajador, aplicando la misma violencia represiva y coercitiva de la otrora conquista y colonización, aunque con estrategias y medidas tecno-científicas más sofisticadas y de mayor poder depredador. La violencia desatada continúa, y la razón de lucha también. Esto ha definido la forma particular de conformación de un sujeto histórico que privilegia su relación con la tierra, sus identidades socio-culturales y que coloca el interés colectivo sobre lo individual, es por eso que es allí donde se golpea más fuertemente para seguir sometiendo a los pueblos y que el gran capital se siga adueñando de los recursos y capacidades de esa inmensa y gran patria nuestramericana[2].

Origen y continuidad de la lucha anticolonial

zapatistas.png1Comprender el presente de América Latina y el Caribe (LAC) obliga a conocer cómo opera el sistema capitalista, su mercado mundial y sus crisis­, y también la trágica y sufrida historia de colonización y conquista, que hoy solo siguen ocultado con descaro quienes la consideran sus colonias. Esta dramática historia ha continuado desde 1492, con diferentes modalidades de un capitalismo que pasó el poder de las metrópolis a los países-centro para continuar la colonización en sus periferias originales o nuevas, con la misma lógica agresiva y violenta del que se cree dueño. Por eso continua el despojo de sus recursos naturales, destruyendo ecosistemas y comunidades enteras que han sido eliminadas y desplazadas de sus territorios sin ninguna humanidad. La misma racionalidad del enriquecimiento rápido, bien sea como capital originario o a través de la súper-explotación de la fuerza de trabajo, creando condiciones de dependencia y de subordinación. Procesos que mantienen a LAC inserta en un sistema mundial que obviamente perjudica sus posibilidades de desarrollo humano y permiten comprenden su situación general y particular en cada una de las naciones que la componen, así como de sus relaciones regionales.

La situación actual de Nuestra América no puede analizarse como una fotografía fija o un presente sin historia. Nuestros actuales conflictos y contradicciones sociales irresueltos sólo resultan comprensibles si los entendemos como el resultado y el punto de llegada de la violencia capitalista y de la instalación político-militar de un reforzamiento de la dependencia. Ya desde el mismo nacimiento de los primeros “experimentos” neoliberales, encontramos la presencia indeleble del ejercicio de la fuerza material y la violencia extrema al interior de lo que suele denominarse la economía capitalista (Kohan, 2015:5)[3]

Los procesos en América Latina y el Caribe no se reducen a una insurrección o levantamiento populares aislados e inconexos históricamente, por el contrario forman parte de un proceso continuado de impugnación sistémica permanentemente renovado. Las iniciativas se repiten continuamente y no se reducen a meras representaciones simbólicas convertidas en consignas propias de insurgencias temporales sino como momentos de un proceso de cambio raizal, más o menos intenso, o con resultados más progresistas o de avance en la ruptura sistémica. La variante histórica pudiera estar en la capacidad de recuperación de las fuerzas que lo hacen más visibles en tiempo y espacio, pero siempre renovado y con espíritu rebelde. Y que en un momento pueden observarse en distintas realidades desfasados con respecto al proceso revolucionario de transformación social. Pero más interesante y dolorosa es que la historia de opresión que la vincula y la hace parte de la identificación regional.

Seoane, Taddei y Algranati (2006) en su estudio sobre las nuevas configuraciones de los movimientos populares en América Latina (AL), destacan que a hacia fines de la década del noventa, las protestas que cobraron impulso en AL y los movimientos sociales que lo protagonizaban presentaban características distintivas que los diferencian de aquellos de los años sesenta y setenta. En la década del ochenta el conflicto asalariado keynesiano-fordista (y particularmente el conflicto industrial) constituyó uno de los ejes destacados de la conflictividad social en la región. Más adelante destacan que por contrapartida, resultado del proceso de concentración del ingreso, la riqueza y los recursos naturales que signa a las políticas neoliberales, nuevos movimientos sociales de base territorial tanto en el mundo rural como también en el espacio urbano han emergido en el escenario latinoamericano, constituyéndose en algunos casos, por ejemplo, en relación a su identidad étnico-cultural (los movimientos indígenas) o en referencia a su carencia (los llamados “movimientos sin”, por ejemplo los sin tierra, sin techo o sin trabajo) o en relación a su hábitat de vida compartido (por ejemplo los movimientos de pobladores) (Seoane, Taddei y Algranati, 2006: 232)[4].

Esto solo a modo de síntesis de una inmensa riqueza e importancia de otros movimientos populares en lucha similares en el Continente. De estos podemos destacar el protagonismos de los movimientos indígenas o campo-indígenas en distintos países, es especial en Ecuador, México y Bolivia, donde se llegó, junto con otros sectores de la población, a un cuestionamiento raizal de la política económica dominante neoliberal, –que tanto daño hizo a toda la población–, y del fuerte cuestionamiento de la legitimidad política del sistema de gobierno y organización social que la impulsa y garantiza; que no es más que impugnar la forma constitutiva de la formación socio-estatal en América Latina, como resultado de la colonización y dependencia continuadas desde hace siglos, e impuestas con gran violencia por los grandes centros de poder económico mundial[5]. La fuerza con que se impulsaron los cambios en algunos de estos países y en otros como Venezuela, con el protagonismo fundamental de movimientos populares emergentes, se ha constituido en una experiencia de gran valor social, en los procesos de luchas anticapitalistas con la presencia activa del poder popular constituyente.

Justamente como expresión de una lucha de gran contenido radical que puso el acento en la autonomía de los movimientos populares y que se constituyó, y sigue siendo, referencia clave en la región y en el mundo, está sin duda la lucha del movimiento zapatista en México y que lo ubica como poder constituyente en proceso:

Bajo una reivindicación de la autonomía aún más radical, la experiencia del movimiento zapatista reclama el reconocimiento constitucional de los derechos de los pueblos indígenas que, cristalizados parcialmente en los llamados Acuerdos de San Andrés (1995), habrán de inspirar la “caravana por la dignidad” que recorrerá buena parte de México en los primeros meses de 2001 en reclamo de su cumplimiento (Seoane, Taddei y Algranati, 2006: 232-233)[6]

Nuevas experiencias se desarrollaron en distintos países retomando ahora, desde el gobierno, elementos de la lucha democrática planteada previamente por los movimientos sociales y procesos de reordenamiento económico que marcaban una discontinuidad frente a las políticas de los noventa y, en muchos, casos procuraban su reversión. En Venezuela, Bolivia y Ecuador procesos instituyentes incorporaron al gobierno a sectores sociales excluidos, redefiniendo el carácter social y cultural de la ciudadanía misma y alimentando la “demodiversidad” en la región al promover nuevas formas de participación popular. No serán meramente gobiernos críticos del neoliberalismo. Expresarán formas de enfrentar y resolver injusticias y exclusiones de larga data, en algunos casos planteando la superación de estructuras persistentes desde el tiempo colonial (Modonesi y Rebón, 2011: 11)[7]. Este nuevo cuadro institucional de gobiernos progresistas que atienden las demandas del pueblo, con pequeñas e importantes reformas e incluso cambios significativos en la relación entre el Gobierno con las comunidades y movimientos sociales, coloca a EEUU en desventaja para enfrentar a sus verdaderos contrincantes económicos tradicionales o de economías emergentes que han modificado el cuadro internacional en este nuevo siglo, justamente perjudicando con sus medidas neoliberales a estos pueblos de América.

Objetivo imperial: destruir la unidad de lucha nuestraméricana

En cada crisis o dificultad sistémica se diseñan o rediseñan estrategias para reposicionarse de espacios perdidos en la economía de mercados y en el control de los procesos productivos transnacionalizados, que han venido desprendiéndose del control directo de los Estados/nación, como parte de la globalización de la libre competencia y la libertad de empresas, con gran movilización de capitales y de empresas en distintos territorios y articulados directamente por empresas trasnacionalizadas, como parte de las nuevas relaciones internacionales de la economía de mercados. Relaciones que ha tenido política e ideológicamente a la cabeza a los intelectuales liberales y a los propios gobiernos de Estados Unidos que pregonan la no injerencia de los Gobiernos en la economía nacional, que ya no es nacional, lo que resulta un contrasentido para cambiar hacia el proteccionismo nacional.

El tan cuestionado proteccionismo de Estado realizado por la dirigencia y los teóricos del estado liberal, ha sido abiertamente empleado por los distintos gobiernos para garantizar las ventajas competitivas de su producción nacional y para darle frente al mercado externo. Por tanto toda la economía nacional de esos países se mueve con estrategias geopolíticas en las relaciones internacionales para garantizar la mayor hegemonía posible a nivel del poder económico, político y militar. Y dentro de este cuadro internacional la política de EEUU hacia ALC, se ha modificado en relación al desarrollo del propio capitalismo y la posición de ese país en la hegemonía mundial. Por eso es que hay que comprender la crisis del capitalismo en este milenio y los límites que el propio sistema tiene para “auto-regularse” dentro de un esquema mundial de economía globalizada, con un visible agotamiento de los recursos naturales y materias primas para mantener los niveles crecimiento económico a nivel mundial para responde a la demanda de consumo de las grandes economías. En un cuadro que atrapa a todas las economías de los Estados/nación dentro de las reglas establecidas por los grandes centros de poder, las grandes corporaciones transnacionales, productivas, financieras y de distribución.

La pérdida de mercados en América Latina como consumidor y como exportador de recursos naturales y materia prima, no puede ser una sorpresa para un país que ha utilizado a todos los países del Continente para el fortalecimiento de su propia economía de mercado (importación/exportación) para potenciar su economía y poder mundial, que son la reglas del libre mercado y la libre empresa (pensamiento liberal burgués). No es la primera vez que las condiciones de crisis sistémicas obligan a cambiar las estrategias de dominación/subordinación de los países de ALC y para ello no basta con recordar la doctrina Monroe ni la doctrina Truman para saber la relación de dominio hemisférico, que ejerce Estados Unidos, sino comprender cuáles han sido las estrategias en cada momento, y que las mismas están vinculados la posición hegemónica internacional, así como a la situación interna del propio país. Muchas de sus políticas como promocionar el libre mercado y la libertad de empresas, sin ningún tipo de límites o controles, en una economía totalmente privada incluso los servicios públicos básicos, dejando solo aquellos mínimos que además se ofrecen con muy baja calidad, se vuelve contra su propio desarrollo interno. Y en eso lo más dramático es la privatización de las fuerzas militares y la proliferación de agencias de inteligencia que compiten entre ellas de acuerdo a la lógica de la libre empresa.

En su hegemonía mundial la situación más favorable la tuvo después de la disolución de la URSS, que durante por más de dos décadas parecía no tener competencia visible en la hegemonía mundial, mientras que en silencio fueron creciendo otras economías capitalistas –emergentes o recuperadas– y bloques regionales de relativa importancia, que cambiaron el cuadro notablemente a finales de siglo y principios del nuevo. Sería un insulto a la inteligencia del Imperio que esto sucediera sin enterarse y sin que apreciaran su propia decadencia que resulta fácil atribuírselas a “malas gestiones de gobierno” cómo que si en esa nación gobernaran los presidentes. Son las grandes empresas transnacionalizadas las que han dominado la política en esa importante nación. Como tampoco puede ser una sorpresa la penetración de capitales de gran movilidad y la fragmentaciones de procesos productivos en infinita cantidad de partes que provienen de distintos orígenes, así como productos con diferentes y variados destinos.

Está históricamente demostrado que la lucha no es ideológica, desde la confrontación entre dos modelos antagónicos sino que ésta es la justificación ya que ha satanizado toda propuesta alternativa al modelo capitalista occidental anglo-europeo, desde antes que surgiera una propuesta real de cambio. De ser así la Guerra Fría donde existían dos bloques de poder con visiones distintas se hubiese terminado cuando se cayó el muro de Berlín (1989) y se diluyó la URSS (199O) o cuando se dio la conversión progresiva de China a una economía capitalista. ¿Si la Rusia y la China de hoy, por mencionar las más importantes economías mundiales alternativas a la de Estados Unidos, son capitalistas por qué se sigue creyendo en el fantasma del comunismo para justificar el ataque entre potencias mundiales, que obedece solo a una lucha entre economías capitalistas, con orígenes y culturas distintas, a las economías más occidentalizadas en la actualidad.

De esta manera son estas grandes corporaciones económicas las que definen las políticas de los gobiernos ante todos los organismos internacionales a nivel mundial y regional. Asimismo avalan o rechazan las injerencias, intervenciones y acciones directas contraria al derecho internacional. En los acuerdos y tratados que direccionan las políticas en las distintas áreas: comerciales (OMC), seguridad y defensa (OTAN), laboral (OIT), financiera (FMI y BM), alimentaria (FAO), y otras tantas, existe un evidente dominio asimétrico que ejercen las grandes potencias mundiales y centros de poder económico mundial. Por otro lado otras materias de relevancia estratégica para la humanidad y la convivencia mundial en paz son tratadas de modo bilateral, para burlar los tratados, como son la grave problemática ambiental, los derechos humanos y los derechos de los Estados/nación a la libre determinación sin injerencia extranjera no aprobada por la propia nación o pueblo. ¿Quién decide o juzga estas materias? Lo que se aprueba al respecto en la ONU o en la OEA es lo que quieren las grandes potencias mundiales y en el continente americano no hay otra que Estados Unidos, por lo que tiene que conseguir aliados a cualquier precio, como lo ha hecho en toda su historia. Esta asimetría cuantitativa de votos en los organismos la resuelven ejerciendo una desproporcionada asimetría de poder económico y bélico para doblegar y someter a los gobernantes, y cuando no simplemente burlan los acuerdos.

En todos los casos la violación al ejercicio de la democracia en los países y en las mutuas relaciones de respeto a las diferencias internas, las padece el pueblo humilde que cuenta con sus dirigentes en la defensa de sus demandas. La acción del poder hegemónico, que no respeta la soberanía de las naciones para resolver sus propias situaciones, lleva la intención implícita y explicita, en la mayoría de los casos, de aniquilar todo intento progresista que reclame mayores niveles de autonomía, independencia y soberanía popular para favorecer las condiciones de vida de la población

Hoy la dominación y hegemonía hemisférica de Estados Unidos usa la fuerza bélica directa solo en casos extremos, las intervenciones directas y abiertas las ha cambiado por una fuerza que le ha resultado más efectiva y poderosa y con menor riesgo, además que le ha permitido encubrir su imagen de destructor de culturas y pueblos indefensos que despliega en otras latitudes. Ya eso tampoco le interesa como lo ha evidenciado el actual Gobierno de Donald Trump, y para algunos sectores políticos que han utilizado las conocidas interferencias de conversaciones para descalificar a los altos dirigentes de gobierno e incidir en los procesos electorales[8], pero que ha puesto en evidencia el verdadero propósito de sus injerencias bélicas.

La estrategia de desestabilizar gobiernos en Latinoamérica que no son incondicionales a sus deseos de dominio supremo, le ha dado excelentes resultados, y para solo nombrar los más recientes, en vísperas de una de las crisis más grandes que vivió el capitalismo a mediados de los 70´ fue el golpe de estado al Presidente Salvador Allende en 1973 que contó con la ayuda del Departamento de Estado, aunque no fuese abiertamente reconocido, así como lo hizo con el Plan Cóndor (1973-1983) en el cono sur, en el que se presenció el mayor genocidio político programado fuera de una guerra y utilizando la institucionalidad para imponer dictaduras y tiranías que acabaron con todas las democracias de los países del sur del Continente y que se extendió con distintas estrategias represivas hacia el resto de los países. Esta estrategia de máxima represión y violencia de Estado y de instauración de autoritarismo de rasgos fascista desencadenó en intervenciones de distinta naturaleza que colocaba a los propios gobiernos como los únicos verdugos del pueblo, y que detrás se escondía el Departamento de Estado para apoyar todas estas medidas. Utilizar a los gobiernos como títeres del Departamento de Estado ha sido una constante, que ha perfeccionado de acuerdo a cada realidad y momento histórico. Ha estudiado con minucioso cuidado las posibilidades institucionalizadas o de correlación de fuerzas a nivel de cada país, incluso en la acción conjunta con otros países centros aliados que tienen territorios e intereses mercantiles en el Continente para aplicar sus medidas y estrategias.

El manejo bilateral en las relaciones entre países coloca en desproporcionada desventaja para los países periféricos frente a los países centro, que a pesar de sus diferencias y disputa por los mercado, se unen para aplicar medidas a gobiernos que no le son serviles a sus intereses, así como lo hacen las distintas oligarquías al interior de las naciones. En cuanto a las políticas de “cooperación al desarrollo”, al tener el control pleno de todos los organismos que regulan la economía mundial de mercado, se convierte en una verdadera amenaza al desarrollo. La cooperación Norte/sur ha demostrado su incapacidad de resolver problemas estructurales porque solo atiende las consecuencias más dramáticas de la población de modo asistencial, y no se desarrollan políticas de independencia socio-productiva de largo alcance. La cooperación “al desarrollo” se convierte en apoyo al crecimiento de la economía privado de las propias empresas transnacionalizadas, vinculadas a los países cooperantes. O en una “ayuda humanitaria” a las poblaciones más vulnerables, víctimas de la barbarie capitalista, que incluye su dificultad de auto-superación de sus economías –destruidas– y que termina aumentando su dependencia. El desarrollo socio-productivo no se logra con prestamos de estos bancos mundiales y ayudas interesadas en que no se logre y donde la nación no tiene soberanía para hacer un uso apropiado de los recursos de acuerdo a sus necesidades y prioridades[9].

Para mantener el dominio hemisférico de subordinación/dependencia de ALC a EEUU, en este complicado y convulsionado panorama mundial, necesita re-posesionarse del control sobre los gobiernos y sobre la población que cada vez más los responsabiliza de su precaria situación. A partir de sus experiencias de imponer los tratados de libre comercio (ALCA) sin éxito, décadas pasadas, rediseño una política para volver con ellos minando las bases en las que apoyaron algunos gobiernos de la región e incidiendo directamente en la destrucción de todos los acuerdo de unidad regional, con incidencia real en la economía. Para ello ha empleado estrategias mejoradas de golpes militares desde adentro, creando grupos en contra o dividiendo las fuerzas revolucionarias, o aplicando medidas de guerra no convencional de cuarta generación, que incluyen la guerra económica-mediática, actos terroristas de diversa intensidad, que a diferencia de las injerencias en áreas puntuales de la economía, la política y lo social que hacen de modo permanente, genera un estado de convulsión generalizada –guerra concentrada en un territorio, para destruir toda la capacidad del otro país o nación– que mantiene a los gobiernos y a su población en una tensión permanente de actitud defensiva, que disminuye su fuerza ofensiva y dificulta el avance de las reformas en beneficio de la población y los cambios estructurales planteados, que es el objetivo del que hace la guerra o la promueve en el mundo capitalista.

En este estado de guerra económica, con fines políticos y que utiliza el malestar de la población –repotenciado desde afuera y desde dentro– para desestabilizar los gobiernos, se develan acciones políticas directas en distintos niveles:

  1. A nivel de la seguridad, generando un estado de convulsión social para justificar “la defensa propia preventiva” para eliminar objetivos civiles (dirigentes de gobierno, lideres sociales, como lo hace en las guerras militares) que mantengan un estado de inestabilidad generalizada, de incertidumbre política y de terror social,
  2. A nivel judicial con el procesamiento preventivo donde se crean falsos positivos o se manipula la imagen con medias verdades o inventadas para condenar a dirigentes sin pruebas y sacarlos de la acción política (encarcelados preventivamente) utilizando los aparatos judiciales y “ambigüedad procesal”, y
  3. A nivel legislativo al propiciar golpes constitucionales e institucionales para sacar del juego a los gobernantes que gozan de cierto respaldo popular y plantean cambios que afectan al poder económico-político constituido. En esta última estrategia se ha venido perfeccionado en los últimos años desde el caso de Honduras en 2007, al de Paraguay en 2012 y el de Brasil en 2016, en tres realidades distintas pero utilizando el poder legislativo y la permisibilidad de las constituciones de esos países, presidencialistas y no parlamentarios.

De modo que si no resultan ninguna de las estrategias para generar un golpe de Estado interno, se aplican estas otras de modo combinando en algunos casos y la intervención militar queda como última opción, en tanto requiere una sofisticada maniobra que la justifique como se hizo con Irak con las supuestas armas de destrucción masiva, o con Afganistán donde se inició lo que el presidente George W. Bush denominó la lucha contra el terrorismo con el nombre de “agresión positiva”, que según Noragueda (2015)[10] consiste en no diferenciar entre grupos terroristas y países que los acojan o ayuden y, por lo tanto, actuar de la misma forma beligerante contra ellos, que la ha convertido en una guerra que parece interminable después de tantos años[11] de cuantiosas víntimas y de destrucción del país como sucedió y sigue sucediendo en Irak.

Para nosotros no queda lugar a dudas en qué consiste la política exterior de Estados Unidos y en particular hacia América Latina ante la evidencia propia y la de estas guerras convencionales abiertas en otras latitudes, a la que han sumado otros países con similares consecuencias con graves efectos colaterales a las poblaciones civiles y a su cultura, así como el apoyo al Gobierno de Isrrael a favor del exterminio al herorico pueblo Palestino. La lista es larga y ha evidenciado la máxima crueldad para conseguir sus fines y ya no puede ocultar la violación a todos los acuerdos del derecho internacional para sus acciones de ataque que justifica la “defensa propia preventiva” y la “agresión positiva” para imponer su hegemonía mundial, utilizando su fuerza bélica. Y que de forma muy sofisticada la combina utilizando canales institucionales para lograr los mismos fines de acabar con toda oposición a su dominio imperial.

De allí la importancia del vínculo histórico de los procesos constituyentes en América Latina y el Caribe, tanto los que han logrado incidir en cambios cualitativos en la visión de la organización jurídica-política y ética de la sociedad o los que aún están acumulando la fuerza suficiente para construir un nuevo bloque histórico en el arranque de procesos revolucionarios anti-capitalistas-descoloniales visiblemente notables, aunque sus propios protagonistas lo hayan impulsado sin la conciencia plena de que en el fondo se está impugnado la esencia constitutiva del capitalismo. Proceso que se comprende en el desarrollo histórico de la formación de un pensamiento-crítico-emancipador a nivel mundial y en particular por la naturaleza misma de cada lucha. La coincidencia está en los valores de libertad y justicia social, independencia, respecto a la dignidad humana, a la cultura y la historia, reconociendo como una realidad social de gran diversidad –histórica-cultural– que implica lucha, permanente y sin tregua, por la igualdad de los derechos sociales sin discriminación ni exclusión social alguna. Que de acuerdo a nuestro análisis previo, no es posible lograrlo en el capitalismo como hegemonía política; en cualquier condición social que tengan los Estados/nación –sean centros o periferias– porque el problema es de clases sociales en pugna, los intereses particulares de unas minoritarias, que ostentan el poder, contra los intereses colectivos de las mayoritarias, dominadas y subordinadas a las primeras. En pocas palabras, se trata de una lucha por la democracia real que se va extinguiendo en el capitalismo, de forma acelerada.

Sentido histórico del poder constituyente en Nuestramérica

En términos generales podríamos decir que a pesar de las diferencias de la lucha en América Latina y el Caribe en cada caso ha existido siempre una perseverancia para avanzar, para acumular fuerza y poder popular, que continua siendo un reto para configurar o constituir un Estado democrático, pluricultural, de derecho y justicia social. Desde la experiencia sistematizada y socializada en el propio terreno de lucha, consideramos que se sigue exigiendo:

  1. La defensa teórica-práctica, integral y concreta, de la concepción y del ejercicio de los derechos humanos y al reconocimiento pleno de la condición pluricultural que identifica a una Estado/nación y le confiere unidad histórica y geopolítica al cambio social proyectado, más allá de sus propias fronteras y tiempo histórico vivido; y
  2. Empoderarse de una creación popular de la visión integral de las constituciones como base jurídica, política y ética de la sociedad, con vida propia y dinámica definida por el devenir y demandas del propio pueblo y de la conciencia de que la organización social constitucional, a una declaración de principios cosificada en un texto incambiable que le hace perder vigencia histórica e imposibilidad de garantizar una democracia que se aproxime al concepto original que supone al pueblo como soberano. Esto permite concebir a los derechos humanos y sociales como algo más que una apreciación moral y cultural, que guía a los individuos para el deber-ser, sino como algo concreto que garantiza las condiciones de dignidad de la vida en convivencia social y humana.

La noción de derechos humanos desde el pensamiento liberal burgués es opuesta a la que conciben y aprecian los movimientos populares en lucha; por tanto, la política que se emprende desde los Estados o pueblos que aspiran a un cambio raizal deben estar conscientes de que hablan un lenguaje diferente al que impone, a nivel local, nacional y mundial, la hegemonía de la mercantilización de la vida, la despolitización de todos los seres humanos y la negación de todo vestigio de democracia directa de los sectores oprimidos, explotados y marginados del sistema, para preservar el sistema a cualquier precio.

Los que se ubican en una lógica radicalmente distinta a la del capital y ubican el centro del desarrollo al ser humano y su equilibrio con el resto de la naturaleza a la que pertenecemos todos y todas, están obligados a partir de allí crear y propiciar estrategias que impidan distorsionar los avances en la dirección apropiada, así como generan rupturas y continuidades necesarias e inevitables en los procesos de transformación inicial. Es decir el horizonte es fundamental para definir los medios y caminos apropiados. Estrategias que combinen acciones desde dos direcciones, desde arriba y desde abajo, que vayan minando al derecho privado y la libertad de mercado y de empresas, ya que en este sistema están por encima de los derechos colectivos y el bien común que tienen la fuerza y consistencia para crear formas colectivas y solidarias de vida en sociedad. De lo que se trata es, como afirma Santos (2010:63)[12] de integrar las transformaciones constitucionales a una política de derechos humanos radicalmente distinta de la hegemónica liberal, para concebirla como parte de una amplia constelación de luchas y discursos de resistencia y emancipación en vez de como la única política de resistencia contra la opresión.

En particular, estar a favor de cambios constitucionales por un Estado democrático, pluricultural de derecho y justicia social, como se ha planteado a nivel de ALC –con diferencias entre los países y al interior de ellos– es necesario previamente comprender que las teorías sociales no siempre poseen un carácter universal, aunque en algunos escenarios históricos aparezca así, o sean utilizadas de esa manera. En la praxis y en cada realidad particular es crucial abordar lo singular para revalorizar y resignificar su visión general y sus múltiples especificidades que se verán reflejadas en la resignificación de algunos conceptos fundamentales y para resituar procesos inherentes a lo histórico-espacial particular. Desde esta perspectiva, podemos seguir analizando la división del trabajo capitalista, sin negar la coexistencia de otras formas de trabajo-creativo y con mayor libertad o autonomía, que evidencian en la práctica la existencia del trabajo-alienado-capitalista como producto histórico y no como la consecuencia de una condición inevitable de la evolución humana en sociedad.

El sentido de la crítica y la crítica con sentido

De acuerdo a este análisis el capitalismo desarrollado es aquel que llega a niveles de crecimiento de las fuerzas productivas y de una organización del trabajo basada en la eficiencia del capital. La concepción de desarrollo o progreso no está asociada directamente al desarrollo y bienestar social sino que éste, en todo caso, sería una consecuencia. Por tanto, todo proceso productivo que no se mueva por esa lógica será clasificado como “no desarrollado” o “subdesarrollado” e incluso pre-capitalista, de modo vergonzoso, como determinismo automático, aunque genere altos niveles de desarrollo de bienestar social y sana convivencia como resultado de ser un modo de producción distinto. De igual forma la producción se hace para satisfacer un mercado de consumo que le dé valor de cambio a la misma, no a partir de las necesidades y demandas de la población, por tanto éstas últimas no son las que determinan la planificación social y el uso racional de los recursos, no renovables de la naturaleza, sino la posibilidad de competir en un mercado con mejores ventajas para acumular mayor nivel de ganancias. A esta lógica es a la que nos oponemos porque es la que favorece la discriminación, la clasificación humana para obtener beneficios y condena a la humanidad a su propia destrucción. Para nosotros el desarrollo y progreso de la humanidad no puede ser concebido en contra de la propia humanidad o de una parte de ella a la que se desprecia y se le considera inferior.

Esto nos ubica en el debate crítico de la conformación de los estados con sus variantes en el sistema de gobierno y de las relaciones entre los distintos poderes. El poder del gobierno en la ejecución y de administración de políticas públicas, de la economía y de la convivencia en sociedad, el poder de regulación jurídica y el de legislación de leyes y normas de funcionamiento social. La interdependencia es obvia entre ellos y el funcionamiento social dependerá de la coordinación entre los tres poderes básicos y otros que se estimen conveniente. En los sistemas democráticos, republicanos y monárquicos parlamentarios modernos, se plantea teóricamente que su independencia garantizaría el ejercicio del desarrollo normal del sistema con equidad y sin discriminación. Sin embargo, esto es un contrasentido en dos direcciones, dialécticamente relacionadas, una de carácter orgánico-funcional y otra teórico-conceptual. La independencia de poderes supondría la inexistencia de un poder supranacional que direcciona al capitalismo por encima del interés nacional y que para combatirlo no se puede actuar desde otra visión de democracia que no sea la que lo reproduce con el menos riesgo posible. Por eso es que las fuerzas populares que reclaman mayor democracia y soberanía están obligados a crear otro poder que lo confronte sistémicamente hasta crear otra hegemonía alternativa que cambie la correlación de fuerzas existentes y los modos de vida, solidaria, cooperativa y con complementariedad de recursos y capacidades humanas creativas.

Pensar en la buena fe de una auto-regulación democrática en la democracia liberal-burguesa raya no solo en la torpeza política, que se usa para manipular conciencias, sino en la ingenuidad ideológica que también cree en la auto- regulación del sistema capitalista para lograr el desarrollo y progreso de las naciones y de sus pueblos con soberanía e independencia del orden mundial establecido, a partir del impulso de medidas macroeconómicas que favorecen la libertad de empresa y competencia, como derecho individual consagrado y debidamente protegido frente a cualquier amenaza o ataque, propio de las luchas por la igualdad de derechos sociales y políticos en una “sociedad democrática” que paradójicamente niega, reprime y condena el ejercicio de la democracia.

El capitalismo ha venido realizando históricamente su acumulación al interior de concretas barreras o fronteras geofísicas, que nos han dividido a lo interno y a lo externo, más allá de otro tipo de consideración histórica, cultural y lingüística. Lo que define Piqueras (2014: 23)[13] como formaciones socio-estatales, o de manera más sencilla,

(…) formaciones sociales a los espacios de acumulación capitalista regidos por un determinado Estado, pero que pueden albergar distintas formas de producción (propias de anteriores modos de producción que se descompusieron al quedar subordinados) bajo un modo de producción dominante (el capitalista). Se imponen en ella, por tanto, regulaciones jurídica-políticas y socio culturales tendentes a alcanzar un alto nivel de uniformización para el conjunto de la población comprendida en tales fronteras.

De allí, la importancia de estimular y fortalecer todos los valores propios del capitalismo (para mantener su hegemonía) como son el individualismo y el espíritu de competencia frente a las manifestaciones naturales comunales de colectividad y solidaridad. Muestra de esto es cómo se puede comprender que en “la realidad actual los derechos constituyen un falso universalismo; porque no todos tienen derechos, muchos no son ciudadanos, y quedaron fuera del contrato social, arrojados al estado natural” (Santos, 2002:1)[14]. Este es justamente el ámbito de lucha; cuando se devela la situación de injusticia, y se reconocen atrapados en ese mundo de terror e incertidumbre que genera el capitalismo. Como seres humanos tenemos derecho legítimo de buscar alternativas sustitutivas, que superen el actual sistema hegemónico, en tantos seres históricos con capacidad de crear nuevas relaciones y condiciones de convivencia.

La importancia del sistema ideológico del Estado para la legitimación de la dominación debe enmarcarse en la comprensión del nuevo orden político-económico a nivel mundial, regional y nacional y la composición hegemónica del poder. La cual se desarrolla en medio de un enfrentamiento entre élites del poder y entre éstas y otras fuerzas contrarias, que insurgen con cada vez más fuerza y número de voces, además de novedosas formas organizativas. Estas otras formas de resistencia y lucha responden al agobio de su realidad de vida cotidiana personal y comunitaria, que se hallan sin perspectivas de cambio; y que han logrado reflexionar sobre su realidad y posibilidades de vencer o liberarse de la presión ideológica que intenta crear imágenes distorsionadas que estimulen el conformismo y la desesperanza. Utilizando estrategias de convencimiento de que “se está haciendo lo que se puede”. Así se dejan de lado problemas de gran relevancia, que deben ser atendidos con urgente respuesta, ya que atañen a la crítica situación que viven sectores mayoritarios del pueblo. Esta esencia contradictoria e indeterminada, y su potencialidad para distorsionar la realidad, dificultan su comprensión y la capacidad de responder de manera oportuna y apropiada. Zemelman (2009: 8-9)[15] considera que este nuevo orden político,

(…) que no aparece como represivo ni excluyente, sino que basado en un juego de ideas, incluso de proyectos, con presencia, por lo menos en la apariencia de la sociedad civil y de los individuos, identifica la organización normativa del orden político con la hegemonía (…) El orden político, como tal, deviene en una instancia generadora de legitimidad. Pero para ello, el orden político requiere definirse en forma defensiva respecto de aquello que puede trastocarlo, amenazarlo o resquebrajarlo.

En definitiva la diferencia va a notarse, de modo significativo, en las formas de organización y estrategias de lucha que los pueblos van creando en sus propios procesos de combate y confrontación diaria, y es la comprensión y evaluación reflexiva-crítica de sus propias experiencias transformadoras en las circunstancias y condiciones históricas en que las viven y que muchas salen de su control, las que nutren de sabiduría y posibilidad real de logro sus programas de acción social transformadora. Por eso es temerario juzgar con patrones generales y esquemáticos preconcebidos de cómo debe ser la lucha de los otros, y qué deben hacer frente a cada amenaza. La importancia de una crítica comprensiva de una mirada desde afuera de los que combaten le ayudaría a visualizar mejor la realidad que desde adentro se enturbia con tanto que-hacer y valorar. En especial para los sujetos políticos que tienen la carga de la historia y que serán juzgados por sus errores y probablemente poco reconocidos por sus aciertos, que obliga a que estos aportes se hagan desde un método riguroso de teoría–crítica emancipadora para comprenderlos como seres humanos en colectivo y en una realidad histórica precisa. Donde el balance no solo se direccione hacia el reconocimiento y crítica a su acción sino hacia los resultados concretos en el cambio histórico en colectivo y su capacidad de rectificar sobre la marcha. No está demás decir, que hay que dejar de lado la prepotencia de los que creen sabérselas todas, y tienen el derecho como persona críticas a no ser callados, y así lanzar libremente sus juicios y valoraciones en cualquier escenario sin saber si dañan o ayudan a la causa que también consideran propia. En momentos esta actitud repetida y sistemática no solo es un problema de estilo sino de concepción y claridad política.

Esto lo afirmamos aquí, en este debate sobre las formas de lucha en Latinoamérica, porque hemos observado afirmaciones, especialmente en Europa o de los que tienen mentalidad euro-anglosajona en otras latitudes, una gran dificultad para comprenderlas y una actitud repetida de muchos intelectuales cuyos juicios están marcados por la influencia de la mentalidad colonial de sus gobiernos y oligarquías dominantes, que crean una matriz de opinión, en la que caen con frecuencia y terminan formando parte de la agenda de debate descalificadora hacia estos pueblos y sus líderes Agenda que impone la contra-revolución y terminan asumiendo posiciones que no ayudan a la causa que dicen defender y que les tocaría enfrentar en situación de gobierno, porque estos sectores son implacables con los que pretender hacerles perder sus privilegios en cualquier espacio o sociedad. Esto nos obliga a señalar la urgencia de debatir y crear teorías sobre la descolonización capitalista en todas sus formas y entre todas y todos los que luchamos a nivel mundial por construir otro mundo posible. Lucha que nos obliga a la unificación fuerzas, en la diversidad de sentidos históricos, y a hacer esfuerzos por construir relatos que se acerquen a la verdad de cada lucha, en su heroica misión de contribuir a transformar este mundo, donde habita toda la humanidad en una continua lucha de clases, de intereses contrapuestos e irreconciliables. Para la mentalidad capitalista colonial-imperialista de hoy los gobiernos son sus aliados incondicionales o serán sus enemigos a destruir con sus pueblos incluidos, como fuerza contraria a exterminar sin ninguna ética humana que valga. Ese es el razonamiento usado en las actuales guerras del imperialismo de los Estados Unidos a nivel mundial y quienes los apoyen en esta misión están formando parte de ella y serán juzgados por la historia.

Reiteramos el valor de la crítica que hiciera Rosa Luxemburgo sobre la revolución rusa como uno de los mejores ejemplos de cómo se hace una crítica penetrante y reflexiva a una revolución que la que sentía propia y con compromiso de vida y de solidaridad de clase y que por tanto admiraba profundamente por su importancia y valor histórico para toda la humanidad. Ella no escatimó en aportar críticas y posibles alternativas que contribuyeran a crean teoría sobre la acción, teoría revolucionaria, a partir de apreciaciones de desviaciones que observaba en ella y que más tarde la historia le daría la razón a muchos de sus planteamientos, que reforzaron su visión que hoy le sigue dando vigencia a su pensamiento. Pero no fue eso lo importante para los que la recibieron de modo contemporáneo su crítica, sino que la contra no la podía usar sino como posible división de las fuerzas pero nunca como argumento usable para sus fines.

Esto nos remite a un pensamiento que integre los distintos aspectos relevantes de las estrategias en lo económico-político combinado con lo ético-ideológico para comprender el fenómeno más degradante de la humanidad, su mercantilización, su enajenación como ser humano en sociedad que lo encadena a una cárcel sin barrotes, que solo se puede liberarse con la conciencia que conduce a la emancipación. Conciencia que implica comprender que la mercantilización de la vida en sociedad, se produce y se reproduce gracias a la alienación generalizada y derivada de la división social del trabajo capitalista que nos obliga a ver al salario como primera necesidad de vida, y a no entender que en la búsqueda de éste se pierde la vida[16]. Esa alienación que deshumaniza al ser humano y lo convierte en un cosa, en una mercancía que solo tiene valor de cambio, por tanto es desechable cuando no le es útil al capital. Y por el cual se pretenderá comprar conciencias porque en el pensamiento liberal, que es parte de la cultura hegemónica penetrada hasta en los huesos, “todos tienen su precio”, y “nadie hace algo en lo que no esté contemplado un interés personal mercantil”. Con esto se pretende satanizar al ser humano, como cruel y despiadado por naturaleza, y declarar el fin de la solidaridad, como un rasgo constitutivo de sana convivencia racional de la condición gregaria de la especie humana.

Es por ello que esta nueva relación teoría-política/acción-transformadora se orienta hacia la comprensión de una democracia verdadera, de una soberanía que resida en el pueblo y que sea cada vez más independiente y autónoma de los grandes centros económicos del capitalismo mundial, que hoy dominan con una fuerza superior a la de cualquier momento de la historia de la humanidad; y por tanto, se exacerban las confrontaciones sociales a nivel mundial. En otras palabras, luchas contra-hegemónicas de naturaleza anticapitalista, con marcada incidencia en la autodeterminación y soberanía popular. Hoy las luchas que ocupan un espacio inocultable de naturaleza distinta a lo instituido; no pueden tener soluciones políticas y teóricas universales que correspondan a otros contextos geopolíticos e históricos, donde el poder hegemónico se presenta de manera distinta en lo político, militar, social y en el dominio cognitivo. Esto nos obliga a estudiar la naturaleza del colonialismo existente en la actualidad.

Comprender las estrategias y tácticas que ha empleado el capitalismo en cada crisis de acumulación y, en particular, las derivadas de la última crisis de los años setenta, que se presentaron como un paquete económico (neoliberal) de obligatorio cumplimiento por todos los países, a riesgo de que sus economías “sucumbieran”; nos coloca en una visión crítica para comprender su alcance y el impacto de sus efectos prácticos en la vida política, cultural y social del pueblo en general y en los ajustes funcionales y estructurales, que de manera permanente se planifican y ejecutan, para mantener el control político-social, de acuerdo a los intereses dominantes. Ante la evidencia de que estas acciones, estrategias, políticas y modelos neo-desarrollistas –asociadas a ellas–, no revirtieron los efectos negativos a nivel social, la reacción y movilización del pueblo y de los factores políticos, abrieron paso a la necesidad de concebir un hacer-histórico distinto, con propuestas alternativas en los diferentes países en Latinoamérica. En tanto los grupos de poder capitalista mundial, concebían y aplicaban nuevas estrategias para la estabilización institucional, que garantizara las condiciones para aplicar nuevas regulaciones y controles sociopolíticos, cada vez más estrictos para la continuidad del capitalismo a nivel global y con mayor pérdida de soberanía nacional.

Es justamente la naturaleza constituyente de estas luchas en América Latina, que han ido mucho más allá de la denuncia y la protesta por la indignación que causa la injusticia y barbería capitalista y que ha sido encabezadas por movimientos de poder emergente que se van convirtiendo, al calor de la lucha, en poder popular constituyente, la que ha hecho cambiar la estrategia de lucha del Imperialismo de Estados Unidos y sus aliados incondicionales, contra las fuerzas anticoloniales en el Continente y así preservar la arquitectura constitucional y sistemas de gobierno en las distintas naciones, así como las de carácter regional, bajo el control de la OEA, para preservar el dominio hemisférico que le ha permitido la base fundamental de su hegemonía a nivel mundial. En la nueva estrategia está la dominación política a través de dos acciones simultáneas, (1) el control sobre la institucionalidad constitucional que garantiza el mayor beneficio de los recursos y las capacidades a su favor, que supone un estado permanente de inestabilidad social, política y económica[17], y (2) la eliminación de cualquier focos “de perturbación”, utilizando la excusa política e ideológica para justificar la intervención que asegure las libertades individuales propias de la democracia liberal burguesa, por más seguras que estén.

A manera de síntesis se podría afirmar que desde mediados del siglo pasado, y en medio de un dominio tecnológico abrumador que le permite, con total precisión, contabilizar los recursos y reservas naturales estratégicas probadas de cada país en el mundo y controlar los movimientos de las fuerzas populares en lucha que se le oponen, el imperialismo aplica distintas estrategias de guerra para enfrentar todo proceso que desvíe sus planes, por pequeño que sea este. Por eso es que se ha empeñado en utilizar toda la inteligencia militar y estratégica, todo el conocimiento socio-político y tecno-científico para controlar y eliminar cualquier poder constituyente que emerja del poder popular, porque reconoce en él una amenaza inusual y extraordinaria[18] por la osadía y valentía de desafiar su fuerza y pretender desprenderse de su esfera de dominio incondicional. Además que reconoce que las formas organizativas de un poder constituyente alientan a la unidad en la lucha en medio de la diversidad. Esta potencia constituyente se ha desplegado en América Latina y es la que continua apostando a la unidad regional como vía de acumulación de fuerza para enfrentar al poder imperial que se considera omnipotente, de allí su invalorable potencia e importancia mundial.

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RELEVANCIA DE LOS PROCESOS CONSTITUYENTES EN AMÉRICA LATINA

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Notas y citas

[1] Entrevista en Santiago de las Vegas, La Habana, el 21 de septiembre de 1959, Tomado de http://archivo.juventudes.org/ernesto-che-guevara/entrevista-en-santiago-de-las-vegas-la-habana-el-21-de-septiembre-de-1959.

[2] Expresión utilizada desde inicio del siglo XX, devenida del pensamiento de Miranda, Bolívar y luego José Martí, para referir a la unidad de identidad de pueblo luchador de América Latina y el Caribe contra toda forma de colonialidad. La importancia histórica de este término se explica, en gran medida, en el pensamiento bolivariano como parte de la unidad de integración latinoamericana y caribeña. Pensamiento que ha sido rescatado nuevamente en esta etapa de lucha latinoamericana.

[3] Kohan, Nestor, (2015) Apuntes sobre cultura, ideología y revolución (Aportes para una posible estrategia). Octubre, 2015, en un nuevo aniversario del Che. Tomado de Rebelión. http://www.rebelion.org/docs/204043.pdftomado

[4] Seoane José, Emilio Taddei y Clara Algranati. (2006) “Las nuevas configuraciones de los movimientos populares en América Latina”. Política y movimientos sociales en un mundo hegemónico. Lecciones desde África, Asia y América Latina. Buenos Aires, CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

[5] No podemos olvidar las luchas de todos las demás comunidades y pueblos indígenas, de todo el Continente, que de forma separa o en conjunto han resistido, hasta nuestros días, a la violencia del Estado, especialmente en Centro América, en los Estados Unidos y en el Cono Sur. No existe un espacio en este Continente donde las culturas originarias hayan podido salvarse de los genocidios y ecocidios programados para arrebatarles lo que históricamente le pertenece y que los colonos debían respetar.

[6] Seoane, Taddei y Algranati. (2006)

[7] Modonesi, Massimo y Julián Rebón (2011) “Introducción”. En Modonesi, Massimo y Julián Rebón [compiladores] Una década en movimiento. Luchas populares en América Latina en el amanecer del siglo XXI. Buenos Aires: CLACSO, mayo de 2011.

[8] Esa es la cultura de que todo fin justifica los medios, en un país que no rinde cuentas a nadie. Aunque sea en contra del prestigio de su propia cultura o imagen de país.

[9] Quién dude de esto que estudie lo que ha significado para los pueblos de LAC el pago de la deuda externa, a lo largo de su historia y su relación con la pérdida de soberanía nacional.

[10] Noragueda, Cesar (2015) Hacia una guerra de 14 años, publicada el 18/10/15 en la revista digital Hipertextual, disponible en https://hipertextual.com/2015/10/14-anos-guerra-de-afganistan

[11] El ataque terrorista del 11-S por parte de Al Qaeda en territorio estadounidense, con el fueron asesinadas más de 3.000 personas, cambió el mundo. Una de sus consecuencias fue que el Gobierno de George W. Bush, hoy último ex presidente de Estados Unidos, se decidiera por aplicar una política para luchar contra el terrorismo internacional con el eufemístico nombre de “agresión positiva”. Según este analista, la invasión de Afganistán ya estaba en los planes estadounidenses, ya que Richard A. Clarke, presidente del Grupo de Seguridad Antiterrorista en la con el presidente Bill Clinton y, luego, con Bush, propuso una acción militar encubierta en enero de 2001 para debilitar a Al Qaeda en el país… (Noragueda, 2015)

[12] Santos, Boaventura de Sousa (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo: Trilce.

[13] Piqueras, Andrés (2014). La opción reformistas: entre el despotismo y la revolución. Una explicación del capitalismo histórico a través de las lucha de clase. Antropos. Barcelona España: Siglo XXI editores.

[14] Santos, Boaventura de Sousa (2002) “El aprender de Génova”. Conferencia en el Foro social mundial. 29/08/2002. Disponible en http://www.forumsocialmundial.org.br/dinamic/es/boaventurapor.php

[15] Zemelman, Hugo (2009). “Desafíos de la actual coyuntura política en América Latina”. Ponencia IPECAL, México, marzo 2009. Instituto Pensamiento y Cultura en América Latina. http://www.uasb.edu.ec/UserFiles/363/File/pdfs/NOTICIASYSUCESOS/2009/ponenciazemelman.pdf

[16] El productor –material o inmaterial– no se relaciona con el consumidor, ni siquiera con el producto de su trabajo, al que extraña tanto en la esencia de lo que produce y de quiénes y cómo lo hacen quienes le acompañan en presencia o en silencio. El salario es lo identifica y clasifica a los seres humanos en el mercado, como vendedor de su fuerza laboral como valor de cambio, por un lado, y consumidor de bienes de acuerdo a su capacidad adquisitiva, por el otro, para despojarlo nuevamente de los obtenido por ese valor de cambio.

[17] Que lo vemos dramáticamente hoy en Colombia y México que se han constituido en los principales proveedores de droga a los Estados Unidos, de cocaína y heroína respectivamente.

[18] Como califica hoy al gobierno bolivariano, y que permite concebirlo como una nueva categoría clasificatoria propia de su “superioridad hemisférica” aplicable a otras realidades.

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