Introducción

Los últimos dos años han sido muy difíciles para Venezuela, sin duda alguna. El hecho de que la sociedad venezolana no ha colapsado hasta los momentos es un auténtico milagro, y ese milagro pertenece al heroico pueblo venezolano. Es ese pueblo el que ha aguantado una embestida tras otra, y aún su sociedad sigue funcionando. A penas funciona, quizás dirían unos, pero el hecho de que aún sigue es por sí mismo, una extraordinaria obra de paciencia y resiliencia, confirmando que el pueblo venezolano posee un umbral de dolor bastante elevado, al par de pueblos como el de Stalingrado en 1942-3, o el de la Franja de Gaza, desde el hurto de sus tierras en 1967.

Aunque los enemigos del pueblo venezolano no han logrado generar una verdadera guerra civil, los agentes que pretenden traer esa magnitud de devastación a Venezuela, si han conseguido simular ciertas condiciones socioeconómicas típicas de las sociedades en plena guerra civil. Durante la embestida del 2017 – y con la finalidad de derrumbar el gobierno – tristemente lograron por lo menos acercarnos, en ciertos sectores del país, a una guerra fratricida. Durante todo el año, nos quitaron la comida, los medios de comunicación, los medios de transporte, los billetes, el comercio, la capacidad de salir de nuestras casas, y a través de barricadas y francotiradores, nos quitaron las vidas, en ciertos casos.

Los sectores de la oposición en Venezuela, sin poder explicarnos las razones particulares de sus decisiones, pasaron de una postura de rebelión y sedición abierta y formal, de violencia civil con el fin de hacer colapsar el propio Estado y sus instituciones – y de esta manera recuperar el control del mismo, perdido desde 1998 – a una postura de participación política-electoral, durante las jornadas electorales de octubre y diciembre del mismo año (a pocos meses de encender las calles) para luego deslegitimar una vez más las instituciones del Estado, porque no lograron la victoria contundente que habían prometido, aunque tampoco lograron demostrar de manera contundente el “fraude” que supuestamente sucedió. Tampoco podemos entender cómo sus candidatos a la alcaldía de Maracaibo y la Gobernación del estado Zulia perdieron en diciembre de 2017, cuando tenían la victoria completamente garantizada, a raíz del abundante voto antichavista en el señalado estado. Primero reclaman que el proceso electoral no les otorga victorias, pero cuando las tienen garantizadas, tiran la toalla, inexplicablemente.

Los venezolanos de los años 2016 y 2017 han demostrado tener la capacidad de aguantar y sostenerse firmemente ante las embestidas de quienes desean ver al país en llamas. Existen muchos dentro y fuera de Venezuela que quieren – más bien, necesitan – ver al país encendido, pues el colapso de Venezuela posee una doble utilidad. La primera y más importante, es restaurar el ejercicio del poder absoluto – en todas las repúblicas latinoamericanas – a una clase o varias fracciones de clases, y a través de dicha restauración, se estaría restaurando – de manera indirecta – el menguante poder de una potencia anteriormente hegemónica, sobre todo el hemisferio. La segunda utilidad es meramente electoral. Mientras arde y se quema Venezuela, se puede emplear la misma como modelo o “arquetipo” de lo que puede suceder, si la gente en cualquier dado país de la región no “selecciona” bien, durante sus propios procesos electorales.

“Venezuela” (entre comillas, pues no nos referimos al país, sino la imagen), como es presentada (articulada) por los medios de comunicación globales y los líderes de la derecha regional, es una imagen no-meticulosa, imprecisa e incluso ficticia, pero altamente repetitiva, que pretende ser una representación gráfica (la cual posee un potencial de convencimiento más poderoso que cualquier palabra) de lo que sería el “castigo” que cualquier pueblo latinoamericano recibirá, si se atreve a votar por cualquier otra cosa que no sea los nuevos gobiernos empresariales de la región. Las victorias electorales recientes de la derecha en Argentina y Chile vinieron acompañadas del mismo lema: “nos salvamos de ser otra “Venezuela”. El mensaje es claro: O votas por los gobiernos empresariales, o destruiremos la economía y la sociedad de la misma manera que lo hicimos en “Venezuela”, y como ya todos saben, tenemos en la Casa Blanca a otro gobierno empresarial que los sofocará (financiera y políticamente) hasta la muerte, si no “eligen” bien.

Durante estos últimos dos años, le han lanzado al pueblo venezolano todo lo que se le puede lanzar, y hasta más. La idea es que ese pueblo reviente, queme su propio país, y facilite el reemplazo del gobierno existente por otro que ayude en la “reconquista” gringa de la región, luego que había perdido parcialmente su hegemonía durante la primera década del Siglo XXI. El francés Ignacio Ramonet escribió recientemente en un artículo titulado “Las Doce Victorias del Presidente Maduro en el 2017”, publicado en la página electrónica de Telesur, lo siguiente, a saber:

Lawrence Eagleburger, ex-Secretario de Estado del presidente George W. Bush, había reconocido abiertamente, en una entrevista a Fox News, que la guerra económica contra Venezuela había sido efectivamente diseñada en Washington: « Debemos usar las herramientas económicas–afirmó el ex-Secretario de Estado– para hacer que la economía venezolana empeore, de tal manera que la influencia del chavismo en el país y en la región se vaya a pique (…) Todo lo que podamos hacer para que la economía venezolana se hunda en una situación difícil, está bien hecho.» El actual secretario del Tesoro, Steven Munchin, confirmó oficialmente que las nuevas sanciones tienen por objetivo «estrangular a Venezuela».

Un Solo Patio

Es importante percibir las acciones de quienes guían y fomentan el caos en Venezuela, desde una óptica amplia y macro, es decir, la de la región en su totalidad, y no meramente la de cada país por separado, fragmentado de esta manera la realidad social de la región. Quizás algunos latinoamericanos aún siguen insistiendo – y con una mentalidad bastante insular – en la lamentable “Patria Chica”, pero para los gringos, Colombia es Venezuela y Venezuela es Brasil, y todos estos son Argentina y/o Chile, pues todos son territorios “más allá del Rio Grande”, en su visión altamente despectiva y soberbia. Cuando quien suscribe le informó a un gringo hace muchos años (esto fue antes de que ellos conozcan al Comandante Chávez, circa 1997) que su procedencia es de un país en el Sur llamado Venezuela, el gringo preguntó: “Which part of Mexico is that? (¿Cuál parte de México es esa región?). Esta mentalidad abunda entre la mayoría de los gringos, sean campesinos analfabetos, o graduados de “Harvard”.

Simplemente porque el territorio latinoamericano se encuentra dividido en una serie de repúblicas, eso no significa que los mismos constituyen una serie de “patios traseros”, en la cosmovisión anglosajona, sino un solo patio, aunque tenga varios “terratenientes” y “administradores”, pues el propietario de ese patio es uno solo: los anglosajones. Nadie más que los gringos conciben a América Latina de manera realmente holística, pero no precisamente por anhelos de unidad, obviamente, sino porque para ellos, cualesquiera que sean las diferencias entre los diferentes “administradores” de su “patio trasero”, todos son lo mismo para la autoridad imperial y sus diseños, y el administrador mexicano (Peña Nieto) es indistinguible del administrador argentino (Macri) o del chileno (Piñera). La única verdadera diferencia para los gringos es entre estos administradores recién señalados, y los latinos problemáticos que aún creen que América Latina es “libre”, “independiente”, “soberana”, “luchadora”, y el resto de todas estas nefastas ilusiones que empezaron con ese despreciable “hispánico”, llamado Simón Bolívar. ¡Que pesadilla ha sido ese hombre, después de casi 200 años de muerte!

Para los gringos, el territorio latinoamericano y caribeño es visto como una totalidad a ser sometida, dominada, y más importante, administrada – a través de agentes locales – para sostener la distribución global del trabajo (proveedores de materia prima y mano de obra barata) y contribuir en el crecimiento de los mercados globalizados – es decir, sus mercados. Por todo lo antes señalado, es importante que el caos en Venezuela logre destruir el gobierno y conlleve a la imposición – en Venezuela – de gobiernos de “transición” mientras se preparan gobiernos de largo plazo (de décadas, obviamente) que tengan “administradores” (por no llamarlos Presidentes) como Mauricio Macri, Pedro Pablo Kuczynski (PPK), y Sebastián Piñera, como también ex – presidentes como Horacio Cartes y Vicente Fox, es decir, lo que podemos denominar como “gobiernos empresariales”.

Tomamos aquí una pausa en nuestro análisis para aclarar este concepto. La noción de un “gobierno empresarial” pudiera ser vista como una evolución paradigmática del poder histórico de las clases burguesas.  Originalmente, y desde la Europa del Siglo XIX, la propia burguesía no asumía el trabajo “sucio” de la política y la administración del Estado, sino que permitía que las clases políticas existentes (por lo general conservadores, “nacionalistas” y la democracia social) luchen entre ellos mismos para determinar quien tendría el “honor” de representar los intereses de estas clases. En otras palabas, estos partidos tradicionales gobernaban oficialmente en nombre del “pueblo” (y por eso es por lo que se consideran como “democracias representativas”), pero en realidad legislan y operan en pro de los intereses de los dueños de los medios de producción.

Pero a raíz del fuerte desgaste de las clases políticas y los partidos tradicionales en los países latinoamericanos y caribeños durante los primeros años del Siglo XXI, y el surgimiento de gobiernos y movimientos sociales progresistas, las burguesías locales decidieron obviar el mando indirecto, a favor de protagonizar directamente en la administración del Estado y en las tareas de legislación nacional (la tarea más importante, ya que es la que introduce la legislación y el marco legal del neoliberalismo), con la finalidad de restaurar y consolidar el mando de sus clases sociales, y por ende lograr imponer las políticas económicas que favorecen sus intereses.

Teoría del Dominó

Retomando nuestro tema de análisis, recordemos que los anglosajones, y desde los primeros años de la primera Guerra Fría (1948 – 1990), siguen insistiendo en la mal llamada “teoría del dominó”, en la cual, si un país en una dada región “cae” en manos del “comunismo”, otros países automáticamente caerán, como un efecto “dominó” (es decir, cada “dominó” colocado en una fila de dominós, caería por efecto del dominó anterior en la misa). Inversamente, y en el sentido y el contexto latinoamericano, si un país clave como Venezuela se revierte al conservadurismo (los gobiernos empresariales), pues los otros países que aún persisten fuera del poder conservador deben revertirse – rápidamente – a su previa condición conservadora que mantenían durante la segunda mitad del Siglo XX (con la excepción de Cuba y la Nicaragua Sandinista, claro). De esta manera, se consolidará la anhelada restauración de la hegemonía hemisférica gringa, la máxima orientación estratégica que posee actualmente la República Anglosajona, para América Latina y el Caribe.

La estrategia es clara y válida, si tomamos a América Latina como una región en su totalidad, y no pretendemos separar lo que sucede en un país, de todo lo que sucede en los otros de nuestra región, como acabamos de señalar. Esto se hace más claro a través de varios ejemplos recientes, como por ejemplo los procesos electorales en Nicaragua y Honduras, durante el 2017. Si triunfa el gobierno sandinista en cualquier dado proceso electoral, las maquinarias políticas y mediáticas gringas y la de sus aliados conservadores en América Latina y el Caribe, inician un proceso de desacreditación de todas las instituciones del Estado nicaragüense, y se impone una serie de “sanciones”, cuestionando el proceso electoral y su legalidad.

Alternativamente, si un gobierno como el del Partido Nacional en Honduras no logra ganar un proceso electoral clave (como el de la Presidencia de la República), pero de todas maneras se requiere imponer la continuidad a un Presidente que no puede ser reelecto – constitucionalmente hablando – pues se diseña y luego se implementa el fraude más descarado posible, y se apoyan y se glorifican las instituciones del Estado que avalan y operan dicho fraude, hasta lograr la consolidación política de los administradores del indicado país (el Partido Nacional y su representante), a favor de los dueños del mismo (el gobierno de Estados Unidos).

¿Cuál es la gran diferencia entre la verdadera victoria electoral que fue vilmente desacreditada y atacada por los gringos en un país centroamericano (Nicaragua), y la falsa victoria electoral celebrada, legitimada y majestuosamente exaltada por los mismos anglosajones, en otro país centroamericano (Honduras)? ¿Cuál es el elemento clave que determina el tan contradictorio comportamiento estadounidense en relación con estos dos procesos electorales? ¿Qué genera estas dos respuestas completamente antagónicas por parte del mismo actor internacional (Estados Unidos)? Simplemente, la ideología o la orientación política de cada uno de los partidos triunfantes en ambos países centroamericanos, o más bien, la disposición de uno de estos a colocarse obedientemente bajo el manto del dominio hemisférico estadounidense, y el rechazo del otro a someterse a la política exterior de ese país, el cual sigue exigiendo incesantemente que le regresen su dominio hemisférico, perdido o deteriorado.

Entonces, Venezuela es clave para estos complejos macroprocesos, más allá del petróleo y los recursos naturales. Claro, las riquezas naturales del país son codiciadas, sin duda alguna, pero la mentalidad de los anglosajones en la Casa Blanca y el Pentágono, le otorga más prioridad – en la coyuntura actual y de corto plazo – al llamado “juego geopolítico”, juego en el cual la potencia imperial requiere de una “recuperación completa” del control político de la región, para poder separarla de sus rivales más importantes, sus contrincantes en esta nueva e inédita Guerra Fría (desde el 2008 (Guerra de Osetia del Sur) y hasta el presente): Rusia y la China.

El Regreso de la Guerra Fría

No son meras coincidencias que, en los últimos informes del 2017 emanados de la Casa Blanca y el Pentágono, regresa con fuerza el mismo lenguaje clásico de la primera Guerra Fría, expresando una preocupación profunda por parte de los gringos, ya no por los “derechos humanos” y la “democracia”, sino por la “penetración” rusa y china en su “esfera de influencia”, o alternativamente su “patio trasero”. Venezuela y Cuba, los sospechosos habituales y permanentes villanos de la película gringa, aparentemente son los “agentes locales” que facilitan la penetración rusa (casi la llaman bolchevique) y china en la región, creando “inestabilidad”, “peligro”, bla, bla, bla.

En diciembre del 2017, el gobierno de Donald Trump emitió su versión de la “Estrategia Nacional de Seguridad”, un documento que las distintas administraciones del gobierno federal estadounidense emiten cada año, pero que, en muchos casos, suele ser más “panfletario” y “mediático”, que un verdadero instrumento para la formulación de las políticas de Estado. No obstante, el documento si posee la gran utilidad de ser una “ventana” que nos permite ver adentro de la mentalidad anglosajona, cómo se perciben a ellos mismos y al mundo, y que desean y anhelan hacer con las vidas de los demás. Este documento es bastante habitual, como el texto estadounidense anual (lo emiten cada enero) que “estudia” y “condena” las violaciones de los “derechos humanos” en todos los países del mundo, salvo Estados Unidos. La administración de Trump decidió calificar a Rusia y China como los grandes rivales (competidores) de Estados Unidos, a nivel global:

…potencias revisionistas, como China y Rusia, utilizan la tecnología, la propaganda y la coerción para imponer un mundo que representa la antítesis de nuestros intereses y valores…

El documento de los asesores de Trump (no deseo declarar que es el “documento de Trump”, pues es muy probable que ni siquiera lo leyó) resalta “la evidente dependencia, tanto de Venezuela como de Cuba, con los países competidores (China y Rusia)”. El texto de la Casa Blanca indica que estos dos países euroasiáticos encontraron “espacios operativos” en el hemisferio gracias a Cuba y Venezuela, mientras que estos regímenes latinoamericanos “se aferran” a “anacrónicos modelos autoritarios de izquierda”. De acuerdo con un discurso recién pronunciado por el magnate Trump, la “China busca llevar la región a su órbita a través de inversiones y préstamos dirigidos por el Estado.

Los gringos, muy hipócritamente, resaltan que “Rusia continúa su fallida política de la Guerra Fría, aupando a radicales aliados cubanos, mientras Cuba continúa reprimiendo a sus ciudadanos. Tanto China como Rusia apoyan la dictadura en Venezuela, y están buscando expandir sus enlaces militares y la venta de armas a través de la región.” Curiosamente, cuando todo lo antes mencionado forma parte de la política exterior gringa, se exalta como acciones que buscan salvaguardar la “democracia” y la “estabilidad regional”, pero cuando lo mismo forma parte de la política exterior china o rusa, es prácticamente el fin del mundo.

Otras secciones del documento dejan claro cómo los gringos perciben el mundo y la región latinoamericana y caribeña. El grado de soberbia y narcisismo que posee el documento es una fiel y precisa reflexión de la naturaleza del actual inclino de la Casa Blanca:

Los Estados Unidos intentará entablar alianzas con Estados que tengan ideas afines para promover las economías de libre mercado, el crecimiento del sector privado, la estabilidad política y la paz (aquí se refiere a los “gobiernos empresariales” de nuestra región). Debemos seguir profundizando nuestra influencia en el extranjero, para proteger al pueblo estadounidense e impulsar nuestra prosperidad. Los aliados y socios de Estados Unidos potenciarán nuestro poder y protegerán nuestros intereses comunes. Esperamos que asuman mayor responsabilidad en la lucha contra amenazas comunes…

Tenemos amplias razones para asociar directamente la restauración del conservadurismo en América Latina y el Caribe, con la restauración de la hegemonía estadounidense sobre el hemisferio. El documento de los subalternos de Trump lo deja todo bastante claro, quizás con un lenguaje jamás antes visto, en su sinceridad y claridad. Clinton y Obama hubieran dicho lo mismo, pero con frases y expresiones que por lo menos tratan de ocultar un poco estos objetivos y deseos altamente imperialistas y chovinistas.

Ahora bien, la edición del 2017 de la “Estrategia Nacional de Seguridad”, es bastante interesante para el análisis desde una perspectiva académica, a raíz de su pobre conceptualización teórica. El documento alega lo siguiente, a saber:

La estrategia (del documento) articula y promueve el concepto del realismo basado en principios que propone el Presidente.

Es una estrategia realista, pues reconoce el rol central del poder en la política internacional, reafirma que los Estados fuertes y soberanos son los que aseguran mayores garantías de un mundo pacífico, y define claramente nuestros intereses nacionales.

Se basa en principios porque se fundamenta en promover los principios estadounidenses que favorecen la paz y la prosperidad en el mundo.

Quienes poseen una concepción mínima de lo que implica el realismo político, pueden fácilmente discernir las obvias contradicciones que se encuentran en este documento, y por ende la ausencia de criterios claros, precisos y sobre todo coherentes sobre la política exterior y las relaciones internacionales que posee el “equipo Trump”. El realismo político, como fue dictado por Tucídides, Maquiavelo y en su encarnación gringa, por Hans Morgenthau, no comparte “valores” con cualquier otra concepción (como, por ejemplo, los supuestos “principios estadunidenses”). Aunque el realismo político es una mera receta para construir y mantener imperios, no obstante, esta ideología que pretende ser teoría política suele ser muy estricta sobre el tema de los “valores”, ya que el sistema internacional es anárquico y se caracteriza por existir en forma de un “estado de la naturaleza”, descrito por Thomas Hobbes (vea la obra “Leviatán”), por lo cual los “valores” no deben interferir, limitar o definir las acciones de los Estados, en ninguna circunstancia. En pocas palabras, o tienes una estrategia “realista”, o tienes una estrategia con “valores”, empero no puedes tener las dos, ya que sería una inmensa contradicción teórica (y práctica, obviamente). Incluso, una de las características fundamentales del realismo político es la ausencia de cualquier tipo de valores, ya que la “moralidad”, la “cooperación” y la “justicia” no encajan en las acciones de los Estados.

Todas las administraciones estadounidenses – excluyendo la del Magnate Trump – han evitado emplear el lenguaje realista en sus documentos oficiales (por lo menos en los oficiales, aunque en la práctica, suelen ser bastante realistas), ya que dicho lenguaje entra en graves contradicciones teóricas e incluso hasta epistemológicas con los “valores” que los gringos suelen emplear repetida e hipócritamente para legitimar y legalizar la destrucción de otros países, valores como los derechos humanos, la democracia, la institucionalidad, el multilateralismo, el respeto al derecho internacional, etc. Por lo cual, las administraciones anteriores solían emplear en sus documentos oficiales un lenguaje típico del “liberalismo internacional” de los tiempos de Woodrow Wilson, como camuflaje discursivo que pretende ocultar sus verdaderas intenciones imperialistas, sus invasiones y sus sanciones, todas concebidas con la propia lógica realista, pero sin el empleo formal y directo del lenguaje de esta ideología netamente imperialista.

Lo de visualizar la política exterior desde una ideología particular (el realismo político), pero presentarla formalmente empleando el lenguaje de otra (el liberalismo wilsoniano), naturalmente, suele crear una política exterior altamente hipócrita, inconsistente y de doble moral, pero por lo menos ayuda a “limpiar” la imagen de los gringos: los hacen ver como agentes de “civilización” y de “paz”, mientras que sus manos están constantemente empapadas con la sangre de los pueblos del mundo. Pero a raíz de la pobreza intelectual y estratégica del “equipo Trump”, hasta este camuflaje académico e intelectual se les escapa de sus manos, y en vez solo lograron generar el disparate que se evidencia en el documento antes indicado.

Retomando nuestro tema, el colapso de Venezuela, como anteriormente el colapso de Irak y Libia, es meramente una etapa más en un proceso previamente planificado, y que posee como objetivo primordial retomar el dominio hemisférico que la República Anglosajona había consolidado en 1948 con la creación de la OEA, y que luego perdió parcialmente con la oleada de gobiernos progresistas durante la primera década del Siglo XXI. A criterio de quien suscribe, la máxima expresión de resistencia que exhibieron esos gobiernos progresistas se puede hallar en la desarticulación del ALCA, en el año 2005 (Cumbre de las Américas, Mar del Plata). Ese fue un golpe demasiado duro para el imperio gringo, como también fue la creación de foros regionales como la CELAC y UNASUR.

Por todo lo que acabamos de señalar, la destrucción de Venezuela es de vital importancia para los gringos, quizás mucho más que la destrucción de Cuba, ya que el “régimen” chavista se instaló a través de procesos electorales legítimos y populares, y por ende representa una alternativa no-violenta para los marginalizados de América Latina y el Caribe (y quienes no son los preferidos aliados de los gringos), algo sumamente peligroso para los gringos y sus aliados conservadores en la región, obviamente. La destrucción de Venezuela sería un hito en el largo camino hacia la recuperación de la región, por parte de la potencia hegemónica, o anteriormente hegemónica. Solo con el tema del bloqueo financiero, tenemos más que suficiente para sustentar nuestra tesis. Aquí les presento otro pequeño extracto del artículo de Ramonet, recién citado:

En cuanto al bloqueo bancario, a lo largo de 2017, y en particular después de las sanciones de Donald Trump, las cancelaciones unilaterales de contratos se multiplicaron. En julio, por ejemplo, el agente de pago Delaware informó que su banco corresponsal, el PNC Bank de Estados Unidos, se negaba a recibir fondos procedentes de PDVSA. En agosto, Novo Banco de Portugal notificó a Caracas la imposibilidad de realizar operaciones en dólares por bloqueo de los bancos estadounidenses intermediarios. Más tarde, el Bank of China Frankfurt, aliado de Caracas, tampoco pudo pagar 15 millones de dólares adeudados por Venezuela a la empresa minera canadiense Gold Reserve… En noviembre, más de 39 millones de dólares -por pago de 23 operaciones de compra de alimentos para las fiestas navideñas- fueron devueltos a Caracas porque los bancos intermediarios de los proveedores no aceptaron dinero de Venezuela…Por otra parte, a principios de septiembre, se conoció que la empresa financiera Euroclear, filial del banco estadounidense JP Morgan, bloqueó un pago de 1.200 millones de dólares efectuado por el gobierno bolivariano para adquirir medicamentos y alimentos. Eso impidió la adquisición de 300.000 dosis de insulina… Al mismo tiempo, un laboratorio colombiano, perteneciente al grupo sueco BSN Medical, se negó a aceptar el pago por Venezuela de un cargamento de primaquina, medicamento para el tratamiento del paludismo y la malaria.

La Derecha Latinoamericana Avanza

Los gobiernos de derecha en América Latina se encuentran en un proceso de regeneración política, a través de métodos legítimos (Macri, Piñera, PPK), o ilegítimos (Temer, Juan Orlando Hernández), pero en todos los casos, estos poseen una gran ventaja, la misma que tantos observadores latinoamericanos les han criticado recientemente: son verdaderos lacayos y agentes de los gringos. Pues sí, es verdad, son meros administradores del poder estadounidense en sus respectivos países, pero las ventajas que se derivan de ser lacayos del imperio son innegables: el liderazgo único, la protección que reciben en los medios de comunicación globales y regionales, el financiamiento – o por lo menos que no le cortan el acceso al circuito financiero global, como le hacen a Cuba y Venezuela – y el encubrimiento de sus pecados políticos – hasta cierto punto – pero más importante, el encubrimiento de los pecados económicos, como el incremento de la pobreza y la profundización de las desigualdades.

Los gobiernos progresistas no tuvieron (o quizás no aceptaron) un liderazgo fuerte, no tenían (o tienen) un “norte” tan claro como los actuales gobiernos neoliberales, los cuales ahora dominan la mayoría de los países de la región. La derecha regional tiene un incuestionable líder, que quizás esté un poco segmentado, entre el departamento de Estado, la Casa Blanca, el Congreso y el Pentágono, pero es definitivamente homogéneo en sus exigencias y estrategias. Estos gobiernos igualmente no necesitan inventar nuevas políticas o medidas socioeconómicas, ya que la receta del Consenso de Washington fue elaborada hace décadas, y aun es completamente válida para ellos y sus objetivos macroeconómicos, como nos demuestra tan claramente los actuales gobiernos de PPK, Macri, Temer, Piñera y Peña Nieto, entre otros.

La agenda económica de la derecha en nuestra región es bien sencilla y clara, mientras que la agenda política es quizás un poco más compleja, pero en todo caso se aplica de manera sencilla: desvirtuar la diversidad política y electoral en sus respectivos países – a través de la destrucción de cualquier fuerza política-electoral progresista que tenga un chance de retomar el poder – con la finalidad de producir un sistema partidista nacional ideológicamente homogéneo: uno o más partidos de una forma de derecha (“democracia social”, un partido “liberal”, o “laborista” al estilo británico o español) y otro (s) partido (s) de otra forma de derecha (Partido Conservador, “nacionalista” o incluso fascista, si sea necesario).

Durante la primera década del Siglo XXI, pero particularmente entre los años 2006 y 2012, los gobiernos progresistas de América Latina y el Caribe demostraron una gran capacidad para dominar los escenarios electorales nacionales y asumir la jefatura de sus Estados, a través del sufragio popular. No obstante, aunque llegaron a ser mayoría en Sur América, igualmente lograron convivir con gobiernos de derecha, como los de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Pero al ver que la tendencia izquierdista se revierte paulatinamente en la región, ¿cómo se comportan ahora los gobiernos de derecha?

Con los nuevos triunfos de la derecha regional – en su nueva encarnación “empresarial” – inició el proceso de “liquidación” de la izquierda a nivel hemisférico, proceso que sigue hoy en día con bastante éxito. Sebastián Piñera fue presidente y es Presidente, y si así lo desea, podrá serlo de nuevo. Los últimos dos presidentes de México – Fox y Calderón, ambos de pura derecha – viven alegremente sus vidas como ex – presidentes, sin problema alguno. Al contrario, nunca se permitirá que Dilma Roussef, Lula da Silva, Cristina Fernández de Kirchner, Manuel Zelaya o Fernando Lugo, regresen a la jefatura de sus respectivos Estados, y cualquier nuevo y potencial rival desde la izquierda, lo harán desaparecer del escenario político, antes que se convierte en una verdadera amenaza para los planes de restauración conservadora.

La Derecha y la Izquierda en América Latina

La gran diferencia entre los presidentes progresistas y los presidentes empresarios, es que los primeros fueron mucho menos agresivos que los segundos, menos hostiles, pero también menos pragmáticos, mientras que ahora los presidentes empresarios poseen un liderazgo único y fuerte que dirige la batalla (los gringos, obviamente), con una concepción bien guerrerista y clausewitziana, clara y firme en sus objetivos y sus alcances, entendiendo con claridad inmaculada que la consolidación del proyecto neoliberal en la región, pasa necesariamente por la liquidación de todo lo que pudiera representar legítimamente los intereses de los pueblos del Sur, aun cuando sea una pobre e ineficiente representación.

La izquierda latinoamericana no tuvo – y aún no tiene – ninguna de estas ventajas. No tuvo el liderazgo único, imponente, demagógico (si fuera necesario) y agresivo (lo cual efectivamente es necesario) que hoy en día posee la derecha latinoamericana, aunque sea un liderazgo demasiado intolerante, una aberración de la convivencia humana, pero si es ideal para el control, el dominio y la guerra, justo lo que estamos viviendo en América Latina y el Caribe, hoy en día. En otras palabras, el liderazgo gringo quizás no ofrece un “Apolo” (dios de la armonía y la razón en la mitología griega) o una “Atenas” (diosa de la civilización y la sabiduría), pero seguramente ofrece, o, mejor dicho, impone un “Ares” (dios de la guerra y la personificación de la brutalidad y la violencia).

La izquierda latinoamericana tampoco tuvo la ventaja de tener objetivos sencillos y fáciles de realizar. Sus enemigos, al contrario, si los tienen: restaurar el poder de las clases adineradas, implementar la receta neoliberal (receta que no tiene que inventar, sino importar), complacer ciegamente la política exterior gringa, incrementar las ganancias de los Presidentes empresarios y el resto de las clases empresariales, contener la furia popular a través de mecanismos preexistentes y estrategias diseñadas desde afuera y modificadas para la aplicación doméstica, controlar (o exterminar) los adversarios políticos a través de cualquier método posible, entre otras tareas sencillas (son sencillas cuando tienes el aparato estatal bajo tu control, claro).

Todas estas tareas y muchas otras son legalizadas, aprobadas y protegidas por la OEA y el departamento de Estado gringo, y su inmensa maquinaria mediática, política e institucional. Finalmente, y como ultima tarea, esta nueva derecha (la misma de ayer, pero con nuevo “ropaje”) debe entregar su sillón presidencial a sus reemplazos de la misma u otra derecha, sin importar las diferencias internas entre las mismas, como se puede ver en la transmisión del mando de Vicente Fox a Felipe Calderón, y de este a Enrique Peña Nieto, en el caso mexicano (veremos a López Obrador en un ataúd, antes de verlo en el sillón presidencial), o de Uribe a Santos (veremos a las FARC destruidas antes de que asuman la presidencia, naturalmente), en el caso colombiano. El sillón presidencial de todos los países latinoamericanos nunca debe escaparse de nuevo del control de la derecha, sea cual sea el costo en legitimidad y vidas.

El camino que le queda a los pueblos latinoamericanos y caribeños es largo y doloroso, ya que la restauración conservadora en la región se acerca a lograr el objetivo primordial gringo de consolidar una vez más su hegemonía hemisférica. Pero debemos señalar aquí que el catastrófico y nefasto daño socioeconómico, sociocultural y político que causa el neoliberalismo y las políticas económicas neoclásicas es, a la vez y paradójicamente, la mejor ventaja estratégica que puede poseer la izquierda latinoamericana: la generación y profundización de la desigualdad, la pobreza endémica y la destrucción sistemática de la justicia social. Como todos sabemos, en ciertos casos, las mayorías suelen traducir el dolor, la pobreza, la exclusión y la marginalización, en votos castigadores, aun cuando esa práctica es bastante peligrosa e irresponsable. Para que se logre una restauración progresista en la región, el daño que está causando y seguirá causando el neoliberalismo de Macri, Piñera, Santos, Peña Nieto, PPK y otros, debe superar cualitativa y cuantitativamente el “terror” y las amenazas que imponen las derechas regionales y sus medios de comunicaciones globales.

Venezuela como Elemento de Intimidación Electoral en América Latina

En pocas palabras, la amenaza es clara y contundente: vota por nosotros, o te transformaremos en una “Venezuela”. ¿Quieres tener a una “Venezuela” en tu propio país? ¿No? Pues vota por la derecha del momento, cualquiera que sea la misma (siempre y cuando esté aprobada por el departamento de Estado y avalada por el Pentágono), quédate callado, y regresa a votar en 4 o 5 años por la misma derecha, o si no, pues te impongo una “Venezuela”. La ecuación es simple de explicar, aunque sumamente compleja de apreciar, en todas sus dimensiones y consecuencias: Mientras el daño neoliberal no logre superar el umbral del terror y de las amenazas que impone la derecha, la región seguirá en el camino de retornar a las décadas de 1980 y 1990, hasta que se consolide el neoliberalismo, y con este, la hegemonía estadounidense sobre todo el hemisferio. Solo cuando el dolor de la pobreza y la marginalización supere el terror psicológico e ideológico impuesto sobre la población, se podrá detener o revertir la restauración conservadora en la región latinoamericana y caribeña. Como siempre, el asunto depende de los pueblos, sus decisiones, y sus acciones.

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