Misión Verdad.

13 de junio 2018.

Las mediciones más recientes de las preferencias de los electores mexicanos previas a las elecciones presidenciales indican lo que parece ser una inminente victoria de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). El candidato de MORENA (Movimiento Regeneración Nacional) aventaja por 17 puntos a su rival más cercano.

La posible elección de AMLO como nuevo presidente supone un viraje en la política mexicana, entre tanto concurren en este momento diversos elementos que componen la situación política de México a lo interno y externo, que son indispensables sopesar.

La figura política que irrumpe

AMLO, un hombre de izquierda progresista moderada, figura habitual en la política mexicana en años recientes, tiene en su background de dos elecciones presidenciales que, de facto, le han sido robadas. El fantasma del fraude sigue latente y puede completar el Hat-Trick.

Luego de deslindarse del Partido de la Revolución Democrática (PRD), AMLO fundó su propia organización: MORENA. Junto al Partido de los Trabajadores (PT) y otras organizaciones electorales, lograron aglutinar fuerzas sociales de la izquierda mucho más allá de los partidos y tener un gran asidero de representatividad en fuerzas y movimientos sociales desde diversas tonalidades, mediante sindicatos, gremios y sectores ampliamente definidos de la sociedad mexicana.

cdlpLa figura de AMLO ascendiendo a presidente viene ya políticamente comprometida, signada por demandas amplias de grupos que le apoyan. Quienes le adjudican el temerario referente de ser un “Chávez” en la política mexicana, lo hacen movidos por la expectativa de que pueda dar al traste con la tradicional política del país. Algo que parece en suma bastante cuesta arriba, no sólo por las condiciones que dominan la vida mexicana sino por la declarada vocación de AMLO como político: es un hombre pragmático e ideológicamente ambivalente desinteresado en hacer tambalear ciertas instancias sensibles del poder tradicional.

Su figura, sin embargo, supone un cambio de situación política para su país por tratarse del ascenso de una vigorosa fuerza que abiertamente confronta la visión y modelo de país que rige las inercias de México. Y esto es sumamente positivo.

El problema de cambiar estructuras de poder, sin tener el poder

Sobre México es necesario hacer varias salvedades. Una de ellas es que la realidad mexicana está sumamente regulada a expensas del tejido económico que se ha construido durante décadas mediante la configuración del poder político a la sombra del poder empresarial y financiero.

Este último se construyó alrededor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y la economía mexicana, histórico satélite de EEUU, la cual tiene entre sus debilidades la pérdida sistemática de la soberanía. Ganar la presidencia en México no implica obtener el poder. Implica sólo ganar una parte del poder político, el cual funciona como una gendarmería de intereses no legítimos dirigidos por la élite económica.

Aquí vale la pena subrayar la pérdida de la cualidad de “Estado-nación” de México como una realidad económica. La fórmula mediante la que AMLO asumirá la conducción de México, necesariamente lo relega a no confrontar ciertos espacios de poder. La fuga programada de capitales, la susceptibilidad del peso mexicano a devaluarse a consecuencia de estampidas, las vulnerabilidades sociales generadas por una economía que ordenadamente pauperiza a grandes sectores, sumando a esto el “dedo en el gatillo” de la Administración Trump con respecto a la erradicación de facto del TLCAN, son todos componentes de una economía bajo severo riesgo que se reviste en una implosión de las formas de gobernabilidad para cualquiera que “cruce la línea” e intente poner mano a los privilegios de la élite.

AMLO lo sabe, debe asumirse como un reformista que emprende espacios de confianza, tolerancia y permanencia con los poderes fácticos en su país, para poder maniobrar su primera etapa como mandatario. En consecuencia, AMLO debe lidiar con las contradicciones de su propio discurso frente a las leyes que ya están consolidadas y que rigen la vida mexicana.

Crear condiciones para la reversión de las desigualdades, favorecer a los sectores más empobrecidos y colocar el entramado económico al servicio de grandes aspiraciones sociales, tienen para AMLO el gran obstáculo de que, en México, el Estado es una figura pequeña en términos económicos. El neoliberalismo, el dominio de lo privado sobre lo público y la consolidación de una economía de mercado claramente restrictiva, dejan poco marco de maniobra. Transformar la realidad mexicana supone mutaciones profundas del tejido económico que no lucen nada fáciles.

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Esto infiere que el sentido de gestión económica de AMLO se organice alrededor de ciertas políticas sociales, el reacomodo de la hacienda pública, el desarrollo de las infraestructuras y programas vitales con impacto sensible en la población y la adecuación de una política económica que defienda lo público. Han sido esas sus propuestas económicas de campaña. Que han estado muy por debajo de las aspiraciones de sectores de la izquierda más ortodoxa, pero que han servido para no “ahuyentar” a su electorado con el referente de “comunismo a la cubana o a la venezolana”, que tanto se ha usado contra su figura como candidato.

México, a lo interno, como ejemplo de Estado fallido

Desde la presidencia de Felipe Calderón, la gestión presidencial se ha reducido a la ejecución de una burocracia para gobernar casi exclusivamente a los habitantes de la Ciudad de México. ¿A qué nos referimos con esto? A que la Ciudad de México, que conjuntamente con el estado de México componen una matriz demográfica de 30 millones de habitantes (una cuarta parte de la población mexicana), consiste en una burbuja urbana que aglutina la gestión de una parte medular de la vida política del país.

No ocurre así al norte y el sur de México, donde la gobernanza, el control del territorio, es algo en lo que el poder central ha dejado de existir en la práctica. El norte de México, particularmente, es un enorme espacio-territorio que de facto ha sido balcanizado. Se desprendió de las facultades de gestión del poder central y funciona mediante instancias locales atomizadas, fuertemente penetradas por la guerra y el narcotráfico.

En estas vastas áreas se han construido formas de gobierno paralegales, al punto de que la población se ha organizado en autodefensas para hacer frente al narcotráfico, por nombrar un caso.

El imperio del sicariato y su traslado al asesinato de más de 100 candidatos en estas elecciones mexicanas, evidencia una realidad muy cruenta. El concepto de Estado-nación se debilitó de manera dramática, una vez que se transnacionalizara el territorio, se consagraran consecuentes y profundas asimetrías sociales y el narcotráfico se impusiera como un apéndice del Estado al punto de convertirse en una expresión de poder real.

Para AMLO, el desafío de reintegrar el espacio-territorio mexicano y establecer el imperio del Estado, supone lidiar en varios frentes en simultáneo con una realidad conflictuada, determinada por factores que difícilmente se subordinarán y que no están dispuestos a perder espacios. La tragedia de México supone el debilitamiento de todas las estructuras legales de poder. Se trata, en definitiva, de una fragmentación de la institucionalidad tan profunda, que ha socavado todas las formalidades del ejercicio del poder.

En este ítem, AMLO ha privilegiado la paz como discurso y práctica. La regularización de la política y el diálogo son elementos que emplearía para revertir este cuadro de ingobernabilidad y violencia, enfrentando la fatalidad de contrariar a poderes que, si bien actúan por fuera del Estado, en buena parte del territorio tienen mayor autoridad.

Los desafíos de la política exterior mexicana

El cuadro de relaciones internacionales que podría recibir AMLO, de ganar la presidencia, es particular. El gobierno que le precede es, quizás, el más vapuleado en la historia reciente por parte de la Casa Blanca. AMLO ha ofrecido a la Administración Trump asumir políticas de contención de los flujos migratorios a EEUU como concesión para someter a discusión el levantamiento del polémico muro fronterizo, pero ante las particularidades de la actual política exterior estadounidense, el resultado debe calificarse por ahora como indecible.

Por otro lado, una ruptura unilateral desfavorable a México del TLCAN por parte de la Administración Trump es una amenaza en ciernes que obliga a redimensionar el relacionamiento económico de México de cara al mundo.

En otros temas, la posición de México frente a América Latina ha variado considerablemente desde la gestión de Enrique Peña Nieto. El mandatario saliente aceptó confiscar la que en años anteriores era una digna y respetuosa política exterior. La gestión de Peña Nieto se desbocó con respecto a Venezuela, extralimitándose y generando precedentes nefastos que convirtieron a México en un elemento activo contra Venezuela, al asumir posiciones protagónicas dentro de la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Grupo de Lima mediante la interlocución de una política verbalmente hostil.

En este sentido, la gestión de AMLO promete, en teoría, un cambio de situación, supondría un desescalamiento de las posiciones antagónicas contra Venezuela y sería un referente de un nuevo momento, cuestión que podría ser contraproducente para la agenda de presiones a nivel regional que capitanea la Administración Trump.

Sin embargo, es lo interno donde AMLO tendrá el desafío más grande: enfrentar la fatalidad de asumir un Estado que, desde el sexenio de Felipe Calderón, le bajó la cabeza al narcotráfico y al paramilitarismo.

Fuente: misionverdad.com

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