Ilustración: Ana Yael

Isabel Rauber[1]

febrero 2018

La salida (relativa) del Reino Unido de la Unión Europea y el triunfo de Donald Trump en las presidenciales de Estados Unidos detonaron las alarmas de los analistas geopolíticos del planeta. Para algunos, estos hechos eran poco menos que “detalles sin importancia” histórica; para otros, acontecimientos que anuncian la cercanía del cataclismo final de la globalización. Por derecha y por izquierda la confusión se generaliza, aunque sin adentrarse en analizar el sustrato de ambos sucesos. ¿Bajo qué argumentos la población apoyó el Brexit?, ¿buscando qué? ¿Bajo qué argumentos votaron por Donald Trump?, ¿buscando qué? ¿Por qué ocurren tales fenómenos?

El fracaso guerrerista-injerencista de la OTAN en Medio Oriente y, con ello, de los planes de la tríada imperial para consolidar su dominio unipolar en el mundo, fue marcado fundamentalmente por el avance de la coalición ruso-china en alianza con Irán y otros estados de la región. En virtud de ello, los motores del poder global del capital se disponen a reacomodar su estrategia de dominación global, conjugando el retorno a ciertas modalidades de proteccionismo nacionalista (en sus territorios cabeceras), enlazado con el libremercado (para sus expansiones internacionales), según lo requiera el actual proceso de acumulación a escala global del capital. Identificar los programas proteccionistas de Gran Bretaña y Estados Unidos como indicadores del fin de la globalización es ignorar la historia de los ciclos del capital y sus mercados: son predominantemente proteccionistas o ultraliberales de modo alterno según uno u otro camino garantice en cada momento el mayor aumento de sus ganancias. Es un circuito repetitivo y sin salida, que indica el agotamiento de la civilización nacida y desarrollada con el capital. El triunfo del Brexit y el de Trump sintetizan el giro actual del poder global, que con nuevos formatos, contenidos y alcances, marcan un punto de inflexión para un nuevo comienzo. Tener esto en claro es decisivo para los pueblos, para no equivocar el rumbo, ni las tareas, ni los horizontes de sus resistencias, luchas, creaciones y construcciones de lo nuevo.

Gobiernos populares y movimientos sociales: ¿esperanza e ilusión?

En sus construcciones cotidianas los pueblos van sembrando embriones de lo nuevo, abriendo cauces cada vez más nítidos acerca de la necesidad de ir articulando las nuevas experiencias sociopolíticas de las comunidades indígenas, de las comunas campesinas o urbanas y las de movimientos sociales diversos, en aras de identificar los elementos constitutivos de un horizonte común orientado hacia la construcción de un mundo diferente anclado en nuevos paradigmas histórico-culturales de pensamiento, organización y funcionamiento metabólico socio-natural, superadores del predominio del capital.

Los gobiernos populares, progresistas o revolucionarios que se constituyeron en Latinoamérica en los últimos veinte años han sido y son una resultante de tales procesos, a la vez que constituyen un paso más en la búsqueda y exploración de nuevos caminos posibles en tal dirección. Teniendo en cuenta el desenlace actual de algunos de estos procesos, la definición “caminos posibles” abre puertas, precisamente, a la formulación de interrogantes claves acerca del alcance sociotransformador de tales gobiernos y su articulación con el quehacer político en el presente y el futuro de los pueblos del continente y también de la izquierda.

El agotamiento del tiempo posneoliberal

El recuento crítico de los acontecimientos políticos del último período en el continente revela que los ejes de las propuestas que definieron el quehacer inicial de los gobiernos populares estuvieron marcados por la urgencia de responder a los desafíos impuestos por la catástrofe neoliberal y sus democracias “de mercado”.

Esto imprimió a tales gobiernos el sello “posneoliberal” como característica predominante, a la vez que definió tareas y sujetos.

Pero ese tiempo posneoliberal no sería eterno. Sintetizando, puede afirmarse que se agotó al finalizar la primera década; con ella, el ciclo “progresista” de los gobiernos populares abría las puertas a un tiempo de realización de transformaciones raizales.

Nuevos desafíos se perfilaban e imponían nuevas tensiones a los procesos iniciados por las sendas posneoliberales, planteando claramente a sus referentes políticos y gubernamentales la disyuntiva de arriesgarse a reajustar el rumbo hacia un horizonte poscapitalista o quedar entrampados en la lógica del capital.

Está claro que los gobiernos populares han tenido la decisión de enfrentar la avanzada ideológica, económica y cultural de los poderosos y lograr la continuidad de los procesos populares iniciados. Pero las opciones de cómo hacerlo y con quiénes estuvieron en dependencia de su posicionamiento ante la disyuntiva mencionada.

Gran parte identificó que la continuidad de los procesos resultaría de conservar los gobiernos y, por tanto, apostó a la reelección de los gobernantes o de figuras indicadas por estos. En aras de ello fructificaron incluso pactos de gobernabilidad con actores del poder del capital (que buscó y busca derrocarlos). Y entonces, los gobernantes populares “tropezaron” con la lucha de clases, supuestamente “superada” por la democracia. Y es así que, tal como señaló Slavoj Zizek, “…por lo general, después de un par de años, se topan con el dilema fundamental: ¿se atreven a tocar los mecanismos capitalistas o se deciden a ‘seguir el juego’? Si uno perturba los mecanismos, es muy rápidamente ‘castigado’ por las perturbaciones del mercado, el caos económico y el resto”. [Zizek, 2015].

Quienes apostaron por la conservación de los gobiernos populares, priorizaron:

  • Fortalecer los acuerdos de cúpulas aliándose con sectores del poder económico y político considerados “moderados” (cogobernar con los adversarios).
  • Aferrarse a la institucionalidad caduca y sus bases jurídicas, apostando a hacer “buena letra” para demostrar la “buena voluntad” democrático-institucional.
  • Ajustarse a la democracia propia del sistema democráticoburgués existente y su sistema jurídico, mostrándose “inofensivos” ante los poderosos, esperando tal vez no caer en su mira criminalizadora.
  • Correlativamente, se pusieron frenos al protagonismo popular y al proceso de cambios que florecía desde abajo, abriendo paso a sectores retardatarios y oportunistas que, de algún modo, se articularon con revanchistas, desestabilizadores y golpistas (de intención o de hecho).

Esto favoreció la germinación de contradicciones insospechadas entre el poder popular naciente (construido desde abajo por los pueblos) y el viejo poder constituido, paradójicamente –en estos casos– personificado por representantes del gobierno popular.

Y ello no sólo fue aprovechado por los sectores revanchistas sino también fogoneado intencionalmente para debilitar la base social de los gobiernos populares y, si fuera posible, sumarla a su proyecto opositor.

Estas contradicciones contribuyeron al desgaste político de los gobiernos, al tiempo que los sectores del poder desplazado del ejercicio del Ejecutivo reacomodaban sus mecanismos y herramientas de producción de hegemonía y consensos sociales a las nuevas realidades. Con el despliegue de la guerra mediática, estos sectores legitimaron o diluyeron sus acciones de guerra económica, ideológica y psicológica y relanzaron su estrategia injerencista.

El golpe ocurrido en Honduras, en junio de 2009, anunció claramente el fin del período de reacomodo y supuesta aceptación de las reglas democráticas por parte del poder hegemónico, y la apertura de una nueva era de acciones desestabilizadoras, destituyentes y golpistas en el continente.

Pero tales acontecimientos fueron, hoy se ve, subestimados, tal vez por otorgar excepcionalidad al “caso hondureño”, como antes también al proceso separatista que buscaba derrocar a Evo Morales (2007), o el ataque a Correa (2010), o la destitución de Lugo (2012), hasta que llegó el turno a los “grandes” como Brasil, Argentina, Venezuela… Está claro hoy que la “convivencia” democrática de proyectos diferentes es pura fantasía; que países soberanos con un modo de vida diferente al que requiere el colonialismo imperialista no serán tolerados por el imperio y sus lugartenientes locales en su “patio trasero”. Hoy, en “la era Trump”, los tentáculos del secular poder imperialista se revuelven, aggiornados, contra los pueblos del continente con renovada furia y ensañamiento. La disputa es prácticamente cuerpo a cuerpo, pero centrada en las mentes, factor clave ayer y hoy para la dominación.

Hay otros caminos…

 Los gobernantes que tomaron la decisión de profundizar los procesos populares de cambios iniciados, radicalizándolos cada quien a su manera, asumieron y asumen, por cierto, un camino lleno de incertidumbres y contradicciones. En tanto lo nuevo es inédito, es y será obra de la creación y empeño colectivos de los pueblos. La prueba y el error atraviesan estas experiencias; en ellas se configuran elementos del nuevo poder popular y van madurando los nuevos saberes acerca de él.

Optar por este camino de búsquedas habla de una definición política a favor de la vida, enlazada con la determinación de apostar a la conciencia y a la voluntad colectiva de los pueblos para conformar una nueva izquierda indoafrolatinoamericana, capaz de organizarse y constituirse en sujeto (político-social) popular articulado, para ir transitando, en medio de diversas contradicciones y conflictos, el camino de la creación y construcción del poder popular desde abajo, orientado hacia lo que un día podrá llegar a ser una nueva civilización.

Esta perspectiva estratégica revolucionaria –aunque algunos pretendan invisibilizarla tras el desesperanzador discurso del “fin de ciclo” o el “fin de la globalización”– late hoy en el continente, en los procesos populares de Bolivia, Venezuela, El Salvador, Nicaragua, Ecuador… y aguijonea la pulseada constante con los poderosos y sus apéndices locales. Contradicciones y amenazas florecen por doquier y convocan a los pueblos, a las organizaciones sociales y políticas y a los gobiernos populares, revolucionarios o progresistas, a hacer un alto en el camino, analizar las políticas actuales y la correlación de fuerzas, reflexionar críticamente acerca de lo realizado y definir –colectivamente– un camino a seguir: ceder para conservar (retroceder) o profundizar para avanzar (continuar los procesos de cambio iniciados, afianzando su orientación poscapitalista).

La adopción de uno u otro camino arrojará conclusiones muy diferentes para el quehacer político actual. Ellas configuran, por tanto, un punto neurálgico de bifurcación política de los procesos populares, progresistas o revolucionarios del continente: mantener (y defender) el statu quo alcanzado, abonando un camino de reformas restauradoras del capitalismo, o profundizar los avances revolucionarios[2] iniciados, apostando a la creación y construcción raizal de otra geometría del poder (popular) anclada en la participación protagónica de los pueblos, abriendo cauces a la refundación de la política desde abajo.

Aprendizajes claves para los pueblos

Las experiencias de los gobiernos populares significaron para los pueblos transitar por un conjunto de aprendizajes. Entre ellos, destaco aquí:

  • Quedó al descubierto –en los hechos– que gobierno y poder no son sinónimos, que las revoluciones democráticas no son sinónimos de la otrora “vía pacífica”; suponen la profundización del conflicto político como vehículo de la lucha de clases, anudada fuertemente con una profunda batalla político-cultural de ideas.
  • Un proceso revolucionario no se define como tal por el hecho de que militantes de izquierda ocupen cargos en el Estado y el gobierno, sino por abrirse hacia la democracia popular (participativa) para avanzar en la construcción colectiva de las nuevas vertientes del nuevo poder, el poder popular, desde las comunidades, las comunas, los movimientos indígenas, barriales, de campesinos, de mujeres, ecologistas, LGTB, etc.
  • La democracia no se circunscribe a lo electoral; es parte de una red constructora de los consensos sociales que garantizan la repetición de los ciclos electorales, acorde con los intereses de las clases a las que responde.
  • El crecimiento económico es importante, pero insuficiente.
  • La búsqueda, creación y construcción de una nueva civilización, superadora de la que está regida por los intereses del capital, implica crear, construir y sostener otro modo de producción y reproducción de la vida social, otro modo de vivir y convivir (el buen vivir).
  • La educación política, la batalla ideológica, es central. Y está anudada a la participación política, al empoderamiento. Este germina con la participación consciente y protagónica de los sujetos en los procesos sociotransformadores.
  • Caducó la concepción de la política desde arriba y a “dedo” propia del siglo xx, la subestimación de la política, y las viejas modalidades de la representación política que suplantan el protagonismo popular y fragmentan lo político de lo social.
  • Agotamiento de la fragmentación entre lo social y lo político, sus organizaciones y sus modalidades de acción y existencia. Articulación y construcción de convergencias marcan las bases para lograr un nuevo tipo de unidad (con diversidad).
  • Fin del maximalismo teórico y el minimalismo práctico propio de sectores (ultra)izquierdistas.
  • Fin del pensamiento liberal de izquierda y de las prácticas que, en virtud de ello, aíslan a la militancia de los procesos concretos de los pueblos, posicionándolas fuera de los escenarios concretos de las contiendas políticas.

Desafíos

Lo expuesto, en muy apretada síntesis de la compleja realidad actual, define campos de acción política para los pueblos. Entre ellos destaco:

  • Apostar a la democracia popular anclada en la participación, creación, definición y acción de los pueblos.
  • Articular los procesos de acción sociotransformadora con procesos de formación política encaminados a fortalecer la (auto) conciencia de los sujetos revolucionarios y su voluntad y capacidad de acción coyuntural con proyección estratégica.
  • Desplegar la batalla ideológico-cultural por la nueva civilización.
  • Se requiere con urgencia un profundo cambio de mentalidad y de actitud ante la vida. El predominio de la vieja cultura y los esquemas de los siglos xix y xx dejan a gran parte de la izquierda fuera del movimiento real de la vida social y, en consecuencia, también ajena a los sujetos de la nueva pobreza, y al nuevo proletariado emergente. La superación crítica de los paradigmas que guiaron los procesos sociotransformadores del siglo xx (aún vigentes) resulta ineludible.
  • Refundar la política: anudada al quehacer sociopolítico de los pueblos, con capacidad para construir hegemonía popular; con capacidad de construir las convergencias sociopolíticas entre problemáticas diversas y sus actores; con capacidad para impulsar la construcción de la fuerza social y política de liberación, motor impulsor de los procesos revolucionarios en cada país; con capacidad para promover las articulaciones y convergencias necesarias en cada momento para construir la conducción política colectiva del proceso sociotransformador en cada país, la región, el continente y el mundo (sujeto político popular global).
  • Apoyar procesos de renovación o renacimiento de la izquierda: de pueblo, participativa, creativa, propositiva, no competitiva ni sectaria sino articuladora. Capaz de abrir cauces a procesos raizales de empoderamiento popular desde abajo y de construir las convergencias colectivas hacia un horizonte común. Con capacidad, vitalidad, ética y moral para evidenciar aunque en balbuceos y pequeños logros, que otro mundo es posible porque existe ya en las prácticas y experiencias colectivas del presente.

La importancia de actuar

Es tiempo de crear, construir y transitar nuevos caminos. Y es bueno, en tal afán, además de quitarse las anteojeras de los viejos prejuicios y paradigmas, reconocer con humildad que “el pueblo” no es aquel sector afín al grupo partidario al que se pertenece, sino el conjunto diverso –no pocas veces disperso, fragmentado y contrapuesto– de sectores populares explotados por el capital, sean parte del viejo criterio de proletariado, sean nuevos pobres, nuevos proletarios, movimientos indígenas, movimientos ecologistas, de mujeres, de campesinos, por la identidad sexual, contra el hambre, por la paz, etc. En este sentido, resulta central tener presente que el proceso de superación del capitalismo es parte de un proceso histórico-cultural de creación y aprendizaje de los pueblos del mundo de un nuevo horizonte histórico, anclado en los principios del buen vivir y convivir entre nosotros y con la naturaleza.

En el laboratorio vivo de la experiencia cotidiana, mujeres y hombres del pueblo desafían al poder y sus personificaciones y, con ello, van desactivando las minas culturales, políticas y económicas del mundo del capital y asumiendo los riesgos que ello implica: equivocarse, chocar con limitaciones, dejar temas irresueltos, dimensiones diferidas o no contempladas en sus quehaceres; avanzar en todo lo que sea concretamente posible y tensar los procesos hacia lo que parece coyunturalmente imposible. De ahí que el aprendizaje y la devolución-retroalimentación crítica de estos procesos resulten claves.

Contribuir a ello motivó el presente trabajo. No pretendo poseer toda la verdad, sino compartir reflexiones con la aspiración de abonar el intercambio de ideas de un necesario debate estratégico colectivo, indispensable para la reconstrucción del movimiento de emancipación de los pueblos, que a la vez, sea la construcción de una nueva izquierda en indoafrolatinoamérica.

Fuente: Isabel Rauber, “Latinoamérica: ¿fin de ciclo o nuevo tiempo político?”, págs. 27-34 en Gerardo Szalkowicz y Pablo Solana, compiladores, AMÉRICA LATINA. HUELLAS Y RETOS DEL CICLO PROGRESISTA, febrero 2018, Editoriales Fundacion el Perro y la Rana, Venezuela; Editorial Sudestada, Argentina; La Fogata Editorial, Lanzas y Letras y Escuela Nacional Orlando Fals Borda, todas de Colombia.

Bibliografía citada

—Amín, Samir (2009): “El imperialismo colectivo: Desafíos para el Tercer Mundo”, Pasado y Presente 21, La Habana. En https://fisyp.org.ar/article/entrevista-a-samir-amin-elimperialismo- colectivo-/.

—Rauber, Isabel (2012): Revoluciones desde abajo. Ed. Continente-Peña Lillo, Buenos Aires.

—Rauber, Isabel (2017): Refundar la política. Ed. Continente-Peña Lillo, Bs. As. (en imprenta).

– Zizek, Slavoj (2015): “El coraje de la desesperanza”; Página/12. En: https://www.pagina12.

com.ar/diario/elmundo/4-277849-2015-07-25.html.

[1] Isabel Rauber (Posadas, 1953) es doctora en Filosofía. Profesora de la Universidad Nacional de Lanús y de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET). Educadora popular, estudiosa de los movimientos sociales latinoamericanos e investigadora de la UNESCO en estudios de género y medio ambiente urbano. Además, es directora de Pasado y Presente 21, y ha publicado más de una veintena de libros.

[2] Aquellos procesos que, sin proponerse un horizonte socialista, abren las perspectivas para sobrepasar al capitalismo. [Samir Amin, 2009]

 

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