La lucha no es solo el producto de la organización a partir de un grado determinado de fuerza. Antes bien, el proceso dialéctico vivo ve surgir la organización como producto de la lucha.

Rosa Luxemburgo

Potencia del poder popular constituyente y cambio raizal de la sociedad. II Parte[1]

En la primera parte de este artículo EL PODER POPULAR CONTRA LA NUEVA ARREMETIDA COLONIAL-NEOLIBERAL. Elizabeth Alves , pudimos apreciar como se mueve la intrincada red de producción mundial que mantiene el poder económico y el control político a nivel de las grandes corporaciones económicas opera bajo una racionalidad económica-social y política que tiende a profundizar aún más la desigualdad centro-periferia entre las naciones y al interior de ellas; en la que se impone la supremacía en todos los órdenes sociales, económico, político y cultural. En esta segunda parte, pretendemos dar una visión general cómo el saber comunal emancipador, como potencia del poder popular constituyente, da respuesta a la nueva arremetida colonial-neoliberal para ir configurando propuestas teóricas fundamentales desde la perspectiva histórica-dialéctica en la propia praxis transformadora de la realidad, en la que se coloca el acento en la creación de una sociedad postcapitalista. Se van comprendiendo las rupturas y continuidades del imperativo del cambio raizal hacia una nueva arquitectura de la praxis con sentido del buen vivir y del sano convivir. Praxis que se va configurando en la medida en que el poder popular constituyente reafirma su potencia de fuerza social emancipadora.

El imperativo de crear un nuevo orden de convivencia internacional

El carácter sistémico de la crisis lo sintetizamos en dos aspectos desde su lógica funcional constitutiva y desde su legitimidad práctica-política; en primer lugar, el que se relaciona con la lógica de la creciente e “imparable” acumulación de capital cada vez más concentrado como consecuencia de la “libertad de mercados y de empresas” garantizada por la institucionalización del derecho privado sobre el colectivo, y lógica, irracional desde lo humano y calidad de vida en general, que está desafiando riesgosamente los límites ecológicos del planeta y, simultáneamente, elevando los niveles de desigualdad social, que precariza y excluye a cada vez más sectores de la población mundial. Poblaciones enteras que se ven forzadas a desplazarse de sus hábitats tradicionales, por la lucha descarnada e inhumana de posesionarse de los recursos de los territorios donde están asentados; o quedarse en ellos en condiciones de refugiados en su propio territorio, y en niveles de sobrevivencia que va agotando su capacidad de resistencia; con tendencia a la híper-exclusión social con la pérdida creciente de los derechos ciudadanos en su propia patria. En segundo lugar, se enfrenta a una crisis de legitimidad institucional sistémica, estructural y conceptual, a nivel de los Estados-nación e internacionalmente en los órganos multilaterales que pierden su ya débil condición multilateral, con un descaro y violencia sin precedentes en las relaciones internacionales. La evidencia del manejo interesado en la condena o complacencia de la violencia bélica ejercida por unos gobiernos sobre otros, la permisibilidad en el abuso contra los derechos humanos y de la violación de los tratados internacionales en procura de una sana convivencia, amenazan severamente las relaciones bilaterales y entre bloques de naciones.

El mundo político en todo el Planeta está presenciando este triste y lamentable espectáculo en el que se destruye el principio de la multilateralidad, de forma abierta y descarada en la OEA, y todavía parecieran tener duda del control hemisférico que desde la doctrina Monroe, en el siglo XIX, hasta la actualidad ha definido la arquitectura del control hemisférico de Estados Unidos en este continente. Control que ha permitido plagar de hambre y miseria a los pueblos de América a nombre de la libertad, parafraseando a Simón Bolívar que lo advirtió mucho antes de que se definiera esta doctrina política en los gobiernos de esta poderosa nación. A los que aún duden requieren más evidencias históricas-concretas de las múltiples injerencias a todas las naciones de este Continente y quizá se comprenda también: ¿por qué somos un pueblo tan rebelde y luchador? y ¿por qué no hemos dejado de luchar en más de 500 años de colonización-capitalista? Las luchas de hoy, que enfrentan heroicamente muchos sectores, movimientos populares y comunidades enteras a nivel mundial, han sido las luchas de siempre, discontinuas y diferentes en su naturaleza particular; pero en esencia son las luchas contra el saqueo, el despojo de culturas y de recursos, por la identidad, por el derecho a vivir bien en el territorio, en paz y sana convivencia. No se diferencia en mucho al de otras latitudes, también sometidas y al interior de las naciones económicamente poderosas. Ahí está la clave de la fuerza, de la resistencia heroica de sus pueblos en el largo proceso por la independencia. Y es por eso que las luchas del hoy, las del siglo XXI, se comprendan como una lucha continuada por la independencia y soberanía de los pueblos, desde el Río Bravo hasta la Patagonia y, que hoy se reafirma en la memoria histórica donde emana la fuerza y posibilidad de unión. En el reconocimiento pleno de la diversidad.

Al afirmar la necesidad de descubrir la naturaleza teórica práctica que subyace en las nuevas formas de violencia simbólica y física del colonialismo neoliberal, como lo fundamental para definir estrategias de acción social transformadora, estamos reafirmando la necesidad de hacer diagnósticos vinculantes a ellas que permitan descubrir las contradicciones inherentes a ellas, y desenmarañar la realidad para descubrir y diferenciar lo relevante y lo urgente, diferenciar entre lo contingente y coyuntural de lo orgánico-estructural; y que además las políticas diseñadas se deriven de esa nueva forma de comprender la realidad, no solo en su fatalidad, donde tendemos a culpabilizar a los amigos, en sus evidentes errores y posibilidades reales de cambio, en vez de a los enemigos, en la aplicación de su racionalidad contraria a lo humano. Además en un contexto de injerencia desatada en la política interna utilizando la intervención y supremacía económica y bélica con fines de garantizar un modelo económico-social que profundice la dependencia-subordinación al poder hegemónico mundial. Se trata de comprender cómo se responde a la deuda social heredada de las consecuencias nefastas de las estrategias neoliberales a la población; y que se puede constatar en el retroceso de los índices de desarrollo humano integral, que no está asociado a los índices macroeconómicos del modelo de desarrollo capitalista que, por lo general, actúan de modo contrario, en crecimiento y desarrollo. Por ejemplo, el uso del PIB para evidenciar “crecimiento o progreso económico”, a pesar de estar en conocimiento que esta visión de progreso está disociada del desarrollo humano integral, que orienta el proceso anticapitalista[2].

Ya es evidente la manipulación de los representantes del poder hegemónico del capital, que direccionan los gobiernos y que defienden la continuidad del capitalismo al precio que sea, al hacer creer que el modelo alternativo ha fracasado por sus propios errores e incapacidad de lograr eficiencia gubernamental y para desvalorizar y ocultar la relevancia de la injerencia externa como lo determinante. Este es el relato impuesto por la burguesía y oligarquías de los Estados/nación, que incluye la ideologización a través de los medios de información de masa. Esto nos obliga a reflexionar acerca de la proporcionalidad en la valoración de las amenazas internas y externas y las estrategias para responder a ellas.

En medio de fuertes luchas por la hegemonías mundial existente y de ataques despiadados contra todo proyecto soberanista, no se pueden confundir los actores sociales confrontados estratégicamente con los adversarios en estrategias y acciones específicas y coyunturales. Las fuerzas externas injerencistas y los ataques a la soberanía nacional obviamente no son las únicas que actúan en contra de la continuidad de un proyecto de cambio, pero sería ingenuo subestimarla, al punto de coincidir con el diagnóstico de quienes atacan los proyectos de cambio social, para definir la prioridad de las políticas y de los momentos históricos en que se desarrollan las mismas. La ubicación ideológica no se garantiza por la pureza de los principios declarados ni sirve para enfrentar las amenazas externas incubadas, en la realidad interna y las amenazas internas como el burocratismo, la corrupción, el pragmatismo y la tendencia a la imposición de estrategias sin el debate necesario en la creación colectiva del cambio. En el debate entre lo interno y externo no pueden confundirse los responsables ni la magnitud de sus responsabilidades, porque se pierde fuerza ante lo externo en el cual no tienen ningún tipo de control pero si una posibilidad de unir esfuerzos para resistir y contrarrestar los ataques, enderezando las cargas en el mismo camino.

El capitalismo es injerencista de naturaleza desde lo más íntimo del ser individual hasta lo más global de la organización social y sistemas de gobierno. En él se pierde la libertad de pensamiento y de acción, así como la capacidad de vivir en sana convivencia solidaria. No se desarrolla si no establece la máxima competencia, entre sujetos, comunidades, pueblos y naciones, por tener mayor riqueza y supedita los medios a este fin. De allí que genera graves problemas éticos en cuanto a las relaciones entre los sujetos y con la naturaleza, cuando se pone en evidencia que obtener beneficio significa destruir o eliminar al contrario, como si existiera una guerra declarada de modo permanente a los demás, como única alternativa de crecimiento económico.

La relación centro-periferia, que se da a todos los niveles, no es una consecuencia de la existencia de naciones con diferente nivel de desarrollo sino es la clave del desarrollo de los países centro. De allí que la cooperación norte-sur no es un apoyo al desarrollo de los países dependientes sino la forma de desarrollar las relaciones comerciales bilaterales y multilaterales con dependencia, a favor de la racionalidad de la libre competencia y la sociedad de consumo, que preserva al capitalismo a nivel mundial. Por eso es vital afirmar que:

Si no se asume un proyecto anticapitalista y desmercantilizador, antiimperialista, anticolonial y anti-patriarcal y ecológico y no centrado en el Estado, difícilmente podrá hablarse de izquierda e incluso de progresismo sin vaciar de contenidos estas definiciones. En este sentido, un primer desafío es recuperar la idea de futuro y la ida de utopía, una utopía socialista “desde abajo”, fundada en el poder popular. Una utopía alejada de cualquier intento de reeditar formatos cércanos al socialismo real o la socialdemocracia (Mazzeo)[3].

La no subestimación del enemigo principal pasa por comprender la realidad de modo proporcional, para comprender la estrategia defensiva-ofensiva más efectiva y posibles de emprender con acciones contra el “enemigo principal” que obstaculiza el cambio, al desconocer precisamente la esencia de la lucha. El cual implica el rescate de la soberanía del pueblo, frente a una fuerza externa no controlable al interior de las naciones y de los sectores en lucha, sobre todo en una situación de combate abierto contra los sectores populares y los proyectos de cambio. Por eso apostamos a una visión de totalidad en la que se (re)configure una teoría sobre la praxis transformadora donde se valore el esfuerzo y la sabiduría para sobrevivir en la adversidad, sin abandonar el proyecto de cambio raizal. En el que siempre existirán errores y visiones contrapuestas que nos obligan a la unidad en la diversidad. Es el arte de la política que impugna el orden establecido y actúa en contracorriente.

Descolonización del pensamiento/desmercantilización del saber

El cambio raizal de un sistema social como es el capitalismo supone comprender su esencia y lógica funcional. Lo que se niega y se quiere superar. Como sistema de dominación hegemónica es necesario conocer lo que es fundamental suprimir para dejar libre el camino hacia la construcción de una nueva sociedad. Nueva sociedad por crear y que solo contamos con indicadores o señales que direccionan la configuración de metas y caminos para llegar a ella, como creación histórica permanentemente renovada en la praxis social.

Del análisis profundo del capitalismo histórico extraemos pistas sobre su negación constitutiva, sus límites y contradicciones básicas que permiten comprender el desarrollo de fuerzas contrapuestas, de las capacidades y potencialidades del pueblo que lucha en su contra y el modo en que emergen las alternativas sustitutivas de este sistema que lo oprime y roba su libertad. En la praxis social aprendemos que este sistema se sostiene por las relaciones de poder –de dominación y subordinación– hacia las mayorías, para que una minoría disfrute de las riquezas que producen estas mayorías a nivel mundial. También aprendemos que para mantener su hegemonía imponen y mantienen un sistema de organización social y de gobierno, dentro de la ideología liberal burguesa, para legalizar el derecho privado sobre el colectivo, la libre competencia de empresas y de mercado –como estímulo al desarrollo y progreso del propio sistema– y crea mecanismos, cada vez más sofisticados, para limitar y coartar la voluntad política de los pueblos a decidir sobre su destino. Eso explica la eliminación sistemática de la equidad y justicia social en el ejercicio de los derechos sociales, políticos y económicos, así como del incremento de la violencia simbólica y física, amparada e institucionalizada por el propio Estado para favorecer de forma descarada a las élites del poder.

Esta organización social en cada Estado/nación está fuertemente articulada o amarrada a la economía de mercado en todas sus formas, mercado de fuerza laboral, de productos –materiales e inmateriales– y financiero. Lo que coloca el centro del poder fuera de los Estados, que median para establecer las alianzas estratégicas que garantizan el crecimiento desmesurado y desenfrenado, que se ha convertido en una amenaza a la vida en el planeta. Afecta a todos las formaciones socio-estatales, aunque de forma desproporcionadamente asimétrica y desigual al interior de ellos y a nivel mundial. Evidencia, a nuestro criterio, que se trata de una lucha de clases, no solo entre naciones o entre pueblos de forma general, aunque en momentos tome esta forma. Este concepto permite guardar distancia de los que señalan la necesidad de corregir los “males sociales” que inevitablemente genera el capitalismo en su avance, que le dan la posibilidad de mantener al sistema “humanizándolo en algunas áreas” y utilizan como excusa las dificultades financieras, creadas por los “malos gobiernos” para cumplir con los compromisos sociales o, peor aún, de la “desconsideración de la gente que quiere vivir más allá de sus posibilidades”, léase capacidad adquisitiva, reducida sistemáticamente por la propia lógica sistema. Las dificultades financieras las han creado los propios gobiernos al desviar las ganancias al gran capital, con distintos artificios y justificaciones, y las posibilidades de vida digna se las arrebatan estos gobierno a los sectores populares al subordinarse al capital internacional, y a las leyes del mercado mundial capitalista, sacrificando los intereses nacionales-colectivos y el bienestar de la población.

La posibilidad de mejorar en el capitalismo para elevar la justicia social no es un problema moral ni ético para el gran capital, sino una lucha de intereses que tiene que triunfar a cualquier precio; por tanto, es poco menos que imposible “humanizarlo” porque está en la esencia misma de la racionalidad del sistema la cosificación del ser humano al convertido en mercancía. Más aún en este siglo donde el capitalismo histórico está en una fase degenerativa en la que tiende a incrementar la dominación-subordinación con rasgos nuevos e institucionalizaciones de una violencia distinta a las convencionales, contenidas en el mal llamado “derecho internacional”, y haciendo uso indiscriminado del poder económico y bélico para someter y eliminar cualquier rasgo de autonomía y soberanía.

Azcurra (2018) [4] en su debate crítico con los teóricos de la transición al socialismo, que atribuyen al propio Marx la expresión de “males sociales”, para sustentar sus propuestas, afirma que terminan distorsionando el pensamiento marxiano y con ello su base argumentativa en el debate sobre la materia. Coincidimos con esta visión ya que al defender esta posición se deja de lado los términos en que se desarrolla la lucha social contra la explotación del ser humano, y que es precisamente en esta confrontación antagónica donde se eleva la conciencia de lucha en la lucha misma y se fortalece el poder popular que impugna y crea condiciones reales para un cambio raizal de la sociedad.

Para Marx, la situación social y económica de la clase obrera fue siempre planteada y examinada en términos de lucha de clases. Por tanto, las condiciones de vida de los trabajadores no eran “males sociales” sino el resultado inevitable de la explotación despótica del capital sobre el trabajo. Esto permite fortalecer a la clase obrera y de su unión para enfrentar y derrocar a su enemigo, el capital y la burguesía. La expresión “males sociales” tiene un fondo de carácter “ético” que no es posible encontrar en el análisis materialista de Marx (Azcurra)[5]. En términos concretos podemos resumir que lo fundamental para cambiar el sistema capitalista es eliminar la relación antagónica capital/trabajo asalariado como esencia de la lógica y racionalidad que mueve al sistema. Lo que significa que mientras no se comiencen a minar las bases que sustenta la lógica funcional del capitalismo no existirá transición posible al socialismo. No es un problema temporal y mucho menos de etapas prefijadas –propios del determinismo histórico– sino de acciones concretas que implican rupturas, y que van más allá de la reformas necesarias y urgentes, que el mismo sistema admite ante una eventual impugnación y deslegitimación social, y que históricamente ha demostrado fuerza y poder –económico y bélico– para revertirla a su favor, una vez que ajusta los efectos de sus estrategias.

Por tanto, se requiere descubrir bajo qué circunstancias se acepta una condición que oprime y deshumaniza al ser humano y lo convierte en un objeto mercantilizable, que degeneró en una esclavitud asalariada para las mayorías sociales en nombre de la libertad. Que se expresa con diferencias de fondo, de acuerdo al lugar que ocupen los sujetos en las relaciones jerárquicas de la organización del trabajo y la sociedad, y la ubicación de la formación socio-estatal en la división mundial del trabajo –centro/periferia-colonial. Estas relaciones fundamentales han conducido a la mercantilización de toda la vida en sociedad, a la pérdida creciente de espacios democráticos y a la colonización del pensamiento-acción, con características propias que se requieren profundizar para construir un verdadero programa de transición. Programa que no es generalizable, como la mayoría coincide, pero que tampoco puede partir de un análisis-crítico equivocado –o confuso– de lo que es la esencia del capitalismo histórico. En todo caso la transición es parte del proceso de construcción colectiva del cambio civilizatorio y, como tal, no existe ni manual ni leyes que la orienten de modo inequívoco; por el contrario es una producción creativa durante la praxis transformadora que nos obliga a contextualizar correctamente los aportes teóricos y prácticos de distintas experiencias de lucha anticapitalista en tiempo y espacio.

Las productoras y productores del saber, asociados y comprometidos con el cambio sistémico, deben tener conciencia de que se mueven en un campo de acción limitado por la carencia de democracia real, por lo que deben contribuir a derribar las barreras que lo atan y dificultan que el movimiento popular sea, cada vez, más amplio y participativo. Este proceso solo es posible desencadenando, con la fuerza que confiere la lucha por la liberación del ser humano en sociedad, la lucha por eliminar las ataduras a la sumisión y la dependencia a la mercantilización generalizada de la vida en sociedad, hoy globalizada a nivel mundial, como única forma de vida –y muerte– posible en este sistema.

Para comprender la dimensión que adquiere el campo intelectual en esta lucha de clases, aparecen los Think Tanks como centros de asesoramiento a gobiernos y a corporaciones económicas y como proveedores de información útil para diseñar estrategias de acción, siempre a favor del libre mercado y al desarrollo capitalista a nivel mundial. Cuentan con personal altamente cualificado y de naturaleza multidisciplinaria que investigan y producen informes al servicio de los países centro, en especial de Estados Unidos, los cuales pueden darle el uso a favor de sus intereses particulares y que, por tanto, se constituyen en un arma letal para los países periféricos y, en especial, los que mantienen una controversia con estos países. Esto los convierte en los tecno-científicos que contribuyen a orientar el mundo hacia la hegemonía capitalista. Con estas investigaciones desarrollan sus estrategias y justifican cualquier acción. Así que se constituyen en proveedores de un saber para ejercer la supremacía del colonialismo-neoliberal desatado en el siglo XXI.

Si lo vemos como expresión de una lucha de clases identificamos a los responsables y la fuerza de los contenidos de dichos informes, para avanzar en dirección contraria. Para elaborar nuestros propios informes que contribuyan a la producción de un saber liberador del sistema que nos oprime. En el terreno de lo social transitan sujetos colectivos que asumen su condición política e histórica para protagonizar un cambio raizal, en un ambiente compartido de reflexión-acción-reflexión, altamente creativo, en la búsqueda de alternativas de superación; que hacen uso provechoso de sus capacidades y habilidades de razonamiento, para comprender su realidad, al quitarse el velo que nubla el entendimiento. Se trata de romper con la posibilidad que niega adquirir el carácter estratégico que exige el cambio social, para que las acciones dejen de estar descontextualizadas y aisladas; para que las luchas dejen de ser meramente reivindicativas y minen los cimientos del sistema; para que se profundicen las luchas más allá de lo urgente y lo coyuntural y adquieran dimensiones históricas, estructurales y sistémicas.

Advertimos, sin embargo, que el propósito de toda investigación lleva en sí misma la necesidad de validar su potencial de aplicabilidad e impacto real del sentido que prefigura, de manera intencional, la orientación de la sociedad. Por eso afirmamos que la validación de los resultados emerge de la necesidad-compromiso de comprender la transformación de la realidad como un imperativo social. Por tanto, se niega la probabilidad estadística por reduccionista y limitada para validar el proyecto de futuro[6], y se sustituye por la configuración de tendencias históricas de relaciones sociales dialécticas. Que visualicen la complejidad de la realidad, desde una visión orgánica, donde la diferencia es tan importante como lo aparentemente igual, lo general y particular no sustituye a lo singular, y se integran para definir las claves del movimiento de la historia. Esto puede permitir invalidar los resultados de una investigación para inferir soluciones, cuando en ella subyace no solo una visión distinta de la realidad, sino que además que se ha usado un método que conduce a otra verdad distinta a la vivenciada por los sujetos que demandan tal investigación.

Para comprender este campo intelectual reiteramos lo señalado por Bourdieu[7], al afirmar que las partes constitutivas del campo intelectual, que están colocadas en una relación de interdependencia funcional, resultan, sin embargo, separadas por diferencias de peso funcional y contribuyen de manera muy desigual a dar al campo intelectual su estructura específica”. De esta manera Bourdieu nos introduce en la constitución orgánica de este sistema que produce las interacciones y relaciones con las distintas instancias y sistema de agentes con los intelectuales, que son reconocidos por “su posición en esta estructura y por la autoridad” que pueden ejercer. Lo que le permite afirmar que este reconocimiento siempre estará mediatizado por estas instancias que dominan, como son “el sistema de enseñanza, las academias o los cenáculos” que realmente validan o no dicha autoridad intelectual en el marco del sistema constituido.

Quizá entonces el problema más importante sea el poder tener fuentes confiables en la información así como de los resultados de las investigaciones, ya que la gran mayoría está al servicio del poder económico o forman parte de él. Los medios de comunicación privados y los centros de investigación de alta tecnología están financiados por las grandes corporaciones o forman parte de ellas. En la actualidad “hay seis grupos mediáticos que controlan casi el 99% de la información que circula en el mundo” (Diez)[8]. Esto indica que el poder constituido sobre la lógica de la competencia y la libertad individual por encima de la colectiva –que favorece abiertamente a las élites privilegiadas de la sociedad– produce mentiras, medias verdades, distorsiona resultados y mensajes, crea falsas imágenes y oculta informaciones claves para comprender lo que sucede; con distintas herramientas que permiten controlar las conciencias y alienan el sentido común.

El que estos relatos sean asumidos de modo crítico o aceptados sin mayor dificultad, dependerá del vacío que se requiera llenar para encontrar o articular respuestas, más o menos racionales y creíbles, para comprender a la situación o justificar posibles vínculos con la vida cotidiana. Los vacíos se llenan con lo que se tiene a mano, aunque no exista confianza plena en ello. Y los contenidos, estructurados como relatos, cobran sentido lógico, aunque parezca un absurdo, en las relaciones sociales y culturales en la que están insertos. Es por eso que el poder hegemónico realiza esfuerzos porque el mensaje cale y tenga significado para la ciudadanía que se quiere controlar y manipulan.

Lo que está planteado, entonces, es la creación de nuevos relatos con indicadores y métodos apropiados para validar las informaciones obtenidas de la realidad. Distintos a la ciencia que sostiene el poder hegemónico del capitalismo histórico, contra el que se rebelan. Por lo tanto, deben ser diseñados, recogidos y procesados por quienes luchan por el cambio social y están implicados en un proyecto que direcciona su pensamiento y acción. Esto no compromete la rigurosidad científica sino que subordina a la ciencia a los intereses del bienestar de la población y de la preservación de sus culturas asentadas en territorios como hábitats compartidos, cruelmente amenazados por la voracidad del capital. Una ciencia que libera, a los sujetos políticos, de la cultura alienada del saber en sus propias praxis investigativas. La ciencia al servicio del pueblo, no subordinada al capital y su mercantilización desatada, demanda información devenida de fuentes creíbles y confiables en la construcción de sus propios relatos y argumentaciones, para avanzar en el propósito de crear la sociedad de lo común. Asimismo exige comparar, con rigurosidad crítica y reflexiva, el avance o retroceso real del proceso de cambio social prefigurado, y de su impacto en la cultura del sujeto político e histórico que se va creando en la acción. La potencia cognitiva que se produce en estos encuentros de conciencia, durante el proceso de investigación científica, es parte constituyente de la democracia participativa que desencadena procesos significativos de cambio raizal de la sociedad[9].

La redefinición del nacionalismo, las soberanías, las autonomías como fenómenos oligárquicos o democráticos, de resistencia, emancipación o liberación, solo se puede lograr mediante análisis histórico-políticos concretos que incluyan a las comunidades, las clases y sus mediaciones en distintas escalas, desde la local hasta la mundial. Solo así se puede plantear un proyecto práctico y utópico de democracia universal con autonomías y soberanías articuladas desde las comunidades locales pasando por las nacionales y las regionales hasta la «comunidad humana», que hoy suena como una frase hueca, tan hueca como «el derecho a las diferencias» que se plantea y defiende haciendo caso omiso de los nuevos fenómenos de dominación y apropiación del excedente por el capital corporativo y sus redes multinacionales y multilocales, internacionales y transnacionales. (González Casanova)[10]

Para avanzar en democracia popular desde la herencia de un sistema de representación, propia de un Estado liberal-burgués, es importante comprender que su esencia constitutiva favorece la supremacía intelectual de la clase dominante, y para ello mantiene el control del aparato ideológico del Estado. Por lo que cambiar a un sistema social de representación política que se funda sobre otras bases, implica hacer cambios estructurales y culturales de raíz. Según Rauber[11], pretender apoyarse en el pueblo para la toma de decisiones fundamentales es necesario crear modalidades colectivas de representación que –acortando las distancias entre representantes y representados–, liberen a los representantes del acto de suplantar a los representados y a éstos de la indiferencia y el extrañamiento respecto a la elaboración de las propuestas, la decisión y gestión del representante y los resultados que de ellas se desprenderán. Es desde este sistema político de gobierno a partir del cual analizamos los avances que se deben hacer para garantizar un cambio significativo de la sociedad que nos obliga a pensar, como señala Rauber[12], que se trata de inventar, buscar y probar nuevas formas de representación, asentadas en la participación integral (e interdependiente) de los protagonistas, que se constituyen en promotoras y potenciadoras del protagonismo colectivo, contribuyendo a hacer emerger a la clase y al pueblo como sujeto de su historia. Un sujeto con conciencia para avanzar, por su propia acción emancipada, en la descolonización del saber y se pueda abrir paso para ejercer la justicia intelectual que valora la sabiduría popular.

En otras palabras, la descolonización del pensamiento que exige su desmercantilización, implica superar el sentido común alienado, el sentido del absurdo de una sociedad que normaliza el sufrimiento de las mayorías como la racionalidad funcional sistémica, en el que solo un número absurdamente pequeño –mucho menor del 1% de la población– es tan inmensamente rico y poderoso que controla políticamente al mundo a su favor. Reduce la economía mundial al crecimiento de las tasas de sus ganancias. Una racionalidad que coloca como primera necesidad el dinero necesario para sobrevivir, pero a su vez crea cada vez más trabas para obtenerlo y acceder al mercado de consumo en igualdad de condiciones. Por tanto, incrementa los precios y reduce la producción para obtener mayores tasas de ganancias, independientemente de la demanda. Así convierte a los que dirigen las grandes corporaciones económicas a nivel mundial en los beneficiarios de este absurdo e irracional modelo de vida que va en contra de la vida; y los enviste de poder sin precedentes en la historia para imponerlo como sistema hegemónico a nivel global.

Romper con esta lógica funcional irracional es el gran reto. Este es un proceso complicado que ya hemos analizado y que implica, confiar a la propia fuerza y trabajar de forma integrada contra (1) la despolitización de los sectores populares explotados, oprimidos y excluidos, que conduce a la desesperanza y pasividad frente a lo ocurrido que no es más que la pérdida del sentido humano de la vida en sociedad, (2) contra la dominación, en todas sus formas de violencia física y simbólica, que permite la explotación y la opresión y, con ello, la pérdida del sentido humano del ser social y (3) contra la subordinación que se desarrolla en un ambiente de discriminación y exclusión social, que conlleva a la pérdida del sentido social del ser humano. Y simultáneamente crear formas alternativas de vida y organización social orientadas al buen vivir y a la convivencia solidaria, articuladas en redes territoriales y sectoriales que apunten a una nueva hegemonía social.

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[1] Tomado del capítulo 10 del libro La potencia del saber emancipador. Arquitectura de la praxis del sentido del buen vivir. De Elizabeth Alves Pérez (2018) en proceso de edición para su publicación.

[2] Esto no excluye su utilización, siempre que sea referencial y se contextualice. Los partidos políticos o de la tecno-burocracia tienden a utilizar la misma cifra, o método de indagación, para demostrar lo contario dependiendo de sí están en la oposición o el gobierno.

[3] Mazzeo, Miguel (2016) “Las aporías del progresismo”. Revista Herramienta Nº 58. Buenos Aires, Argentina. Disponible en http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-58/las-aporias-del-progresismo. 2016:7

[4] Azcurra, Fernando H. (2018). “István Mészarós, “Más allá del capital”. Argumentos pro-esclavitud asalariada”. Publicado el 20/01/2018 en el Blog de Pensamiento crítico XXI. Disponible en: https://pensamientocriticoxxi.wordpress.com/2018/01/20/istvan-meszaros-mas-alla-del-capital-argumentos-pro-esclavitud-asalariada-fernando-azcurra/

[5] Idem P:1.

[6] El uso del número en estos casos siempre demandará contextualización para que tenga sentido.

[7] Bourdieu, Pierre. (2002) Campo de poder, campo intelectual. Itinerario de un concepto. Buenos Aires: Editorial Montressor. 2002:31

[8] Diez Rodríguez, Ángeles (2015). “La función de los medios de masas es fabricar el consentimiento de la explotación” publicado 2l 23/04/2015, en La Haine org, Pensamiento, Estado Español. Disponible en. http://www.lahaine.org/angeles-diez-quot-la-funcion. 2015:2

[9] En cualquier caso particular, la realidad se comprende y reconstruye de forma dialéctica e histórica, como totalidad orgánica y garantía de valoración del ser humano en sociedad. Esto nos remite a la relación epistemología-ontología y a ésta con lo procedimental –o metodológico concreto– en la comprensión crítica de la realidad política/cultural, en su expresión histórico/espacial particular.

[10] González Casanova, Pablo (2000). “Comunidad: la dialéctica del espacio”. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de investigaciones sociales. México. 2000:9

[11] Rauber, Isabel. (2004). Movimientos sociales y representación política. La Habana: Pasado y presente XXI. México: Paradigmas y Utopía. 2004:80

[12] Idem.

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